Tumbado en la cama de la infame buhardilla de aquella bucólica calle de la orilla izquierda del Sena, en aquel París del primer cuarto del siglo, que hacía el vigésimo primero desde que se fijara el nacimiento de Cristo como kilómetro cero de los tiempos, allí mirando absorto el techo a dos aguas de aquella jaula de plata ennegrecida por el paso del tiempo, allí mismo, Hans se planteaba si acaso la vida era algo más que la multiplicación de sus células en un camino suicida hasta la muerte, en un trabajo que al contrario que cualquier otro en la naturaleza o incluso del salido de la mano del hombre, cuanto más se repetía peor era el resultado; y así aquella mitosis celular programada daba como resultado copias de peor calidad, produciendo la aberración de convertir a una joven bella en una vieja decrépita, a un efebo en un anciano desvalido sin capacidad siquiera para controlar sus esfínteres. Y lo veía así, tal como era, desprovisto de adornos poéticos, de arabescos literarios, de circunloquios salidos de mentes de psicólogos que buscadores de muletas para que las gentes transiten por la vida procuran disfrazar la realidad vistiéndola con papel celofán de colores, o los psiquiatras, que alteran los niveles de neurotransmisores con sus pócimas, hechas por apotecarios suizos para procurar lo que los poetas en la flor de su arte también proponen, y que al final unos, otros y los de más allá, acaban claudicando ante la única verdad que se esconde tras el ciclo reproductor celular, que es la muerte; aunque a veces el trabajo de copia se malogra por esos engendros que controlan el proceso y que llaman genes, y en ese caso todo termina ahí, o produce efectos tan abominables en las copias que condenan la existencia de los seres a agonías imposibles.
Todo aquel malvado proceso ideado por algún dios que no tuvo mejor ocurrencia que diseñar la existencia como un castigo, que la suerte de venir a este mundo fuese una condena a cadena perpetua, solo condicionada a que el propio ser miserable pudiese poner fin a esa maldición de estar vivo. Y Hans ya liberado de la creencia en los castigos más allá del proceso de mitosis celular, de la certeza que más allá solo existía la nada, menos que la nada; ni siquiera la estela que deja un pez sobre las aguas, ni un pájaro que surca los cielos, nada y nada más que nada, y aquello le reconfortaba; pues sabía que aquel tormento que ya se cifraba en más de medio siglo de condena, podría acabar en cuanto tuviese el ánimo para que su ser dejara de serlo.
No había más razón para su estado que el de estar vivo, era consciente de que su existencia no era la de peor calidad de entre los seres que poblaban la Tierra; ni tampoco la mejor, solo una de tantas; tan inútil como la de otros, como la de todos. No llegaría a alcanzar el éxito en nada en su vida, ni siquiera el fracaso; nadie podría decir de él que hubiese sido un malvado, ni tampoco un santo; que hubiese disfrutado de una mala vida, ni tampoco buena; que hubiese sido una persona gris, pero tampoco un faro que iluminase el camino de otros. Solo le consolaba haber conocido la existencia de otros seres más grandes que él, que habían tenido incluso vidas más inanes que la suya; y no creía que la eternidad que habían ganado tras ya no ser, realmente mereciese la pena; solo eso le consolaba, y poseer el don de transcribir todo aquello que sentía sin necesidad de una cuerda, ni de un veneno; ni siquiera de un colt 45; simplemente con una pluma y un papel en blanco.
Juan Castell Monsalve 9 de mayo de 2014. En un día de zozobra.
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