miércoles, 21 de mayo de 2014

Contra todo pronóstico en aquella tarde ventosa ganaron los toros


Las cinco de la tarde marcaba el astro rey y las siete el reloj de la plaza. Veinte mil almas se aclaran las gargantas con las botas de vino, las cervezas y las botellas de agua; hoy los de Sol no sufren, pues las nubes cubren el cielo, aunque solo de vez en cuando; y a ratos los rayos solares entre ellas se cuelan, y entonces como debe ser, Sol es sol, y Sombra, sombra. Corre un viento racheado, agradable brisa para aliviar el calor del respetable, filo de espada para los gladiadores, que en la arena dispuestos están ya para enfrentarse a los morlacos.
Hacen el paseíllo, suenan los clarines de la banda; el presidente otorga y la gente calla; se anuncia el primer toro y el diestro se prepara. Sale a la arena, camina gallardo y, justo frente a la puerta de toriles se para, planta sus rodillas y coloca la capa; ya todos en la plaza saben que se dispone a recibir al toro de esa suerte macabra, justo esa que tanto el público reclama. Sopla la brisa, que se transforma en fuerte racha; se mueve el capote y el diestro lo agacha; se abre la puerta y el monstruo aparece, y en cada segundo su figura se agranda; resiste el torero y espera a la bestia de cara, ¡ya está frente a él, pero todavía aguanta!; lo ha hecho muchas veces, y siempre consiguió sortear a la alimaña; pero esta vez en el último instante el viento le azota la cara, ciego queda un instante, justo cuando el toro lo atrapa; lo voltea, lo engancha, y con uno de sus pitones en sus carnes lo ensarta; otra vuelta y otra, y mil cabriolas en una noria de muerte; por mucho que los de su cuadrilla lo intentan la bestia aguanta; el siente que se desangra, y además no pierde el oremus para su desgracia. Al fin consiguen alejar al animal de su presa y entre cuatro hombres lo alzan, corren hacia la enfermería donde ya lo esperan los magos de verdes batas. Dos cornadas muy feas lleva en sus entrañas. Se hará lo que se pueda, dice el médico a un mozo de espadas.
El clamor de la muerte recorre los tendidos, mientras el segundo diestro se prepara para vengar al compañero que posiblemente de muerte está herido. Le tiemblan las piernas, la mano le suda y agarra el capote con decidida resignación de una mala suerte cierta. Se aproxima al morlaco y lo cita; la bestia escarba en la arena, rebufa y lo mira; el diestro repite el reto y el toro arranca, y al torero lo atrapa sin que él ni nadie den credo a la escena. El hombre sangra por feas heridas, y el toro rebufa con el sabor dulce de la venganza, de tantos congéneres que dieron sus vidas, para que un día un toro de especie genéticamente mejorada, y al que no le han segado sus armas, por ellos da cumplida venganza. Ya son dos los diestros que se retiran, a este también lo arrastran; y de mala manera lo llevan hasta otra sala, y allí le espera otro mago vestido de verde mata que ya tiene preparadas sus agujas, hilos de seda y los cuchillos de plata. Y mientras en los tendidos todos se persignan, incluso aquellos que solo con imaginar el agua bendita les arde el alma. Ya nadie duda de que esta no es  tarde de toros; sino de meigas, o de los mismos ángeles caídos salidos de los infiernos. Ya solo queda un maestro, pero como si no quedase nadie; pues este valiente guerrero ahora, ni siquiera es tamborilero.
Ni una hora ha transcurrido desde las cinco de la tarde, el cielo está nublado, y pareciera que los espiritus de todos los toros que también sacrificaron sus vidas, soplaban con el viento dispuestos a rematar la faena. Más que anda tiembla, el tercer torero camina como si al patíbulo lo hiciera; al frente ve al toro, que se le hace negro verdugo; las astas son dos cañones que ya le apuntan justo a sus entrañas, está entregado y sabe que aquella es su última faena; y queda inmóvil inane como un Tancredo, y el morlaco se arranca, y de una certera cornada, al diestro le arranca las entrañas.

Juan Castell. 21 de mayo de 2014.
Lamentando profundamente las tres graves cogidas de ayer en Las Ventas; pero también los miles de toros que dan su vida para el disfrute de tanto respetado respetable. Y contra todo pronóstico aquella ventosa tarde ganaron los toros.

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