jueves, 1 de mayo de 2014

Hans

Eran las cinco de la madrugada y aquel tren nocturno continuaba inmune al desaliento, martilleando las juntas de los tramos de vía con su sonido de percusión, roto por alguna exhalacion de humo de la chimenea de la potente locomotora, que resonaba entre los bosques de las laderas de la montaña como el bramido de un dragón de acero. Y mientras, Hans procuraba conciliar el sueño a retales, para que esa  noche eterna diese paso a una mañana en la que pudiera encontrarse en forma para afrontar con brío el duro trance de volver a ver a su amada Irene, allí en aquel hotel sin esperanza, en ese hospital disfrazado de lugar de reposo, donde se robaban los últimos meses de estancia en el mundo, a aquellos seres humanos que estaban condenados a muertes prematuras por sus desafortunados encuentros con otros seres minúsculos que se alojaban primero en sus pulmones y más tarde en todo su ser, apoderándose de ellos y de sus almas destruyéndolos irremisiblemente.
Y aquella joven vienesa de apenas veinte años ya había cubierto el trayecto de una infancia feliz, rota por la muerte prematura de su querida madre por el mismo mal que ahora la aquejaba a ella; después la desesperación de su padre, el dejarse llevar hasta morir transportado al más allá en barricas de roble de ron añejo; y la ruina de una casa sin habitantes, y como único destino el de una pobre muchacha de apenas quince años condenada a morir por la tuberculosis.
Pero la providencial aparición de su primo Hans, y el inmediato eclipse de la mente y el embargo del corazón que le produjo ella, fue el revulsivo en la vida de Hans que hasta entonces transcurría en el anonimato de no ser más que el rico heredero de un comerciante de Salztburgo, pero también su condena. Ella, quizás motivada por la desesperación del desamparo, o desengañada a sus tiernos quince años por la vida, e incluso por el mismo Dios, se entregó a él, sin pensar ni sentir, sin desear ni tener más esperanza que la de una muerte cierta y pronta.
Pero el brío renacido en el alma de Hans le hizo prometer a Irene que no se rendiría, y que él lucharía por que ella viviera, por tener la oportunidad de un futuro juntos. Y a Hans sin importarle el amor que ella sintiese por él, pues comprendía los motivos por los que su corazón se hallaba sin esperanza, se juró que daría su vida y toda su fortuna por curar a Irene.
Recorrió los más importantes centros de investigación de Europa, viajó a Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza, e incluso a Estados Unidos siguiendo una pista que al final resultó ser falsa. Desanimado y tras concluir la lectura de la Montaña Mágica de Thomas Mann, concluyó que debería intentar lo que todos los médicos a los que consultó le aconsejaron, y era que habría que internarla en uno de los múltiples sanatorios antituberculosos de entre los que se ubicaban en los Alpes, y él conmovido por la lectura de la genial obra de Mann, buscó alguno que se  situase cerca de dónde situó aquella Montaña Mágica que alojó al mítico Hans Castorp, que por azar compartía nombre con él.
Y en Davos, en los Alpes suizos, había uno, surgido por la visión nada literaria de un médico, que aprovechó el tirón de la obra de Mann. Pero a él tanto le daba un sitio que otro; no confiaba en que aquellos sanatorios pudieran currar a Irene, pero qué otra cosa podía hacer? Dejarla morir exangue o asfixiada por unos pulmones horadados por las terribles cavernas de la tisis?, al menos allí, en aquella montaña maldita, él no sería el responsable de atenderla en su agonía. Y si  ocurría un milagro?, no eso él no lo creía;  pero de cualquier modo, se prometió que no se rendiría.
Se suscriibió a las revistas científicas de mayor impacto, para ser el primero en saber cuándo pudiera hallarse un remedio,  hasta había creado una red de informantes con los mejores neumólogos de Europa, para que le avisasen de cualquier avance que hubiese, por experimental que este fuese. Pero hasta el momento, lo único que había logrado era que la fortuna de su padre, que hasta el momento no había reparado en gastos, hubiera mermado de forma considerable.
El tren llegó a la estación de Davos con una hora de retraso, la que ganó Hans para añadir a su velada el último retal de sueño. Y con un brío injustificado tomó un taxi con destino al sanatorio.
Y mientras el automóvil ascendia por la angosta carretera, rememoraba los bellos pasajes de la obra  de Mann describiendo aquellos paisajes, y concluyó que aunque la naturaleza siempre ganase, si un ser privado de la vista quisiera ver aquellas montañas, debería leer en braile La Montaña Mágica de Thomas Mann.
Al llegar, una fuerte y helada brisa procedente de la cumbre le azotó la cara, y cuando alzó la mirada contempló la montaña nevada entreverada de nubes que amenazaban tormenta, y casi sobre su cabeza, a solo unos metros, la amplia terraza con las hamacas alineadas en las que, con un arte minuciosamente aprendido, se tumbaban los entregados cuerpos de  aquellas almas atrapadas por la tuberculosis, perfectamente embutidos en unos envoltorios de mantas que les permitían recibir la terapia del frío en sus pulmones, sin que se congelasen sus cuerpos.
Irene estaba preciosa, con la belleza que solo la tisis le puede conferir a un cuerpo joven y frágil como el de ella. Con una palidez cérea matizada por un rubor ocasionado por el sol de la montaña, el cuerpo delgado sin aún llegar a la caquexia, el tórax asimétrico con respiración paradójica ocasionada por la toracotomía, y a pesar de todo ello o quizás porque aquello le recordaba la fragilidad de Irene, a Hans le parecía la criatura más bella de la creación.
Permaneció extasiado contemplándola durante el resto de la mañana, mientras ella respiraba el frío aire de aquella primavera temprana, tumbada en la terraza y recibiendo algún rayo del sol que escapaba al entretejido manto de nubes;  y alguna vez interrumpía el reposo para llevar a cabo las ceremoniosas tomas de temperatura, y él  permaneció absorto hasta que un acceso de tos le provocó una profusa hemoptisis que a él lo paralizó de miedo y a ella le hizo perder la consciencia.
Mientras el profesor de la escuela de medicina de Ginebra, François Charcot, le informaba de que la situación de Irene era desesperada, le mencionó de pasada, que casualmente había oído que en Estados Unidos había un científico que estaba probando un fármaco contra el bacilo tuberculoso; aunque nada había seguro e incluso que, al parecer la investigación la estaba llevando en secreto.
A pesar de la negativa del profesor Charcot a proporcionarle más información, fue tal la contundencia y la desesperación mostrada por Hans, que el profesor le extendió una nota en la que escribió: "Universidad de Rutgers, Nueva Jersey, Albert Schatz".
Nunca nadie lo supo, ni Hans reveló cómo pudo conseguir que el profesor Albert Schatz le proporcionase todas aquellas dosis de estreptomicina, ni cómo el profesor Charcot se avino a tratar a Irene en una clínica privada de Ginebra de la que era propietario. Pero.lo cierto es que un año después Irene estaba clínicamente curada, siendo la primera persona en el mundo a la que  la estreptomicina liberó de la tuberculosis. Y aún hoy a sus ciento cuatro años visita cada año la tumba de su  esposo Hans, muerto hará ya veinte años, y desde 2005, año en el que murió Albert Schatz en Filadelfia, no había dejado de enviar un ramo de rosas negras -sus preferidas- a la dirección del cementerio donde reposan sus restos, con un escueto texto: "Gracias, profesor Albert Shatz por haber creado la estreptomicina".

Juan Castell. 1 de mayo de 2014.

En recuerdo al genial escritor y premio Nobel Thomas Mann, y a su Montaña Mágica.

Y a Albert Shalt, verdadero descubridor de la estreptomicina -el primer tratamiento efectivo contra la tuberculosis-,  y al que no le dieron el Premio Nobel, y sí a otro en su lugar.

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