GRAZNIDOS DE MUERTE SOBRE EL RÍO BERNESGA
En una tarde de mayo graznidos de muerte se oyen, en León, justo sobre un puente que airoso cruza el río Bernesga.
Tres disparos certeros y, por si acaso, un cuarto, como telón a una vida de odio alimentada por mil días de bilis regurgitada en las entrañas de aquella mujer cincuentona, y en la sangre envenenada de una hija salida de sus entrañas.
Una tarde de mayo, un puente sobre un riachuelo, una espera estudiada, un encuentro infalible; uno, dos, tres disparos; y un cuarto por si acaso; y una vida sesgada, una boca callada y una cuenta saldada; sin duda que de muchos intereses acumulados, tantos, que ni siquiera la usura usara. Carreras apresuradas; una pistola, quizás dos que caen al río; una mirada intempestiva de una persona de vida retirada, que inicia una decidida carrera en pos de desbaratar que aquella tarde de mayo tan terrible crimen impune quedara. Un cadáver sobre la pasarela, dos mujeres con manos ensangrentadas corren hacia su destino de libertad para disfrutar de su venganza, con la vana esperanza de haber conseguido la perfección de su sangrienta hazaña; pero un hombre las sigue y les da caza. Ignorante ignominia aducen las encausadas y su inocencia pregonan a quién se lo demanda.
Mil y una razones se esconden tras esta infamia, miles de días de odio acumulados y como bilis regurgitados. Planes de muerte dibujados con pluma cargada de tinta emponzoñada. Nadie se lo explica, nadie sospechaba, ¿cómo dos mujeres, de grande y buena fama pudieron llegar a cometer tan tremenda infamia?, tenían sus razones, pero lo eran de almas por el odio maceradas. En la cárcel se pudran, y que en diez mil días tiempo tengan para rumiar su infamia.
Los hay que dicen que quién siembra vientos recoge tempestades. Y también yo digo que quien mata no tendrá descanso de su alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario