jueves, 29 de mayo de 2014

El ingeniero español

Tras varios años de arduo esfuerzo estudiando aquellas ciencias, que para el común resultaban completamente inaccesibles a la comprensión humana, por fin había llegado el esperado día de la graduación de Edison Marconi Perales, y como no podía ser de otra forma, lo hacía de ingeniero, industrial para más señas, culminando así la ilusión coincidente de su abuelo paterno, don José Marconi, y la del materno, don Angel Perales, los cuales no cesaron en su empeño hasta que lograron unir en santo matrimonio a sus vástagos, Pepe y Manuela, para engendrar a una estirpe de ingenieros que pudieran reunir los apellidos de tan insignes pergeñadores de ingenios. Y así, doña Manuela Perales parió a un niño, al que su esposo don Pepe Marconi tuvo a bien regalar el nombre de Edison, y de esta manera tener ya Los cimientos de un futuro genio de la ingeniería; ¿pues quién podría poner en duda, que alguien que tuviese por gracia la de Edison Marconi Perales, no tuviese el éxito en el diseño de ingenios industriales más que garantizado?
Y por fin, veinticinco años después, un día radiante del mes de mayo, toda la familia Marconi,  y cómo no la Perales, vestidos con las más elegantes galas y acompañados incluso de la abuela, que para la ocasión estrenó incluso silla de ruedas, se dispusieron a disfrutar del día más feliz de sus vidas, aquel en el que Edison recibiría su birrete, se le impondría la beca, y el decano le haría entrega de un adelanto apergaminado de lo que sería su titulo de ingeniero industrial, tras haber empleado más de un lustro de duros estudios de aquellas ciencias esotéricas, como el álgebra, el cálculo diferencial, la termodinámica, o la esforzada vida de los electrones, en su trabajo para generar energía eléctrica. Y además había concluido su proyecto de fin de carrera, del que sus abuelos, cuando en reunión familiar se lo expuso a la concurrencia,  todos dieron por cierto que aquel chico algún día recibiría el Nobel, y sin duda el Príncipe de Asturias; aunque el catedrático lo calificó de notable, pero Edison no tuvo duda, de que si hubiera tenido el cuerpo escultural de su compañera Jennifer Gladys, ya hubiera sido la calificación otra.
Y celebraron aquello como se merecía, pagando con su vida varios corderos, innumerables aves, partes nobles de cerdos, y toda clase de animalejos marinos, de esos que cocidos, marinados o incluso crudos, tanto gustan a las gentes; y todo fue regado con los mejores caldos, y pasteles, bizcochos y tartas;  licores, puros; y para terminar las sales de frutas, los bicarbonatos y los omeprazoles; sin olvidar las simvastatinas y doble dosis de hipotensores. Pero a Dios hubo que dar gracias de que no tuvieron que lamentarse bajas; ni siquiera la de la abuela, a pesar de que hubo de terminar la fiesta con gotero de insulina.
Y transcurridos tres días, los justos para recobrar la compostura de los cuerpos y la serenidad del ánima, toda la familia, vestida como correspondía, ni de tiros largos pero tampoco de trapos,  y a la hora en la que abría sus puertas la gran empresa de moda, una de las más grandes del mundo que en su sector hubiera, tomaron su turno, y Edisón tras enseñar sus credenciales de ingeniero,  firmó con gran ilusión, y plenos de regocijo todos celebraron el bonito número que en suerte le correspondió: El 6.000.000; y junto a su foto el nombre de la empresa: OFICINA DE DESEMPLEO.

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