Corrían años difíciles para el arte y aún más para Samedico Angelopulos, extranjero y cristiano ortodoxo en un país católico hasta los tuétanos, con el bagaje de poseer un pésimo español hablado y nulo en la escritura y con todas las reticencias de los poderosos hacia él: la Iglesia porque cómo podría fiarse de alguien que ni era católico ni apostólico romano, los otros porque pintaba raro, tanto, que el propio rey lo había despachado con cajas destempladas horrorizado de la manera con la que aquel artista reflejaba en sus obras las cosas de Dios. Pero muchos reconocían en la intimidad, que el rey Filipo no era fino en su gusto artístico, y los que sí lo eran no podían dejar de estar de acuerdo en que aquel griego era el pintor más original que habían visto jamás por estas sobrias tierras. Pero lo malo era que el maldito artista lo sabía, no sólo que se creyese el mejor; sino que estaba convencido de que todos en el mundo del arte así lo reconocían. Y por ello se cotizaba caro, tanto que no eran muchos los que podían permitirse el lujo de encargarle una obra, y eran tan pocos, que el genial y orgulloso pintor llegó a tener tan exiguos encargos que pensó que de continuar así las cosas acabaría muriendo de hambre por mor de su éxito. Y caviló durante días y sus respectivas noches, sabía que no podía rebajar su cotización sin más; pues entonces su prestigio se hundiría y acabaría confundiéndosele con la pléyade de artistas mediocres que pululaban por los círculos de nobles, clérigos y ricos comerciantes, porque los del rey estaban vedados a casi todos.
Pero Samedico no sólo era el mejor artista, también el más listo; y lo iba a demostrar. Dedicó tres meses a buscar pintores, escultores, y artesanos en general, que estuviesen en situación de extrema pobreza, y cuando dispuso de un amplio muestrario de ellos, fue examinando uno a uno hasta que formó un grupo selecto de diez hambrientos artistas, que a juicio de Samedico tenían talento natural. Después buscó un destartalado establo por un puñado de ducados, y lo adecentó lo justo para que pudiese servir como taller de pintura. Dos meses más dedicó en enseñarles a reproducir aquello que él les proporcionara. A veces ejecutaba una obra a tamaño real y luego pedía que lo copiasen una, dos y hasta más veces, y él las finalizaba añadiendo algún detalle que les confiriese la categoría de obras únicas; otras veces, en cambio, les daba tablillas hechas a pequeña escala y sus aprendices las reproducían a grandes formatos.
El problema era, que a pesar de que había ingeniado un sistema para la producción de obras en serie del que no había parangón en estas tierras, y quizás en ninguna otra, continuaba sin tener clientes, y además estaba el asunto del precio, pues era consciente de que debería mantener un estipendio suficientemente alto para que fuese prohibitivo para el común, pero no tanto como el que usaba cobrar, que disuadía a una buena parte de las gentes de calidad; y ahora con este sistema podría permitirse ajustar los precios. Aunque aún faltaba algo. Y lo sabía.
Lo estudió días y noches enteras, como solía hacerlo cuando algo lo obsesionaba, hasta que al fin tuvo una idea: pintaría tablillas que servirían de muestrarios en los que representarían cuantos personajes y escenas de la vida de Cristo fuese capaz, y con dos de ellas llevándolas consigo recorrería las casas, iglesias y cenobios de los potenciales clientes y allí los clientes seleccionarían la escena que quisieran que él representase, su tamaño, y los personajes.
Cuando le explicó eso a un amigo conde que además era Grande de España, lo tomó por loco; pero cuando le dio la misma explicación a Pedro Tavera, que pasaba por ser el mayor comerciante en lana de la ciudad de Toledo, en la que él vivía, simplemente le dijo que era un genio y que no entendía cómo perdía el tiempo con la pintura y no se asociaba con él en el asunto lanar.
Con ese bagaje decidió echarse a la calle. Y aquella mañana, la primera en la que ponía en marcha la nueva estrategia, decidió que visitaría a una rica marquesa viuda, que en el cabo de año de su augusto esposo quería dedicarle una obra magna, en la que se le representase en su entierro, y a la vez ascendiendo a los cielos despedido por sus más fieles y queridos amigos.
Cuando transcurrió un mes de trabajo con aquel encargo supo que se había metido en un callejón sin salida. Las exigencias de aquella excéntrica mujer añosa lo estaban sacando de sus casillas. Todo lo discutía y parecía que no iba a dar posibilidad alguna a la creatividad del artista. Así, le exigía una forma determinada del marco y del mismo lienzo, para que se adecuasen a la ventana que situada en lo más alto de la sala en la que iría instalado el cuadro, permitiría que el primer sol de la mañana iluminase el rostro de su difunto esposo, ya ascendido a los cielos y a la vera del Padre. Por si fuera poco le exigía que a ambos lados de la capilla, en la que transformaría la sala del cuadro, debería pintar dos retratos de la misma altura que el central; en uno de ellos se representaría a Santa Inés mártir con el rostro de la noble dama, y en el otro a San Pedro, con el de su esposo, pero con la barba canosa del apóstol y los ojos llorosos en recuerdo a la traición a su maestro, y ella quería verlo así una vez muerto, ya que en vida jamás le pidió perdón por sus dos concubinas y los cinco hijos naturales habidos con ellas.
Sabedor de que no tenía otra que acometer y terminar aquella enrevesada, a la vez que apasionante obra, si quería continuar teniendo clientes en aquella ciudad y posiblemente en el país, puso a trabajar sin descanso a todo su taller, y él mismo se enfrascó en la obra.
Transcurrido un tiempo que nadie creería, el trabajo estaba finalizado y duplicado; pues cada parte de la obra había sido ejecutada, por él una copia, y por sus famélicos aprendices otra. Vistas las dos juntas nadie, excepto un necio, hubiese dudado de cuál era la salida de la mano del maestro.
Y el día señalado sus obreros trasladaron toda la obra a la casa de la marquesa, y sin que ella pudiera verla la instalaron, y una vez concluida la faena fue llamada para ser desvelada a sus ojos. Y fue apoteósico cuando la marquesa viuda vio aquel enorme y magnífico cuadro, que ocupaba todo el frontal de la capilla con las dos escenas: la terrenal en la que se representaba el entierro del marqués, y en la parte superior su ascenso a los cielos a su encuentro con Dios Padre; y a un lado su capricho, con su esposo transmutado en apóstol Pedro arrepentido por sus horribles pecados; y ella en el lateral opuesto convertida en Santa Inés mártir, aquella joven apenas niña que prefirió el martirio a ver mancillada su virtud. Y las lágrimas inundaron el ajado rostro de la marquesa que se arrojó sin reparar en remilgos a besar los pies del maestro. Y este conmovido ayudó a que se levantase y le preguntó por qué lloraba, y ante la estupefacción e indignación contenida del artista, ella contestó: «Porque por fin cada uno está en su sitio, él retratado como un traidor, y muerto y en el infierno, por muy en el cielo que se le retrate; y en cambio yo observando su entierro como una mártir, que es lo que he sido mientras he permanecido como esposa suya».
Y Samedico, que incluso hacia dudado si su ética le permitiría ejecutar el final del plan, creyendo en un principio que la marquesa se había emocionado por su obra, decidió continuar con él. Le pidió que dejase trabajar a sus obreros para fijar la obra y dejarla definitivamente ultimada, y fue entonces cuando aprovechó para cambiar los tres cuadros pintados por él, cambiándolas por las copias de sus aprendices. Y una vez concluida la faena volvió a llamar a la marquesa, y ante su presencia le preguntó: «Hemos hecho algún cambio, ¿no le parece que ahora incluso cobra más protagonismo las escenas que vuestra merced quería resaltar?»
Y ella emocionada volvió a romper en un incontenible y emocionado llanto.
Y cuando veinte años más tarde murió Samedico, sus deudos hallaron en un sótano protegido por un grueso muro de argamasa y forrado de mármol, más de trescientos magnificas obras, tres de ellas eran el «Entierro del Marqués de Sonseca» que estaba embalado junto a un «San Pedro lloroso» y una «Santa Inés», y todos iban firmados por «Samedico Angelopoulos», como el resto de los hallados, y con ellos abastecieron a los príncipes y reyes de los más ricos países de Occidente que en vida del artista nunca pudieron acceder a la posesión de un auténtico «Angelopulos», y no eran los únicos pues ciertamente que nadie había poseído jamás uno salido de su propia mano.
Juan Castell 5 de mayo de 2014. Tras la visita a la magna exposición sobre el Greco en Toledo.
Nota del autor.: Cualquier coincidencia en nombres, lugares o hechos que en este relato se mencionan, son fruto achacable exclusivamente al azar, y nada tienen que ver con personajes reales presentes o pasados.
martes, 6 de mayo de 2014
Samedico Angelopulos
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