domingo, 27 de abril de 2014

Amed

Acomodado en su amplio asiento de pasillo de first class de aquel vuelo de American Airlines, miró la cara extasiada de felicidad de su hija Zaida que iniciaba la materializacion de su sueño desde que él, su padre Amed, se lo prometiera para cuando celebrase su décimo cumpleaños, y este era viajar a Orlando,en La Florida, para visitar el parque de atracciones de Disney World, que para ella, una niña Saudí,  educada en la más estricta norma suní era un imposible. Pero Amed había estudiado medicina en la Universidad de Sevilla, en España, y aparte de haber aprendido a querer a gentes de otra religión, en la antigua Isbilia musulmana transmutada en tierra de María Santísima, comprendió que no hay nada más preciado para un hombre, que poder vivir en libertad, tener la opción de cambiar gobiernos y de creer en uno u otro dios, o en ninguno, y sobre todo poder manifestarlo ante todos o no, pero en suma, disponer de la opción de hacerlo. Y se prometió que cuando regresase a su país, a aquella sociedad medieval esclavista y liberticida, él, en la intimidad de su familia, viviría en el respeto a los demás y en el amor a la libertad de todos los seres humanos. Desgraciadamente su esposa Adila nunca lo comprendió y lo tachó de mal musulmán, y a pesar de que procuró con todas sus fuerzas convencerla de que aquella sociedad la esclavizaba a ella incluso más que a él, Adila llegó a insinuarle que si persistia en su sinrazón acabaria denunciándolo. Pero por suerte en aquel tiempo quedó embarazada, y el nacimiento de Zaida mantuvo una tensa paz en el hogar durante tres años, transcurridos los cuales, Amed haciendo uso de uno de los privilegios que aquella sociedad le permitia, y que el detestaba, la repudió y se quedó con la niña. Ciertamente que no se sentía orgulloso de aquello, pero lo consideró un mal menor. Ante todo estaba el futuro de su hija y el disfrute de la libertad por parte de ambos.
Pero ahora, cuando veía los cabellos negros como el azabache de su hija, refulgiendo por los rayos vírgenes del sol  de la troposfera, sabía que todo había merecido la pena. Se sentía plenamente dichoso al contemplar la faz radiante de felicidad de su hija, ilusionada por visitar el país de la libertad; aunque en su mente infantil eso no significase otra cosa que un parque de atracciones. Pero Amed no tenía como destino Disney Word, solo sería el cumplimiento de una promesa, y la puerta de entrada al país en el que pensaba pasar el resto de su vida, junto a su hija Zaida.
Completamente feliz con estas reflexiones estaba, cuando vio que tres pasajeros se situaban en ambos extremos del pasillo del avión, y que al grito de Allahu Akbar! -Alá es Grande-, esgrimían extrañas armas que parecían de fuego,  y en un  inglés con fuerte acento árabe Saudí, explicaron que eran muyahidines y que todos los que allí estaban y que no fueran creyentes irían directos a “jahannam” -el infierno para los musulmanes-, y aquellos que fuesen creyentes deberían regocijarse, pues ya pronto estarían en el paraíso. Pero que en cualquier caso todos morirían, fue lo que le quedó claro a Amed que era lo que querían transmitir, y no parecía que fuesen a negociar nada a cambio de su libertad.
El terror se extendió por el pasaje y el recuerdo aún no lejano del 11-S fue compartido por todos, a la vez que las primeras reacciones de histeria se hicieron patentes, y que los soldados de Alá resolvieron con un disparo certero a un pasajero, y con otro  a  una mujer de edad avanzada que no cesaba de gritar; y esto fue medicina efectiva para que a partir de entonces se hiciese el silencio.
Amed miró a su hija y comprobó con desolación que el rostro otrora feliz se había transformado con un gesto de puro terror y desesperación, y esto le conmovió al punto de que supo que daría la vida para evitar el sufrimiento de su querida Adila, y por imposible que pareciese debería actuar para intentar revertir aquella situación.
Se puso en pie y haciendo caso omiso a las advertencias de uno de los muyahidines, que le apuntaba con un arma completamente fuera de sí, repitiéndole en inglés que iba a matarlo, Amed al grito de Allahu Akbar!, tomó a su hija de la mano y abandonando sus asientos como poseido por una fuerza  sobrenatural, comenzó a recitar en un árabe perfecto un pasaje muy concreto del Corán:
"Por esto les decretamos a los hijos de Israel que quien matara a alguien, sin ser a cambio de otro o por haber corrompido en la tierra, sería como haber matado a la humanidad entera. Y quien lo salvara, sería como haber salvado a la humanidad entera". Corán cinco; treinta y dos.
Y ante el desconcierto del individuo y alzando aun más la voz, Amed volvió a repetir la sura, y los otros dos muyahaidines viendo la  escena se aproximaron, pero Amed alzando a su hija a la altura de su cabeza, repetía una y otra vez la sura en una retahíla que parecía salida de la garganta de un enloquecido almuecin, y cuando los terroristas se dispusieron a acabar con la voz que repetía la sura como un castigo de Dios, el muyahidin que estaba completamente abducido por las palabras de Amed, se revolvio contra sus camaradas disparando su arma contra la cabeza de uno, al tiempo que ensartaba el corazón del otro con su alfange, y después postrándose a los pies de Zaida rompió a llorar.
Y cuando el avión tomó tierra en el aeropuerto más cercano, que era el de Fiumiccino en Roma, tras prestar declaración y ser aclamado como un héroe, Amed burló a todos, incluída la prensa, y llevando de la mano a su hija Zaida, tomó un taxi, buscó una mezquita y allí oró a Alá.

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