sábado, 24 de mayo de 2014

El último acto

Tenía ante sí un papel en blanco y una pluma cargada de tinta negra, el color de la esperanza que aquel escritor de gran éxito tenia depositada en el futuro. Y es que tras una más que brillante carrera como autor de las más representadas obras de teatro que en aquel tiempo hubiera, la fortuna le resultó esquiva y un mal lance de sangre, en un tiempo en el que ya la reparación del honor mancillado no era de uso en la época, no solo lo había conducido a la ruina; sino hasta el punto sin retorno en el que ahora se hallaba, sentado frente a la ventana de su habitación alquilada, con una decisión tomada, que era la de  quitarse la vida.
Y allí en París, en la Rive Gauche, en pleno distrito VI, en el Boulevard de Saint Germain, justo frente a la iglesia de Saint-Germain-des-Prés; en aquel barrio mítico parisino donde las vanguardias del arte y de la cultura se habían reunido para pergeñar las obras que encandilaran a toda una generación, en estos momentos supremos de su vida, recordaba aquellas noches de bourbon y jazz con los inmortales hermanos Vian, en el carismático Tabou del 33 de la rue Dauphine, y las ocasiones en las que el pequeño de los Vian lo llamaba para unir la noches con el día, unas veces con Charlie Parker y otras con Miles Davis. De Charlie no podía olvidar su capacidad para impregnar cuerpo y mente en alcohol y heroína hasta perder la razón, sus desvaríos, sus desconexiones con el mundo real; pero también la magia del músico divino. Jamás conoció a nadie más loco que Charlie Parker, ni a ninguno que le emocionase como cuando él tomaba su saxofón alto -casi siempre de estreno pues usaba de  destrozados en sus desvaríos- e interpretaba Now's the Time, o Anthropology; otras veces Ornithology o Scrapple From the Apple, o su increíble Ko Ko.Y él siempre pensó que aquel maldito Birdyard era un hijo de puta venido de algún lejano planeta, en el que una raza de dioses, tras destrozar su mundo, habían viajado a la Tierra y aquí se habían convertido en locos drogadictos al contacto con la atmósfera; y quizás Charlie fuera el último de ellos.
La muerte de Parker había sido el principio de la suya propia. Podría decirse que se habían salvado la vida mutuamente, Charlie a él, haciendo que creyera en su talento, y él impidiendo que una de las varias ocasiones en que intentó Parker suicidarse pudiera consumarlo. Pero Charlie consumido por su vida de extraterrestre no había superado su existencia en la Tierra, y había muerto gastado en plena juventud, como una estrella fugaz; la más brillante que para Julio jamás hubiese cruzado el firmamento de su vida.
Pero Charlie le había dejado una herencia. Cuando partió de París le hizo jurar que se ocuparía de Emelie, la joven perla negra que Charlie rescató de las tinieblas de Harlem, y que derrotada por la fuerza autodestructiva del músico, había optado por quedarse en París tras una de las visitas de ambos. De Emelie, cualquiera que no estuviese casado con la heroína, hubiera perdido la cabeza por ella; como le ocurrió a Julio, que hubo de mantenerlo en secreto por respeto a Charlie, aunque el genio no lo mereciese; pero cuando él le dio el encargo y se la sirvió en bandeja, una ilusión, como nunca antes había sentido por mujer alguna,  se apoderó de él, y a partir de entonces no vivió nada más que para ella; escribió las más bellas obras inspiradas por aquella mujer, y tuvo unos años triunfales, y Emelie fue la mejor de las actrices que interpretaran sus obras; no en los escenarios, sino en su vida. Durante diez años, Emilie fingió ante él que lo amaba, que era la única razón de  su vida; incluso cuando supo de la muerte de Charlie no pareció que le afectara. Pero cuando aquel maldito veinticinco de mayo la encontró besándose con un hombre bajo los portales de la rue de Rivoli, el mundo se deshizo ante él. Enloquecido por la furia los siguió hasta verlos entrar abrazados en una bonita casa de la exclusiva rue Faubourg Saint-Honoré. Completamente fuera de sí, caminó sin rumbo varias horas hasta que entró en un garito y bebió esencia de Tennessee hasta perder la consciencia, y permaneció toda la noche gracias a la hospitalidad del tabernero que lo reconoció y se apiadó de su magna borrachera. Y cuando amaneció, allí estaba él, el gran autor que había sido y aún era, un icono de la Nouvelle Vague, completamente roto, desencantado, desesperado y con la sangre hirviéndole en las venas clamando venganza. Y sin reparar en las consecuencias, se dirigió a la casa maldita; caminaba por las calles de París sobrevolándolas pensando que ahora él también era un extraterrestre del planeta de Charlie Parker. Y cuando estuvo ante la puerta del 22 de la rue de Faubourg Saint Honoree, sabía que algo irreparable ocurriría de forma irremediable. Se palpó el bolsillo y comprobó que allí estaba la navaja que heredara de su padre, un emigrante español, que a primeros del siglo veinte abandonó su Albacete natal y se estableció en París como bouquiniste en la Rive Gauche del Sena, y que hasta el día de su muerte, siempre le dijo a Julio lo satisfecho que estaba con haber conseguido que un manchego de Albacete se hubiese instalado como librero de viejo en el eterno París.
Se abrió la puerta y apareció un hombre elegantemente vestido, que le preguntó cuál era su gracia y qué se le  ofrecía, y cuando cubierta con una toalla recién salida de la ducha, apareció Emelie en el rellano de la escalera, Julio cegado por la visión, por los celos y la ira, cerró la puerta y esgrimiendo su navaja manchega la aproximó al cuerpo del hombre y tocándole el cuerpo con el pitón de la de Albacete, obligó al elegante individuo a que ascendiera las escalinatas al encuentro con su amada; al tiempo que ella gritaba implorando su perdón y el del hombre al que él amenazaba. Completamente desesperada le decía que amaba a aquel hombre, que la matara a ella, pero que lo dejase vivir a él, y que ofrecía su vida a cambio, o cualquier cosa que le pidiese, incluso abandonar a su amado y volver con él. Aunque él, que bien la conocía, sabía que todo aquello no era más que impostura; pues ni amaba a  aquel gentleman, como no lo había amado a él, ni tampoco lo había hecho con el mismísimo Charlie Parker; su único amor cayó muerto en una calle de Harlem cuando apenas contaba dieciséis años, y allí en el asfalto de la calle 129 del viejo Manhattan, murió su propia alma. Y desde entonces no podía evitar huir de cualquiera que mostrase interés por ella; y desde aquel fatídico día supo que ya nunca podría querer a nadie, ni dejar que la quisieran.
Pero ahora, Julio, recordando el baño de sangre con el que acabó aquello, supo que no tenía más opcion que quitarse la vida; así que rompió la página; pues nada tenia que escribir, ni a nadie a quien le interesara leer lo que en ella escribiera,  empuñó el arma y se descerrajó un tiro en la sien.
Y tras aquella escena cayó el telón.
Y cuando a la mañana siguiente Julio leyó la crítica literaria del influyente crítico teatral del diario Le Monde, supo que aquella sería la obra cumbre de su carrera.
Juan Castell. 24 de mayo de 2014.
Dedicado a dos grandes artistas: Charlie Parker y Julio Cortázar.

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