Tras diez años de frustraciones, miles de páginas escritas tragadas por los sumideros de las redes sociales, de las oficinas de los editores, y de las plataformas de edición digital, Tesifonte Arial Doce, decidió probar suerte con un anuncio hallado en una página de una revista especializada en literatura basura, y este decía “Se necesita subsahariano para corregir escritos baldíos”, y él avezado en todas las suertes del oficio de escritor, captó el mensaje que allí se encontraba cifrado “Se necesita negro para escribir aquello que se le pida”. Y sin más demora marcó el número y concertó la cita.
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, hora taurina en la España de antes, y del té en la Inglaterra de ahora, Tesifonte Arial Doce, tras tomar metro y tranvía buscó la calle, luego el número, y por fin halló la casa en cuya entrada en una placa rezaba: “Ser o no Ser Editorial”. Y con sentencia tan contundente tuvo más que cristalino hacia dónde se aventuraba. Golpeó con la aldaba que con forma de un negro con una pluma hacía de llamador, y pensó que aunque macabro, en aquella factoría no se carecía de sentido del humor.
Se abrió la puerta accionada por el portero automático y penetró en un vestíbulo, que se continuaba hasta un patio con forma de circunferencia, en cuyo centro una palmera de piedra se alzaba orgullosa para encontrarse con una cúpula de acero y vidrio esmerilado de colores variados; en la circunferencia, arcos de estilo modernista se abrían a diversas estancias, en las que algunas gentes salían y entraban, y alrededor de la fuente, varios veladores con sus sillas a juego circundaban a un enorme piano.
De pie como una estatua permaneció a la espera de que alguien saliese a su encuentro, pero allí pareciese que cada cual iba a lo suyo, y si alguien lo veía, bien que lo disimulaba, hasta que transcurrido un tiempo, que por la incomodidad de la situación en la que se hallaba se le hizo eterno, se oyó una voz que decía: “En el despacho cinco se espera al subsahariano”. Miró a un lado y a otro, después arriba y abajo, y al fin a su alrededor; y como no viera a nadie de la raza primigenia en que Luci nos parió, entendió que hablaban en metáfora y se dio por aludido; así que echando un nuevo vistazo ahora con más intención, halló el despacho cinco detrás de un arco, al lado de un espejo, y justo frente a un cuadro de Matisse firmado por un tal Mateo; y si aún le cupiese alguna duda -que realmente, no- aquello también se la despejó.
Lo despacharon, justo en dos minutos, y solo le dieron una carpeta en la que le entregaban el primer encargo, y le extendieron un cheque por doscientos euros, como señal, para que en el caso de que su trabajo les satisficiera, se firmase el oportuno contrato, cuyas clausulas se le adjuntaban junto al encargo. Y sin más palabras ni explicaciones lo acompañaron hasta la puerta, la que daba al patio, que de allí ya sabría salir –le dijeron.
Cuando llegó al humilde cuarto de la pensión de saldo que tenía como alojamiento, en la que por lujos había una cama, más bien camastro; un orinal, palangana y jarro; y espejo, mesa, y armario, todos ellos de medio cuerpo, se dispuso a abrir el sobre y leer con detenimiento el trabajo encomendado; que ya dejaría para más tarde las condiciones del contrato de negro. Leyó:
"Escriba una historia en una línea".
Y nada más se le pedía.
Se sentó y pensó, no se sintió suficientemente cómodo para afrontar tan retador desafío literario, por lo que se tumbó en el camastro y mirando fijamente hacia arriba se abstrajo, intentando transmutar el desconchado techo poblado de telarañas en el estrellado firmamento, e intentó construir una historia y crear a partir del Universo infinito, la concreción, en una línea.
Pensó y repensó, probó una y otra creación, pero o no llegaba, o se pasaba. Barajó todas las combinaciones de las palabras Dios, todo, nada, Universo, Sol , hombre y Luna; y hasta cien más. Pero lo más genial que se le ocurría ya había sido escrito: "Ser o no ser, esta es la cuestión"; "Yo soy yo y mi circunstancia" ...¡Qué rabia no haber nacido antes!, le pareció que ya todo estaba escrito. Dieron en el carillón del vecino del quinto las doce, la una, las dos y las tres.. las cuatro... las cinco, y ya el alba amenazaba con romper la noche y terminar el plazo del que disponía para crear la frase que le permitiera convertirse en un subsahariano de la palabra.
El miedo comenzó a apoderarse de él, pues se preguntó que si ni siquiera era capaz de pasar una prueba tan sencilla como aquella para trabajar en el escalón más bajo de la profesión de escritor, realmente le merecía la pena seguir viviendo. Y por vez primera en su vida se planteó, justo en el momento en el que las primeras luces de la mañana se colaban por su ventana, la idea del suicidio y pensando en ello imaginó un magno entierro, justo el que un ser tan insignificante como era él nunca tendría.
Y fue entonces cuando se le encendió la luz creadora, aquella que ilumina la desesperación del papel en blanco. Y escribió la maldita línea.
Cuando al día siguiente acudió a la cita a la casa del redondo patio alrededor de una palmera, y aquel absurdo hombrecillo le pidió su línea. Tesifonte Arial Doce permaneció expectante para no perder ripio de lo que, cuando leyese la maldita línea, el hombre dijera.
Y Cuando el tipejo leyó:
"Quisiera tener el entierro de la mosca de Virgilio".
No supo articular otra frase, con el rostro demudado de asombro, que: "¿Y esto qué significa?"
En ese momento Tesifonte le alargó el contrato y prometió revelarle el significado, si quedaba contratado. Naturalmente nadie podría quedar con esa duda.
Y firmó. Naturalmente Tesifonte cumplió y vivió una larga y feliz vida de negro en aquella casa del patio redondo, que tenía un piano rodeado de veladores con sillas a juego.
Nota del autor: Si no sabe a que se refería Tesifonte en la frase que le dio la vida, puede consultar este link:
http://historiasdelahistoria.com/2010/09/28/una-mosca-le-salvo-de-ser-expropiado
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