Yusuf acababa de ejecutar su primera misión y se sentía inmensamente orgulloso tras haber sido mencionado como luchador por la verdadera causa del islam, nada menos que por el líder de la organización Boko Haram, el maestro Abubakar Shekau. Y para él, un joven nacido en la pequeña localidad de Gularu en el estado Nigeriano de Yube, era a lo máximo que podía aspirar, y no era otra cosa que luchar porque la maldición de la cultura occidental, traída por los infieles cristianos, fuese erradicada de las tierras de África y del mundo entero, y que en un mundo nuevo toda la humanidad solo amase a Alá como único Dios y a Mahoma como su profeta; y que su ley, la sharia, fuese observada con el rigor que merece la palabra de Dios.Y si para ello hubiese que exterminar a media humanidad merecería la pena, como se extirpa la podredumbre en la fruta sagrada de los árboles del paraíso de Alá.
Y esta vez el golpe había tenido resonancia mundial y todos los medios de comunicación de los infieles, y también los de los malos creyentes, que tanto abundaban y que osaban llamarse musulmanes de forma indigna y ofensiva para Dios, habían difundido la noticia de que unos terroristas del grupo integrista islámico Boko Haram habían irrumpido en un colegio nigeriano, en Jibik, en el estado norteño de Borno, secuestrando a más de doscientas niñas como parte de su estrategia de erradicar la enseñanza cristiana y occidental. Y en este golpe, Yusuf, se había comportado como un valeroso yihadista, que sin temblarle la mano había degollado a dos niñas que se resistieron a renunciar a la fe de Cristo y convertirse al islam. Como premio le habían permitido estrenarse en la práctica de violar a la irredentas y miserables traidoras, y pudo forzar a cinco, con lo que por ambas acciones heroicas había merecido la mención del líder, y por ello se sentía orgulloso y feliz por haberse ganado el privilegio del paraíso, donde las bellas huríes y los ríos de leche y miel le estarían ya esperando. Aunque él para llegar allí no tenía prisa alguna, pues aun le restaban muchas jornadas de lucha y de gloria para extender la fe verdadera por toda la Tierra. Pero para ello habría que conquistar aquellas tierras malditas, no solo corrompidas por los cristianos y los imperialistas occidentales; sino también por los malos musulmanes; incluidos los mulás y ulemas que los tachaban a ellos de ser un cáncer del islam, y de asesinos; y con ellos también tendrían que acabar.
Y alli ante él se encontraba la pequeña Myriam, que con solo catorce años ya sabía lo que era haber visto morir a varias de sus compañeras y amigas de una forma salvaje; haber sido golpeada sin piedad, y ahora era amenazada con ser violada si no abrazaba la fe del Islam; aunque eso le habían dicho también a su amiga Chichamanda, y a pesar de que ella, entre llantos incontrolables, había repetido que sí, que aceptaba, había acabado siendo violada y degollada sin piedad alguna, incumpliendo sus ejecutores aquello que le habían prometido.
La pequeña Myriam era la mejor alumna de su clase y destacaba especialmente en idiomas, el francés lo entendía a la perfección, y por ello cuando en un descuido uno de los muyahidines conectó a través de un teléfono móvil con una emisora del vecino Chad, Myriam oyó que por todo el mundo se difundía un mensaje exigiendo la liberación de las niñas secuestradas en Nigeria bajo el grito de "bring back our girls". Y aquello le dio una tenue luz de esperanza, y a hurtadillas hizo correr la voz de que el mundo no las había olvidado, que estaban preparando un rescate, que debían resistir a toda costa, y por ello les transmitió a las demás que deberían hacer creer a aquellos miserables, que todas querían ser buenas musulmanas y que si era preciso de casarian con aquellos bravos muyahidines; pues a fin de cuentas de lo que se trataba era de ganar tiempo. Y aquellos miserables dudaron de sus palabras, por lo que Myriam supo que si continuaba insistiendo podría convencerlos. Les argumentó que Dios no quería la muerte de ellas, sino su sincera conversión y para ello se ofreció a Yusuf como esposa. Este, confundido por la oferta y a la vez hipnotizado por sus palabras, aceptó la propuesta, y a su vez convenció a varios de los hombres del grupo para que hiciesen otro tanto. Myriam había introducido el germen de la duda entre los feroces hombres de Boko Haram, y todo parecía que iba a salir bien, pero fue entonces cuando apareció el líder, el maestro Abu bakar Shekau.
Yusuf radiante de felicidad y henchido de orgullo por su triunfo, acudió raudo a informarle de su éxito, a poner en su conocimiento que había doblegado la voluntad de aquellas infieles, y que ahora ya se hallaban bajo el cobijo de la fe de Alá. Y cuando el sanguinario Shekau escuchó las palabras de aquel imbécil, sacó su alfanje y de un certero tajo le seccionó su infame garganta, y tras ello se dirigió a la parva de asesinos que habían sido convencidos por el incauto Yusuf, y les gritó: ¡Allahuh akbah! -Alá es grande-, a lo que todos respondieron "¡Allahuh akbah!", al tiempo que dos fuertes explosiones pudieron oírse y en un instante aparecieron hombres vestidos como máquinas escupiendo fuego que abatió a todos y cada uno de los miembros del grupo de alimañas de Shekau, pero sin herir ni a una de las niñas.
Y cuando los miembros del comando de SEALS examinaron los cadáveres contabilizaron quince muertos, pero ninguno de los cuerpos se correspondía con el de Abu bakar Shekau.
Tres meses después, la agencias de noticias de todo el mundo anunciaban una nueva matanza en un colegio de una pequeña población del norte de Nigeria, y una cámara de un teléfono móvil había enviado una foto, y esta sin duda correspondía a Abu bakar Shekau. Y el mundo civilizado contuvo la respiración.
Juan Castell. 11 de mayo. En solidaridad con las niñas secuestradas en Nigeria.
lunes, 12 de mayo de 2014
Bring back our girls
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