lunes, 26 de mayo de 2014

El redactor del Kansas Daily Inquirer


A Menno Simmonds en los últimos tiempos la obligación de tener que escribir una columna en el diario de aquella perdida ciudad del Estado de Kansas, le resultaba completamente insufrible. Ni tenía historias que contar, pues en aquel condado nunca sucedía nada reseñable, ni sus gentes mostraban para él un mínimo interés que justificase gastar palabras con sus vidas inanes; e incluso podría decir que si un meteorito cayese en aquel maldito condado de Salina, le hubiese dado una higa, aunque en la cuenta de víctimas se sumase él como una de ellas. Si en vez de cincuenta y seis, hubiera contado en sus tegumentos y vísceras, incluido su maltrecho cerebro, con veinte años menos, y medio kilo de hígado sano más, habría cogido su ordenador portátil, su viejo Chevrolet, y un par de cajas de aquel maldito Whisky que el viejo Ckinkenpox destilaba en su granero, y que a él le tenía embargada la voluntad, y con aquel bagaje se hubiese marchado a buscar fortuna a California o incluso a Méjico, a probar sus conocimientos de español, aprendidos en las horas de tedio en aquel maldito periódico, escuchando emisoras de España; y es que era aquella una costumbre adquirida que nadie entendió, y harto estaba ya también de que le dijesen que si tanto le gustaba España, por qué no se iba a vivir a Nuevo Méjico; y tampoco comprendió por qué en aquellas tierras de Kansas situaban a España en aquel exótico estado sureño.
Y aquella tarde calurosa del mes de agosto, entre moscas y alguna langosta, se hallaba apurando su tercer vaso de whisky, y enésimo Chesterfield sin filtro, y continuaba con la mente en blanco; exactamente del color de la pantalla de aquel maldito ordenador, en la que aparte de la fecha, no había más imagen que la parpadeante línea del cursor a la espera de la primera frase.
Se le pasó por la cabeza ejecutar su idea de huir de una vez de aquel maldito condado de Salina; y quizás aquella hubiese sido la definitiva; pero entonces se apoderó de él una fuerza irrefrenable y experimentó una sensación triunfal que hizo que de un tirón, sin más pausas que las justas, para apurar uno tras otro los vasos de whisky del viejo Ckinkenpox, y consumir una cajetilla y media de Chesterfield sin filtro, hasta que tuvo terminada aquella crónica. Y una vez que la consideró concluida y su frenesí taquigráfico cesó, se sentó ,se sirvió un nuevo vaso de whisky, y se dispuso a leerla de la forma más pausada de la que fuese capaz; y cuando la terminó tuvo por cierto que el mismo Truman Capote hubiera tenido envidia por no haber tenido el honor de haberla podido firmar él mismo.
Era sencillamente perfecta; aunque tenía dos objeciones que podrían hacerse, una que era una crónica de mucha altura para aquella hoja parroquial que era el Daily Salina Inquirer, y la otra, que todo lo que allí había escrito no era cierto; solo un relato; una terrible narración de un horrendo crimen en el que se daban todos los detalles, incluida la identificación de las víctimas, y se señalaban los posibles sospechosos; pero ni en el condado había habido ningún asesinato en los últimos tiempos –que él supiera-, ni ninguno de aquellos vecinos había muerto; sino que si el destino no les había jugado una mala pasada, en aquel momento cada uno estaría desempeñando su papel en la vida.
La crónica era la de un crimen de una familia perfecta; la más modélica de aquel maldito condado de Salina, del para él odiado estado de Kansas en la América más profunda, dónde lo único de lustre que había a cien millas a la redonda eran las fábricas de aviones de Wichita, y los cowboys de la muy westerizada Dodge City; aquella tierra azotada por la langosta y los tornados, no era sitio en la que Menno Simmonds hubiese elegido para que se les diesen tierra a sus huesos, por más que por varias generaciones los Simmonds se establecieran procedentes de Rusia, concretamente en el año de nuestro señor de 1790, cuando un grupo menonita de la antigua Prusia, cuyas tierras pertenecían en aquel tiempo al inmenso imperio de Catalina la Grande, a invitación de tan gran reina, optasen por abandonar la vieja Europa y recalar en la tierra de las gentes pobladas por los antiguos indios kansa, entre otros. Pero él nunca se sintió a gusto allí, y ahora estaba seguro de que tras hacer este servicio de difundir la existencia de Kansas por el mundo, podría marcharse tranquilo.
Pero no podía pasar por alto el problema de que aquello que había escrito no era más que una ficción, y si lo intentaba vender como un relato literario podía tener por cierto que sus días en el periódico habrían acabado, por otra parte, desde que Orson Welles aterrorizara a toda la nación con su emisión radionovelada de la guerra de los mundos, un remake no colaría; así pues y una vez que todo estaba decidido, y que ya las rotativas estaban en marcha con la noticia a toda plana en portada, solo quedaba una cosa por hacer.
Y la hizo.
Cuando tres años más tarde, el verdugo palpó su arteria femoral derecha, preparándola para inyectarle el primero de los tres fármacos que componían el cóctel mortal, que daría cumplimiento a la sentencia de muerte a la que fue condenado, Simmonds tuvo por cierto que su sublime acto por la memoria de Kansas había sido malinterpretado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario