En aquel anfiteatro de la Facultad de Filosofía de la más prestigiosa de las universidades del país, se encontraba reunida la flor y nata del pensamiento filosófico del continente. Usaban de reunirse al menos una vez al año en las más notables de las ciudades de la vieja Europa, y la decisión venía siendo tomada por un comité de sabios, que tras deliberar las distintas propuestas, acababan decantándose por aquella que les ofrecía unas condiciones lúdicas más ventajosas; pues a fin de cuentas el método lúdico no dejaba de ser «un conjunto de estrategias diseñadas para crear un ambiente de armonía en los estudiantes que están inmersos en el proceso de aprendizaje», y de eso se trataba; ¿pues qué es un sabio, sino un alumno en continuo amaestramiento?. Lo demás ya venía de adorno, el rodear aquellas reuniones de sabios del aura de ciencia pura y de sabiduría, no venía nada más que a darle el envoltorio de papel de celofán a lo que eran juergas de sesudos amigotes.
En esta ocasión habían decidido adornar aquellas jornadas de culto a Baco, a Qdes, a Afrodita y a la diosa Voluptas, con el pomposo lema de: «Jornadas de exégesis y eiségesis, ¿está aquí el origen de nuestra crisis de valores?»
Cierto fue, que en la redacción del tema escogido para titular las jornadas, un grupo de doce expertos emplearon siete días de estancia en Niza para su elección, y las disputas entre ellos fueron tan enconadas, que sólo in extremis, a las siete de la mañana del séptimo día, pudieron acordar el rebuscado título que ahora rezaba en el congreso; y a pesar de que el único abstemio del grupo, dijo que semejante lema era una pura y neta estulticia, el resto argumentó de forma unánime, que cuanto más absurdo, más caché le confería a un congreso de Filosofía.
Y allí estaban, en el paraninfo de aquella escuela del saber, dispuesto ya el presidente de la Sociedad Filosófica Europea (SOFIE), don Tesifonte Imknownothing, a abrir la sesión plenaria con una conferencia magistral, sumamente novedosa, que bajo el título: «¿Hacia dónde va el saber en la vieja Europa?», pretendía cubrir el expediente, que nadie de los no iniciados entendiese una palabra, y justificase sus gastos en pro de la investigación de los recovecos del savoir vivre.
Pero en los corrillos, que se formaban inevitablemente antes de iniciarse estos eventos, en los pasillos aledaños al anfiteatro, se comentaba de forma casi unánime, que ni aquel presidente podía llegar a más ni la SOFIE a menos; y si no fuera porque las videocámaras de vigilancia, y los cinco miembros de la junta directiva, empleaban los sesenta minutos que venía usando el presidente en su discurso, en tomar buena nota de las ausencias, allí probablemente no hubiese quedado nadie; pero claro, el castigo era no volver al siguiente congreso, y ser sustituido por algún otro aprendiz de sabio que estuviese más motivado por el conocimiento de la cosa –lo que entre ellos denominaban el thinkabout.
Terminó don Tesifonte su disertación sobre él sabría qué, porque nadie le prestó la menor atención, y llegó el turno de preguntas; naturalmente pactadas y que no era más que un mero artificio por si se dejaba caer por allí algún periodista, y dar la sensación de que aquello era lo que no era.
Tras las tres preguntas pactadas, el presidente se dispuso a dar por finalizada la conferencia inaugural, y comenzar con los arduos trabajos que darían paso a las comidas, visitas turísticas a la ciudad, para finalizar con una fastuosa cena de gala y una tournée por los más afamados clubes y cabarés de la villa, y después, que fuese lo que hubiera de ser.
Pero en el momento supremo de cambiar de tercio, un espontáneo, que no debería contar con más de diez años, poniéndose en pié, con voz atiplada, pero fuerte y clara, dijo: ¿Podría hacer una pregunta?
El presidente y sus adláteres estuvieron tentados de ordenar que evacuasen de la sala a aquel mequetrefe, pero en última instancia, les hizo gracia y le permitieron formular la pregunta.
Y el chico comenzó a hablar: «He escuchado atentamente su conferencia, y he de decirle, que no he entendido nada de lo que usted ha dicho, como tampoco comprendo de qué piensan tratar ustedes en esta reunión, ni qué es eso de “Jornadas de exégesis y eiségesis”, y por qué se hacen esa pregunta de 'si está aquí el origen de nuestra crisis de valores'. ¿Sería usted capaz de explicarme todo eso para que un niño de diez años lo pueda entender?»
Y naturalmente, que ni el presidente ni ninguno de sus adláteres, pudo hacer una cosa tan aparentemente sencilla.
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