Tras cuarenta años de ausencia, Ramiro regresaba a su pueblo, allí donde su madre lo pariera y el lugar donde había disfrutado sus primeros años de existencia, hasta que su padre convencido por su maestro don Adelaido de que tenía cualidades sobradas para estudiar lo envió a la capital de la provincia a cursar el bachillerato, y de allí a la universidad donde completó los estudios superiores, y tras unos años balbuceantes en la profesión que iniciaba, un día inspirado por la naturaleza recordando los bosques de su infancia, reprodujo la estructura de la árboles para diseñar sus edificios que llegaron a convertirse en escaleras hacia el cielo, o en desafíos a Dios, que los llamaron los que siempre estuvieron al quite, para arrojar la piedra de la religión a cuantos avances el hombre hubiera hecho en su camino hacia la consecución de una vida más digna. Pero el arrojo y confianza que le dio un empresario chino de Taiwan, primero, los cataries después, y una vez que se hubo dado el pistoletazo de salida a una carrera sin fin para ver quien construia más alto, Ramiro se convirtió en una estrella en el mundo de la arquitectura, y levantó sus rascacielos en todas las ciudades que querían ascender en el escalafón por la vía rápida, sin esperar a ganar el prestigio tras siglos de historia.
Y ahora tras cuatro décadas alejado de la tierra en la que sus ojos se abrieron al mundo, regresaba a aquel pequeño pueblo de La Mancha, en el que sus ancestros habían gastado sus vidas, sus ilusiones y sus desdichas, y habían procreado a las siguientes generaciones hasta que por el azar de la especie, o por mandato divino, su madre permitiera que él viniera a este mundo.
Cuando avistó las primeras casas de este, para el resto del mundo, insignificante pueblo, a su mente acudieron los recuerdos de aquellas tardes de verano jugando a la pídola, a los aros, y al fútbol, o intentando dar caza a los pájaros con sus tirachinas fabricados con tecnología de mil generaciones de niños -a todos menos a las golondrinas porque estas le habían quitado las espinas de la corona a Cristo, que decía el cura don Gregorio. Recordaba también aquellas tardes de biblioteca leyendo los cómics de Tintin -porque no tenían los de Axterix-, y los enfados del bibliotecario amenazando con que iba a esconder toda la obra de Hergé, dado que según su opinión estaba acabando con la cultura de las nuevas generaciones. Y las noches en el cine de verano, con aquellas películas de vaqueros, a veces interrumpidas por la lluvia que hacia que la chavalería se protegiese con las sillas vacías colocadas sobre sus cabezas. Y aquellos helados de cucurucho de vainilla de chocolate o fresa, los más ricos del mundo. Y las excursiones en bicicleta a pescar renacuajos en las charcas que había cerca del cementerio, o las carreras por los caminos de la sierra bajando a tumba abierta por el llamado puente de la muerte, donde en una ocasión Rufino dio con sus huesos en el asfalto y todos pensaron que aquel maldito puente añadiria una muesca más a su macabra cuenta de víctimas. Recuerdos de ilusiones intactas de ingenua ignorancia vital, y de creencias en que más allá de allí nada más había que pudiera igualarse a aquello. Feliz ignorancia de niño de pueblo desconocedor de un mundo terrible y gigante, y que a pesar de todo él había puesto a sus pies, con su don para fabricar casas que apuntaban desafiantes al cielo y cuales torres de babel hacían que los hombres se sintiesen gigantes, aunque solo lo fuesen de cristal, de hormigón y acero.
Y ahora regresaba convertido en la mayor gloria que aquel ignoto pueblo hubiera tenido en su historia, allí lo esperaban para homenajearlo como se merecía, lo harían hijo predilecto, le dedicarían la plaza del pueblo y los notables dirían bonitas palabras, tocaría la banda de música y bailarían jotas de la tierra, y después los fuegos artificiales iluminarían la noche de su gloria. En su dilatada vida profesional plagada de éxitos había cosechado premios en todo el orbe y había sido recibido por presidentes de los más importantes países del mundo, había pronunciado discursos en los foros en los que se planificaba la arquitectura de un nuevo mundo, y su mano había esculpido algunos de los más espectaculares skylines del planeta. Pero en aquella noche de estío, rodeado por los viejos algarrobos de la plaza de su pueblo, bajo un manto de estrellas y una luna de plata presidiendo el firmamento de los cielos de La Mancha, un nudo de emoción se agarró a su garganta enmudeciendo su verbo de mil discursos, cuando aquella mujer anciana que lo había tenido en sus entrañas, ayudada por dos bastones y con la cabeza bien alta, subió hasta el estrado y henchida de orgullo le impuso la medalla que rubricaba la razón de su estirpe, y entonces fue cuando verdaderamente sintió que había alcanzado la gloria, y que de todas sus inmortales obras, aquella lágrima de emoción y de orgullo que había derramado su madre, sin duda superaba con creces a cualquiera de las anteriores y a todas juntas.
Juan Castell. 11 de marzo de 2014. Dedicado a Miguel Delibes, el genio que adoraba los pueblos de Castilla.
domingo, 11 de mayo de 2014
En mi pueblo también hay rascacielos
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