En el patio de lo que otrora fuera un manicomio, entre hierros oxidados, bancos derrengados por la ausencia, y senderos de pasos olvidados, entre los árboles crecían las plantas semisalvajes regadas por el viento y abonadas por las desesperanzas, por los delirios y las manías de tantos orates que por allí pasearon sus penas, su dolor y sus encierros. Y ahora, por este mar de fondos repletos de pecios olvidados y de cadáveres de náufragos ahogados por tormentas de locas vidas baldías, por doquier podían verse entre enredaderas, cañas y ramas, algunas preciosas plantas florecidas por la primavera del olvido: margaritas y amapolas; alguna rosa semisalvaje, entre plantas de cannabis; y más allá las hortensias veteadas entre geranios y verbenas; por acá los claveles, los tulipanes o las calas; y en un extremo del patio donde los desdichados en su tiempo fumaban, reinaban las violetas y también la lavanda; y más acá podían distinguirse las azucenas y las magnolias; y casi ocultas entre hiedras, las pasionarias.
Tiempos de zozobra en los que aquel patio se transformaba en un océano sin orillas, por el que navegaban sin rumbo los navíos vestidos con pijamas azules a rayas, gobernados por capitanes salidos de farmacias suizas, unas veces en travesías nocturnas sin más luces que las justas; otras con tormentas que a veces se tornaban galernas; y entonces a socorrer al navío acudían remolcadores que los llevaban a puerto, y desde allí conducidos a los luminosos astilleros de verdes paños les proporcionaban grandes descargas eléctricas a sus cascos desvariados. Otras, los tranquilos veleros se tornaban corsarios y a veces hasta filibusteros, y si este era el caso, el rey Neptuno vestido con uniforme blanco y armado de tridente de plata, de un certero golpe por la proa atacaba y aquellos fieros navíos se tornaban barcas de recreo, que aquel paseo marítimo adornaban.
En ciertas ocasiones pudieron verse a grandes trasatlánticos surcar este mar de los orates, y se oían las músicas de orquesta, las risas, y las voces procedentes de las cubiertas por las grandes chanzas y jerigonzas que en aquellos grandes navíos se celebraban, y unas veces aguantaban hasta las felices arribadas a puerto, pero otras en el intento zozobraban.
Y ahora Félix paseaba por aquel océano de recuerdos, él fue capitán de navío, jefe de astilleros y rey Neptuno; pero todo aquello lo veía como en un sueño ajeno, olvido de neurolépticos, quizás de zozobra de su vida, y pudiera ser que también de su propia alma. Y sentado en el banco derrengado entre los tulipanes y las calas, justo ahora se preguntaba si fue marinero, capitán o dios de los mares, y si acaso lo fue o todo era un sueño; y aunque todos le decían que ya estaba curado, siempre supo que nunca estuvo enfermo, y con esa alegría de ver su océano recuperado, sintió que en su rostro le azotaban los vientos de mil mares, y surcándolos con su velero cruzó estrechos, ensenadas, golfos y cabos, hasta que en una mala faena, cuando arreciaba una jarcia, quedó atrapado por una maldita maroma que por él no fue bien faenada.
Y tres semanas más tarde unos niños que en el patio se colaron corriendo en pos de una pelota perdida, pudieron ver el cadáver de Felix, que aún colgaba amarrado por el cuello del palo de mesana.
Juan Castell. 19 de mayo de 2024. En un día como otro cualquiera.
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