domingo, 18 de mayo de 2014

Milana bonita

En un lugar ignoto donde ni el recuerdo ya moraba y en el que la ausencia absoluta era la luz de la nada, aún respiraba un hombre que en otros tiempos había brillado como ningún otro en ese arte al que se le había dado en numerar como el séptimo. Y fue  tanto su lustre, que sus películas habían marcado a una generación entera, en un tiempo en el que en el país no hubo persona, fuese ciega o vidente; loca o cuerda; pobre o rica; soltera o casada, que no se hubiese conmovido hasta los epiplones que separaban sus entrañas, cuando vieron en la gran pantalla cómo un viejo campesino con el oremus perdido, acariciaba a una rata  de alcantarilla, al tiempo que con amor le susurraba "mi rata bonita", y que después de que su señorito por pura maldad la matara, aquel orate no hallase más solución a su desdicha que cercenarle la vida tal y como este había hecho con su querida alimaña.
Y tras aquello, durante meses, aquel director que había conmovido a todos, no cesó de recibir premios adulaciones y alharacas, y todas las revistas, las radios y las televisiones se disputaron su presencia para manifestarle admiración y agradecimiento por haber emocionado a todos sin distinción de colores ni credos.
Pero en aquel país habían pasado los años y también había llegado la tecnología; y ya no había niño joven o viejo que recordase que hubo un tiempo, en el que las gentes usaban reunirse en grandes salas que llamaban cines, y que allí reían y lloraban; y donde también acudían los novios que subrepticiamente se arrullaban; y los padres con sus hijos juntos unas horas compartían la ilusión de ver en unas inmensas pantallas cómo tras mil canalladas al final los buenos siempre ganaban, y que a la vista de ello la chiquillería se alborotaba.
Aunque llegó un día en que todo aquello ya nadie recordaba. Y aquel hombre, que un día creara al  viejo cazurro y desdentado, y a su maldita rata, quedó escondido, guardado, en un lugar ignoto, y por todos olvidado. Pero la muerte y la vida, de él en nada se apiadaron, la una por no acudir a la cita, y la otra por tenerlo apresado,  y en las noches eternas de su vida encerrada, le preguntaba a la una por qué no lo liberaba y de paso a la otra le pedía que ya era hora de que se lo llevara.
Y una noche amarga, una más de las mil que lo atormentaban, en el momento supremo en el que la vigilia deja paso al sueño, y la muerte entrena para el sueño sin sueños, surgió una espectral imagen, y se oyó una voz atinajada: "Mientras todos ignoren al cine tú permanecerás aquí maldito, y también por mí olvidado".
Y un sudor frío le empapó el cuerpo y con la carne trémula y el entendimiento nublado, se incorporó de la cama y comprendió que a quien había visto y quién le había hablado era la muerte. Y tuvo claro que tal y como estaban las cosas en el arte que numeraron el séptimo,  para él, la muerte le estaba vedada.

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