Sentado en un taburete con ruedas de acero, que protegidas por frenos evitaba desplazamientos fatales cuando el momento culminante de la obra lo requiriese, con su mejor cizalla, y el martillo que durante generaciones había pasado de mano en mano de los Vanderbilt, Johannes se disponía a atacar aquella gema, la más valiosa de cuantas nunca antes hubiera entrado en su taller, desde que en una fecha ya perdida en la memoria, un antepasado suyo lo fundara en aquella calle aledaña a la Estación Central de la ciudad flamenca de Amberes, la capital mundial del diamante.
Cuando Johannes vio por primera vez aquella piedra traída desde una supuesta mina desconocida del Transvaal, supo que estaba ante el mayor reto que se le presentaría en su vida. De no menos de setecientos quilates calculó que sería aquella pieza única, y el peso lo confirmó: setecientos catorce exactamente, y de un color que él nunca había visto ni creyó que nadie lo hubiera hecho; pues aunque ciertamente que había evidencias de la existencia de diamantes rojos, seguramente ninguno como aquel.
Esperó durante quince días a que las nubes despejaran el cielo de la vieja ciudad flamenca. Y en este, como en los quince anteriores, se hallaba sentado en su taburete de ruedas junto a la ventana en la que había situado su mesa de trabajo con el diamante sobre ella, cuando aquel primer rayo de sol de la mañana incidió en la rugosa y aún no tallada superficie de la gema, y entonces tuvo por cierto que aquel color jamás lo había poseído diamante alguno. Y desde entonces una emoción se hizo presente en su ánima, al punto, que se sintió incapaz de atacar aquella piedra para proceder a su talla. Sabía que era un diamante de una singularidad tal, que en su mano estaba la responsabilidad de poder destruir una de las obras más bellas que las entrañas de la tierra habían sido capaces de pergeñar, y que de su incapacidad podría resultar la muerte de aquella maravillosa criatura, o en caso contrario entrar por la puerta grande en la historia de la joyería.
Permaneció días obsesionado en un insomnio perenne, estudiando una y mil veces la forma de proceder con el tallado de esta maravilla de la naturaleza, hasta que fue conminado por los propietarios de la gema, la World Trade Diamond Company, a dar una respuesta sin más dilación, respecto a si aceptaba o no tallar el diamante, y en caso afirmativo presentar el proyecto del resultado previsible de ese trabajo.
No era a Johannes ideas lo que le faltaban, en su casa se habían tallado miles de diamantes, y se había innovado desde siempre, hallándose a la cabeza en lo que a técnica y exquisitez en la creación de piedras talladas se refería. No tenía duda de qué es lo que había que hacer, de cuántas piedras se obtendrían tras dar el primer golpe de gracia a aquel dios de piedra, también los diseños que habría que aplicar a cada uno de ellos; pero lo que no sabía era si sería capaz de dar el primer golpe, el que liberase del todo cada una de sus partes, y además estaba aquel color, ese color que le intimidaba cuando lo examinaba a la luz del primer rayo de sol que entraba por la ventana del taller de los Vanderbilt. Y una y otra vez se preguntaba qué misterio albergaba aquella piedra que le eclipsaba su entendimiento y lo sumía en aquel estado de inseguridad y de turbación.
Por fin decidió que aceptaría el trabajo, pues sintió que las más de diez generaciones de tallistas de diamantes que guardaban los genes Vanderbilt, eran una carga demasiado pesada como para poder rechazar aquel encargo; aunque supusiera una responsabilidad que antes que él ninguno de sus ancestros hubiese cargado a sus espaldas.
Sabía lo que tenía que hacer, y no era otra cosa que atacar aquella piedra sin más demora; pues cuanto más dilatase el tiempo intentando retrasar el momento cumbre de la tarea, más se obsesionaría con aquel dios de carbono y se transmutaría en un monstruo que acabaría destruyéndolo, o cuando menos paralizándo su voluntad e incapacitándolo para llevar a cabo tan delicada y excelsa tarea.
Así pues, sin pensarlo más, se dirigió al taller, situó las lámparas de la forma adecuada, colocó la banqueta y la ancló al suelo con sus potentes frenos, se instaló el dispositivo que portaba la lente de aumento en su cabeza, fijó la piedra, cogió el cincel, lo colocó sobre el punto exacto del diamante en el que había que aplicar la cizalla, tomó el martillo, respiró hondo para mantenerse en apnea cuando diese el golpe maestro, y se dispuso a ejecutar el momento supremo.
Tallaría al menos un brillante con la estrella de David cincelada en su tabla y corona con formas imposibles para un artesano mortal. Haría eso porque la World Trade Diamond Company tenía el encargo de compra del diamante principal que resultase de la fragmentación, por parte de un importante financiero judío. Su mente se había adelantado al futuro, después de que hubiese ejecutado ese primer golpe crucial, pero eso aún no había sucedido, y al volver en sí de su momentánea desorientación temporal, el miedo lo atenazó y su mano quedó agarrotada como si otra mano invisible le sujetase la suya. Aterrorizado, miró a su espalda, y en la pared vio una escena proyectada en rojo por un haz de luz solar que incidiendo en la piedra se reflejaba en el muro proyectando una película.
Vio a un niño de raza negra que hallaba la piedra en el interior de una profunda y oscura cueva; después cómo la envolvía en su camiseta de la selección de fútbol campeona del mundo, que era la de España; se le vio saliendo al exterior y correr portando el diamante a través de un terreno árido; luego cruzaba un río, tropezando y cayendo al agua llegando a hundirse y desaparecer de la escena; se le vio salir a punto de perecer ahogado, pero sujetando fuertemente la camiseta roja que contenía la piedra; después llegó a una cabaña hecha de troncos con tejado de ramas y entregó su hallazgo a una mujer que al ver lo que portaba lo abrazó emocionada; se les vio bailar y cómo al corro se les unieron dos niños más, y un hombre; después todos juntos abandonaron el poblado a pie portando fardos en la cabeza; se les vio llegar a una ciudad y a todos entrando en un destartalado establecimiento donde los recibió un hombre de aspecto feroz; después los sentaron a una mesa y les sirvieron ricas viandas, y se les veía a todos felices, muy felices confiados en que todos sus problemas habrían terminado para el resto de sus vidas. Y estaban en lo cierto, pues dos sujetos aparecieron en la estancia y portando machetes, en una escena terrible, despedazaron a cada uno de los infortunados e incautos infelices, y cuando uno de los jiferos extrajo la piedra de la preciada camiseta roja de la campeona del mundo, y alzó la piedra admirado, comprobó que esta era de un rojo sanguíneo intenso, y fue entonces cuando un haz de luz salido del corazón del diamante dejó fulminados a los dos carniceros.
Johannes conmocionado por las escenas que acababa de ver, cogió el diamante y de un certero golpe lo fraccionó en dos piedras principales magníficas de más de trescientos quilates, y tras cinco días de extenuante y febril trabajo ininterrumpido de día y de noche, dejó concluida su obra maestra. Y en uno de ellos dejó cincelada las palabras escritas en inglés «Bloody Diamond» y en la otra en hebreo «ארוריםיהלומ» —Diamante de Sangre—, junto a lo que le habían pedido: una estrella de David.
viernes, 2 de mayo de 2014
El diamante rojo
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