miércoles, 14 de mayo de 2014

La noche amarga

Cuando ya cae la noche y el cansancio me rinde el ánima, me tiendo en mi cama, que siempre he creído que debe ser como cualquier otra cama, quizás más dura que otras; porque es la de mis miedos, la de mis lamentos del alma, el juez que dicta mis sentencias,  el contable  de los días baldíos, la de las noches de espasmos de sueños; la que cuenta las noches que aún faltan.
Y alli, justo sobre mi cama, se halla el techo de las estrellas de la noche del alma, el del miedo a la nada; el del fin que más se aproxima con cada día que acaba.
Recuerdo cuando ese cielo, que es el figurado dosel de mi cama, lo era de ilusiones que ya se han tornado vanas, cuando aún el tiempo era eterno, y por ello ni noches ni días pasaban; ahora a la velocidad de la muerte se suceden las noches y llegan los días, y tras estos más noches; aunque todavía no llegue la nada.
A veces pienso que una noche ya no será noche,  y no dará paso al día,  porque una noche moriré en mi cama,  o quizás en otra cama impostada, y si ocurre de otra manera, tengo por seguro que siempre habré de pasar una última noche en mi cama.
Nunca pude dormir de otro modo que recostado de lado, porque el cielo que hay sobre mi cama me aterroriza el alma, con ese inmenso vacío de la noche vana, por eso la noche que yo me muera miraré al cielo donde no se ve nada, me daré la vuelta, y a la vida le volveré la espalda.

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