miércoles, 13 de junio de 2018

Antoine

Cuando tras cuarenta años de ausencia de su país, Antonio volvió a pisar la tierra que lo vio nacer, una emoción como no había sentido en sesenta y nueve años le invadió todo su ser. Se apoderó de él un sentimiento de amor por aquellas cuatro casas desvencijadas y semiderruidas, que un día ya lejano fueron construidas en mitad de un páramo olvidado de Dios. Ahora no eran nada, menos que nada, solo piedras amontonadas simulando formas de lo que alguna vez fueron casas, en las que hubo gentes que nacieron, vivieron, sufrieron, disfrutaron y que, al fin, murieron; hogares llenos de vidas ya desaparecidas de estas tierras; y de la propia vida.

Solo un mísero, abandonado y minúsculo cementerio; no más de diez tumbas, nueve montículos de tierra sin lápida, con nombres ya borrados, y en ellas solo cruces desvencijadas de madera, ya vencidas en la  tierra por mor del tiempo y del olvido. Solo una estaba vacía, semi-excavada o quizás ya medio rellena por el polvo traído por los vientos viajeros que siempre llegan hasta donde nada hay ni nada se espera. Y en la cabecera de aquella fosa anónima, un simple cartel. En él escrita con letras de oro relucientes como el lucero del alba, una frase: «Antonio, aquí desde hace tiempo te espera tu tumba».

martes, 2 de enero de 2018

UNA VIDA DE MIL CINCUENTA AÑOS

Cuando Hans despertó tuvo la impresión de haber dormido durante mil años.

Aturdido y desorientado intentó ponerse en pie y, aunque le costó mucho trabajo, lo consiguió. Fue hasta la cómoda donde tenía su reloj calendario perpetuo y comprobó incrédulo que marcaba las diez de la mañana del día uno de enero del año tres mil deciocho ¡¡¡ Uno de enero de tres mil dieciocho!!!; sin duda aún  continuaba dormido... Se pellizcó en las partes más sensibles de su anatomía y sintió dolor, se mordió el labio y notó el herrumbroso sabor de la sangre, gritó y se oyó, intentó cantar y como siempre se horrorizó.

Y entonces supo que estaba despierto.

Recordaba que cuando se fue a dormir eran las dos de la mañana del treinta y uno de diciembre del año dos mil diecisiete;  mejor dicho ya era del uno de enero de dis mil dieciocho; sí, claro, había comido las uvas con su amigo Fedor, él se había marchado tras escuchar, como en él ya era un ritual,  uno de los conciertos de, concretamente un concierto de Brandenburgo de Johann Sebastian Bach, y después se había marchado.

¡¡¡Mil años habían transcurrido!!!, y entonces... ¡¡¡Él ahora tenía más de mil años!!!... ¿Y de ese milenio qué recuerdos de vida tenía? Ninguno. Solo recordaba algunos retazos de sus primeros cincuenta años de estancia en la tierra: su madre dándole un beso de buenas noches, su padre que le enseñaba a distinguir los pájaros, su trabajo... ¿en qué trabajaba? No lo recordaba. ¿Mujer? ¿Hijos? No sabía...apenas unas siluetas recortadas en la niebla.

Su vida vacía, sí, vacía... ¿ Y...Fedor?...Sí Fedor escuchaba  Bach con él. Así que en mil cincuenta años no había vivido nada.

Se miró y no supo que aspecto tendría su cuerpo, intentó saltar y no pudo, procuró correr y tampoco..., pero ¡podía andar! Y, entonces decidió que si Dios o, quien fuera que lo hubiese querido, le había permitido vivir mil cincuenta años en la nada, ahora, en este día, que lo era de un nuevo año saldría al exterior a vivir ¡¡¡Que nadie sabe si vas a vivir solo un año de plenitud o mil cincuenta de vacío de vida y alma!!!

Y yo, con esta historia, este año de 2018 del Nacimiento de Nuestro Señor, que es el 2056 desde que César comenzar a contar el tiempo, te deseo que lo vivas como si fuera el último, con la plenitud de la vida que aún tienes

Feliz año