Tenía tanta hambre que se comería sus propios dedos de uno en uno si tuviera fuerzas para masticarlos, Ni siquiera podía llamarse hambre a aquello que sufría, sería un eufemismo, pues cuando alguien piensa en comerse a sí mismo es que se ha llegado al extremo de la desesperación fisiológica, que es la que precede a dejarse acunar en los brazos de la muerte.
Cuando Riek y su familia abandonaron su mísera vivienda de un arrabal de Bentiu, lo hicieron huyendo de las tropas gubernamentales del presidente Salva Kiir, tras sufrir el acoso del rebelde y antiguo vicepresidente del anterior, Riek Machar. Lo único que compendió Riek era que muchos de ellos no sobrevivirían a aquella locura. Y de momento no se estaba equivocando, pues de sus tres hijos uno ya había muerto de diarrea, mientras que los otros dos estaban tan famélicos como él y su esposa Mara. Y ahora recostado bajo la sombra de un baobab recordaba los tiempos felices en los que los dinka vivían en las orillas del Nilo Blanco, dedicados al transporte de mercancías por la arteria de vida de esta parte de África, hasta que la invasión de los musulmanes del norte, primero, y la guerra civil en el sur, después, habían ocasionado las grandes migraciones interiores, la guerra fratricida y la hambruna; y ahora él, descendiente de los orgullosos dinka se veía asomado al precipicio de la extinción, de la forma más miserable que para cualquier ser humano cupiese imaginar: morirían de diarrea o de hambre.
Con unas improvisadas parihuelas transportaba el cadáver de su hija Mara, más con el alma que con sus músculos, que ya hacía días que casi no le respondían; mientras que sus dos pequeños, Valerio y Kornelio, de la mano escuálida de su madre, arrastraban sus pies por el sendero de la muerte.
Sus tres hijos habían sido bautizados en la fe de Cristo y quizás por eso deberían morir, pero esa hubiera sido la razón unos años antes, ahora ni esa explicaba por qué ellos y tantos otros estaban siendo masacrados. El petróleo, o pudiera ser que el mero hecho de ser africanos, de un joven y ya maldito país como Sudán del Sur, fuese motivo para que no tuviesen más futuro que dejar de existir.
En un postrer esfuerzo, Riek consiguió caminar hasta una colina, impulsado por el olor inconfundible de su infancia, de las sagradas aguas del Nilo Blanco, y con esa fuerza interior lograron alcanzar la ribera, y fue entonces cuando tuvieron la primera ayuda de Dios, pues una embarcación nativa construida con el tronco hueco de un gran árbol, se hallaba varada entre la vegetación de la orilla, y Riek impulsado por una renacida fuerza sobrenatural, tomó el cadáver de su pequeña, primero, a su esposa Mara después, y a sus dos hijos varones en último lugar; y tras ello subió a la embarcación empujándo seguramente con las últimas fuerzas que le restaban, dejando que la corriente hiciese el resto.
Impulsada por la fuerza de mil reactores, aquella fantasmagórica nave surcó las aguas sin apenas rozarlas, y Riek vio pasar bosques y sabanas; meandros, rápidos y aguas tranquilas; vio juntarse las aguas del Nilo Blanco con el Azul; cruzar fronteras; traspasar el tiempo y como en un sueño de mil sueños, vio que la primitiva embarcación hecha con un tronco, se había tornado en barco de faraones, que tras atravesar el Nilo de los tiempos se detenía en el muelle del majestuoso puerto de Tebas. Y allí una comitiva fastuosa a cuya cabeza iba un hombre con cabeza de chacal, impecablemente vestido, y que en su mano derecha portaba un báculo, le hizo un ostensible gesto de bienvenida, invitándoloslos a descender del navío. Y fue entonces cuando Riek contempló que su esposa Mara iba vestida de gala con ropas bordadas de oro, y sus dos hijos ataviados de la guisa de los guerreros; mientras que su hija resucitada resplandecía con una túnica tupida de pétalos de flores de nácar, y todos caminaron con pausada calma hacia los brazos extendidos de Anubis, que con su báculo de oro les franqueaba el paso a la ciudad de los muertos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario