miércoles, 23 de abril de 2014

El ermitaño

Desencantado del mundo en el que hasta ahora había vivido, hastiado de su trabajo en aquel maldito banco, en el que las ganancias se medían en libras de la carne de los incautos clientes y en litros de sangre de los forzados galeotes bancarios; engañado por su mujer y traicionado por los que había creído sus amigos, y tras asistir atónito a la derrota del club de sus amores, el Indianos FC, frente al Chilasea CF, nada menos que en la final del campeonato de Rajputa; Rashmaninov Santaputra decidió retirarse al bosque de la Calma Chicha, sin más bagaje que sus manos vírgenes de trabajo manual, su mente naive en lo que a supervivencia en medio hostil se refería, y una navaja suiza Victorinox de más de veinte usos, que casualmente le había correspondido como premio a la productividad en la venta de acciones preferentes. Buscó un lugar apropiado y lo halló junto a un arroyo cuyas riveras estaban pobladas de juncos, carrizos y anea, y en sus aguas saltaban las ranas, y algún sapo; y crecían los renacuajos de las unas y de los otros; y también algún galápago o rana - que esto tampoco sabría distinguirlo Rashmaninov Santaputra-; pues fue allí mismo donde decidió iniciarse en la masonería, pero en el grado de maestro, pues estaba solo; y lo haría construyendo su propia catedral,  que seria un intento de choza con aquellos materiales que a su alcance se hallaban. Más de tres días le llevó armar una especie de tipi indio de tamaño infantil, y una inoportuna tormenta lo destruyó al cuarto día. Hambriento como un lobo intentó cazar todo lo que andaba, saltaba, se arrastraba o volaba,  pero solo consiguió atrapar algún saltamontes. Intentó buscar frutas, bayas o setas, aunque escasamente logró chupar la raíz de algún junco. Al menos tenía agua -intentó consolarse-, pero tras diez días de fracasos supo que o volvía a su vida anterior o no tardaría en morir abrasado por el sol o asesinado por un enjambre de abejas, o simplemente mordido por una víbora cornuda, que tan abundantes eran por esos campos.
Aquella noche, la de su derrota completa, observaba las estrellas mientras temblaba por los  escalofríos producidos por la fiebre que le atenazaba en lo que parecía anunciar su pronto final. Sintió que ni le  quedaban fuerzas para volver al mundo ni quería hacerlo, prefería morir allí como un lobo herido o quizá como un simple sapo varado en el barro, antes que regresar a su vida de depredador depredado.
Y en ello estaba cuando una figura fantasmagórica o quizás celestial se apareció ante él, y sin dar crédito a lo  que sus ojos febriles transmitian a su mente obnubilada, procuró acercarse más a aquel espectro que resplandecía como una estrella caída del cielo o como mil luciérnagas cargadas de la luz de cien rayos. Y comprobó lo imposible: un ciervo de dieciocho puntas que brillaba con una luz fluorescente de un color imposible y con una luminosidad tal como si hubiera sido extraído del mismo Sol, y sintiéndose atraído hacia aquella bestia celestial - o quizás diabólica- caminó tras ella, luego corrió y voló...,y en lo que le pareció un instante se vio fundido con el astro rey y sintió en todo su ser la paz infinita.

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