sábado, 19 de abril de 2014

La página en blanco

Su vida se había convertido en un completo desastre, tanto, que ni siquiera seria capaz de escribir todo lo que le ocurría sabiendo que en el cajón de su escritorio tenia un Colt 45. Pero alli seguia, aún vivo, lo que suponía que tenia que ganarse el sustento de la única forma que sabía, y no era otra que escribiendo su columna en el diario de mayor tirada del país. Y eso debía hacerlo todos los días de la semana de lunes a viernes, y en esta tarde del jueves su cerebro había agotado toda su capacidad creativa, y allí estaba a tres horas del cierre de la edición, sin la mejor inspiración y carente de cualquier interés por nada de lo que sucediese en su entorno. Esto ya le venía sucediendo con demasiada frecuencia desde que su mujer lo abandonó, y él en venganza dejó el alcohol, y el tabaco, lo que condujo a que sus amigos de borracheras también lo abandonaran y que incluso la estanquera le retirara la palabra. Pero ahora el problema estaba en completar las trescientas cincuenta palabras pactadas para la maldita columna.
Dos horas le restaban y estaba convencido de que la parte de su cerebro que generaba su capacidad para escribir, definitivamente se había secado. Buscó en los cajones y en las estanterias  con la esperanza de hallar algún texto desechado, pero solo halló basura literaria. Pensó llamar al diario y decir que estaba gravemente enfermo, pero su contrato no contemplaba la posibilidad de enfermar, así que concluyó que la única salida digna a la situación y de paso a su propia existencia, se hallaba en el cajón de su escritorio.
Había superado el medio siglo de vida, lo cual era mucho para casi todo, pero no para resistir sin inspiración hasta que pudiese abandonar este mundo por causas naturales, pues para eso pudiera ser que hasta fuera aún muy joven, si es que la naturaleza le tuviera reservado vivir hasta los noventa. Así que concluyó que el Colt era la solución. 
Pero no podía irse definitivamente de este mundo sin dejar unas palabras, no sería propio de un escritor morir callado, debía dejar su epitafio manchado con la sangre que a buen seguro sapilcaría toda la estancia, como venia siendo habitual en estos casos. Y se dispuso a ello.
Inició el escrito remontándose a los años felices de su infancia, sin duda los más venturosos de su vida, continuó con... su primera novia y su  primer fracaso, con su paso por la universidad y sus repetidos nuevos fracasos...y continuó con más fracasos ... De  hecho todo en su vida le pareció fallido, ni un triunfo, nada parecía que hubiera válido la pena en su absurda existencia ... no era necesario continuar -pensó-, por lo que decidió destruir su nota de suicidio y proceder a dar por finalizado el naufragio de su vida.
Abrió el cajón, extrajo el Colt, buscó la caja que contenía las balas y cogio dos, pues pensó que en ningún caso tendría ocasión de utilizar más, de hecho ya le sobraba una. introdujo los proyectiles en el  tambor y se aseguró de que el primero entrase en la recámara, después se desabrochó la camisa y se quitó la corbata,  y fue entonces cuando recordó algo... no quería hacer ruido,  por ello  pensó que si se tapaba la cabeza con un edredón doblado y colocaba el revólver  debajo apoyado en su sien, amortiguaría la explosión y pasaría desapercibido hasta que alguien lo echara de menos. Daba igual, pero no le apetecía que aquella noche nadie importunara su cadáver.
Parecerá ridículo, absurdo e incluso patético, pero justo en el momento en el que se disponía a ejecutar el número final del espectáculo de su existencia, sonó en su smartphone el tono indicativo de que había recibido un correo electrónico,  y por la inercia de estar vivo, sin pensarlo  cogió el aparato, lo encendió, abrió el correo y lo leyó:
"Papi, perdóname por hacer olvidado que hoy es el aniversario del día en el que escribiste aquel cuento que salvó a mi querida amiga Laura del suicidio. Y, sabes?  Ese día para mi ganaste el Premio Nobel de Literatura y el de la Paz, los dos, y mi admiración y amor para siempre, lo sabes, verdad?, aunque a veces te tenga un poco olvidado, pero tú eres y siempre serás mi héroe. Un beso y buenas noches".
Dejó el teléfono, se secó las lágrimas y escribió la crónica más bonita de cuántas hubiera escrito en su vida, con la salvedad de la que había mencionado su hija,  y esa crónica es esta que porque el propio autor me lo pidió y aquí la he reproducido.

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