El inspector Carranza dio la orden de que sin miramiento alguno se desalojase la habitación de aquel infame motel, situado en una fantasmagórica área de servicio de la margen izquierda de la interestatal 95 en las proximidades de Baltimore.
Y una vez que el cuartucho se hubo despejado, y el inspector expulsó su indignación por la incompetencia mostrada por los agentes que le habían precedido, escupiendo por su boca todo tipo de improperios y de cagüenes en todos los astros del firmamento, retahíla de santos y dioses de los que era tan aficionado, se puso a la faena para la que había sido requerido
Seguro era, que aquella forma de expresarse ante los contratiempos le venían por herencia paterna, llegada desde la misma Andalucía, en España, de donde era originario su padre, que vino a los Estados Unidos, con una mano delante y otra detrás, y también huyendo de un feo asunto de brillos de plata batidos a la luz de una luna, en un barrio de calles estrechas vírgenes de sol en la judería de Sevilla; y fue aquella una pendencia por causas tan poco poéticas como un ajuste de cuentas, de dineros, y no de amores, que hubiera sido argumento para otra ópera como la del tal Bizet, y que como resultado de aquella reyerta un gitano, de nombre Manuel, quedó con una ofensa de sangre en sus carnes, y que cuando él lo dejó ya se hallaba con el resuello perdido, y tiempo justo tuvo para tomar el correo con destino a Cádiz, y allí sin más trámite que el de salvar la distancia que había entre la estación del ferrocarril y el puerto, embarcó en el primer carguero que tuvo bien acogerlo, por unos pingues estipendios, fruto de lo que le había birlado al más que posible difunto, y a la promesa de servir como grumete en lo que el capitán de aquel yate de lujo –que para las ratas quizá lo fuese-, tuviese a bien ordenarle.
Y quiso el destino que arribase al puerto de Baltimore, y él pensó al saber que aquellas tierras allí se llamaban de Maryland o “Tierras de María”, tuvo por cierto que no podía ser casual que saliese de las tierras de María Santísima para arribar a las de María, justo al otro lado de aquel océano del fin del mundo y luego de las Españas. Y de allí de aquella Tierra de María Santísima de las Américas, como él las bautizó, ya nunca se movería; aunque no permaneciese en ellas por mucho tiempo, pues su natural pendencia le llevó a aprender lo justo del idioma de Shakespeare o el de Cochisse -que quizás fuese lo más que él llegase a hablar del inglés -, y lo usó para trabar mortífera amistad con el lumpen del mísero barrio de Cherry Hill. Y solo tuvo el tiempo justo para encoñarse de una chicana de nombre tan castizo como Lupita, dejarla embarazada, y despedirse de este mundo por un colt 45 manejado con mejorable destreza por un jayán siciliano con máster en las pizzerías de Brooklin. Fueron tres los balazos salidos de aquel revólver, los dos primeros bien aguantados, pero el tercero lo mandó directo a los infiernos, o quizás algo más arriba, si es que allí existe la redención por mor de los eximentes de haber nacido desgraciado y marcado por el destino.
La infancia del retoño del tal Carranza, y de nombre Antonio, y de la Lupita; es decir la suya, fue más que penosa, en aquel barrio de Cherry Hill rodeado de miseria, con los únicos estipendios que obtenía su madre trabajando en el puerto; de puta, con los marineros que a él llegaban –según supo cuando ya era demasiado tarde para que hubiera podido remediarlo-, y la oportuna intervención de un viejo policía que se hizo cargo de él cuando la pobre Lupe en un mal encuentro, halló un golpe mal dado que la condujo al cementerio. Y este viejo madero se empeñó en que el retoño de aquella desgraciada chicana, tuviese un futuro que no fuese el de un ataúd temprano, y si lo tenía, que al menos lo fuese en el bando correcto. Y fue tanto lo que Callagher –que así se llamaba el viejo sabueso- sacó de él, que Antoñito, que era como lo llamaba su madre-, se convirtió en un referente en el cuerpo de homicidios del BPD –el bipidí que decían-. No había sido aquella la primera opción, pues hizo sus pinitos en el deporte que eclipsaba las mentes de aquella ciudad, que era el beisbol; de hecho, probó con los Baltimore Orioles en las Grandes Ligas, incluso llegó a debutar en un partido contra los Yankees de Nueva York, como cátcher, que era su puesto. Y; de hecho, una tarde de primavera en la que el sol de la tierra de la María Santísima de las Américas, brillaba con regocijo y con el ímpetu de iluminar el Memorial Stadium de los Orioles, tuvo una actuación tan destacada que no se habló de otra cosa en la ciudad durante toda la semana, y en los mentideros de los barrios beisboleros de Baltimore se comentó que aquel chico se convertiría en breve en titular indiscutible del equipo. Pero un accidente de automóvil, que a punto estuvo de costarle la vida, le dejó como secuelas una limitación en la movilidad en el codo y en la muñeca del brazo derecho, lo que le impidió continuar en un deporte tan exigente como aquel, y mutiló su esperanza de haber alcanzado la gloria del Parnaso de las Grandes Ligas. Más tarde, fue tal la destreza que adquirió en su miembro izquierdo, que aquella desgraciada lesión que le retiró de la posible gloria en el beisbol, no fue óbice para que entrase en la policía, por sus méritos, pero sobre todo porque fue el último favor que le concedió a su protector el alcalde de la ciudad, al cual le había salvado la vida, y no solo eso, también la honra. Y a partir de ahí y tras la muerte de Callagher, todo lo que consiguió en el cuerpo del BPD fue por sus propios méritos, sin más ayuda externa.
Este cadáver ante el que ahora se hallaba, no era más que el enésimo de los que encontraba en su ya larga vida de policía, y nada parecía que le fuese a producir más emoción que la que siente un jardinero cuando cada mañana recoge los cadáveres de las flores muertas o agonizantes por mor de su exigua vida, o por haber sido arrancadas de su tierra madre por algún despiadado bárbaro, o por el simple retozo de los jóvenes llevados por la irrefrenable fuerza hormonal de sus cuerpos.
De forma automática como se monta en bicicleta o se conduce por una autopista tras un millón de kilómetros de experiencia, examinó el escenario, primero en su conjunto, después por partes, y por último, se aproximó al cadáver.
Era aquel un muerto como cualquier otro, diría que de edad avanzada, quizás veinte años mayor que él, incluso pudiera ser que menos; pues el estilo de vida marcaba más la edad de los cadáveres frescos que la propia biología.
Al mirar la cara de aquel desdichado nada le llamó la atención, solo que en su facies eran más que evidentes los signos ciertos de muerte, y que los balazos, que según le habían comentado los agentes habían aparentemente acabado con su vida, ninguno le había interesado el rostro. Cuando le examinó la ropa comprobó que vestía un chándal, de esos que venden en los Mall por veinte dólares, y unas deportivas de quince; pero prendida en su camiseta de los Baltimore Orioles, había una insignia que le llamó la atención, y acercando la vista, tras limpiar sus lentes, identificó sin duda alguna aquella condecoración, que era la conmemorativa de campeón mundial de la liga de 1970. Un sobresalto le invadió cuando vio aquel pin prendido de la mítica camiseta, que distinguía a los ganadores por cuarta vez de la Liga Americana y de la segunda la Serie Mundial, ¡el mismo año en el que él despuntó en aquella mítica tarde!, ¡el mismo en el que el fatal accidente frustró su carrera! Aquel 1970, sus compañeros lo ganaron todo y pasaron a la historia del beisbol como héroes, y él los recordaba como personajes salidos del más maravilloso de los sueños que nunca hubiese tenido.
Y entonces reconoció al cadáver: era el pitcher Mike Cuéllar, aquel chicano hijo de una amiga de la infancia de su madre, aquel jugador ya maduro que tenía una zurda prodigiosa, y que junto a Dave McNally, zurdo como él, y los diestros Jim Palmer y Pat Dobson, hicieron unos números que desde el año de 1900 hasta incluso hoy mismo, solamente otro equipo, los Medias Blancas de Chicago de 1920, tuvieron una rotación de pitcheo como la que presentaron ellos.
¡Cómo podría olvidar a Mike! Los días que permaneció junto a su cama en el hospital mientras él se debatía entre la vida y la muerte, y cuando despertó la primera cara que vio fue la de Mike, mirándolo con aquella tez tostada y esa sonrisa amplia como el amanecer de la vida que tuvo, y en la cabecera de su cama de hospital, siempre estuvo la estampa de la Virgen de Guadalupe y una escueta frase escrita en ella: «Para Antonio, el hijo del gachupín que vino de la tierra de María Santísima; y de Lupe, la flor más bonita de Méjico, y la más devota de la Virgen de Guadalupe».
Con los guantes de nitrilo enfundados buscó en los bolsillos del chándal y halló una cartera, en ella apenas diez dólares, su tarjeta de la seguridad social, dos fotografías, y una novela policíaca de dos centavos de una edición de 1940. Cuando miró con detenimiento las fotografías, completamente sorprendido comprobó que una de ellas era la de Lupe, ¡su propia madre!; otra la de un niño de solo unos meses de edad; y en el reverso de la foto de ella rezaba: «para Mike mi gran amor». En la otra: «nuestro hijo Antonio», y firmaba Lupe, con la letra inconfundible de su madre, que él tan bien conocía. Abrió la novela y leyó de un tirón aquella historia barata de un pendenciero sevillano que en una reyerta en un barrio de Sevilla mata a un gitano y huye a Cádiz, y después a América, y que allí entra en contacto con la mafia de Chicago y acaba muriendo de tres disparos en un ajuste de cuentas.
Y comprendió que aquel cadáver era el de su propia vida, todo era cierto; excepto que la ciudad no era Boston; sino Baltimore.
jueves, 8 de mayo de 2014
Una novela barata
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