sábado, 26 de abril de 2014

Simplemente un cínico


Desde ya hacía cuarenta años, sin faltar más días que el del entierro de su madre, cuando le operaron de apendicitis, y con el paréntesis del servicio militar, cada día Tesifonte hacía el mismo recorrido con su rebaño de ovejas; caminaba casi matemáticamente los mismos pasos, quizás últimamente algunos más pues su zancada se había acortado por efectos de la edad; vadeaba el arroyo por el mismo sitio, cuando este llevaba agua; y se detenía en los mismos prados, en función de la temporada del año en la que se encontrara; bebía de la misma bota vino con gaseosa; comía el mismo menú diario, uno para cada día de la semana; y contemplaba los mismos paisajes, el que tocase según la estación del año; y miraba al mismo Sol y a distintas nubes, aunque él creía que siempre eran las mismas que daban vueltas alrededor de la Tierra. Todo en cuarenta años, salvo las breves interrupciones mencionadas, era exactamente igual; excepto tres cosas: él, las ovejas y el libro que cada día o cada dos –en función del grosor y la densidad intelectual del texto que contuviera- leía.

Vivía solo, sin familia desde que su madre murió de una extraña enfermedad que el médico del pueblo no supo diagnosticar y aún menos tratar; su padre los había dejado cuando él apenas contaba con cinco años, y su madre le dijo que se había perdido en el monte y nunca lo había hallado, pero un día sorprendió en una conversación a Remigio y a Bartolo, que referían que su padre un día dijo que iba a comprar tabaco mientras se enfriaba la sopa del cocido, y que no había regresado nunca más; aunque él decidió quedarse con la versión que le había dado su madre, en el fondo sabía que la verdad era la de Remigio y Bartolo. Se preguntarán si alguna vez pretendió a alguna joven o si lo pretendieron a él, y esto no lo tenía claro, podría decirse que sí; pero no en el sentido que el común entiende por tener una relación. Sucedió justo el día anterior a su partida a Cerro Muriano, en la Sierra de Córdoba, dónde sirvió en el ejército, y ocurrió que mientras cuidaba las ovejas en su despedida del oficio por un tiempo, leía a Heráclito, y fue entonces cuando se le acercó una joven a la que él nunca antes había visto, por lo que dedujo que era forastera. Era ella más bien menuda, más flaca que entrada en carnes, más morena que rubia, y más guapa que fea, de sus ojos poco recordaba, ni de su pelo; pues en aquel tiempo aún no había comenzado a leer a los poetas y narradores románticos centroeuropeos, ya que se había centrado en los clásicos griegos; pero con predilección en los filósofos, y si estos hablaban de la hermosura lo hacían de una forma que quizás el no entendiera que podría ir referida a las mozas de su tierra. Lo cierto fue que la joven permaneció junto a él callada, después supuso que en espera de que él hablara primero; pero era tal su inexperiencia en el trato con el sexo contrario que quedó mudo, y así permanecieron durante cinco largas e interminables horas, transcurridas las cuales la joven se irguió, lo miró fijamente y le dijo: “He sido enviada por alguien para que pudieras tener pareja y procrearas, pero veo que no tienes interés, por lo que volveré al lugar por el que he venido y tú quedarás exclusivamente para lo que sirves, que es para cuidar ovejas y para leer”.

Aquello de “para cuidar ovejas y para leer”, le llevó a Tesifonte a reflexionar durante los dos años y tres meses que le comió su breve tiempo de existencia en la tierra aquel servicio militar, y a tanto llegaron sus cavilaciones, que cuando le instruían en el paso al unísono para formar ejército, y el sargento gritaba “¡derecha!”, el justo la mitad de las veces giraba a la derecha y la otra a la izquierda; exactamente sucedía cuando la orden era “¡izquierda!, o “¡alto!, o “¡descaaaanseen!”; pero el problema vino un día que tuvieron que lanzar una granada, y justo en el momento en el que quitó el pasador que sujetaba la anilla que servía de detonador del explosivo, Tesifonte, llegó a la conclusión de que solo los que cuidaban ovejas serían capaces de comprender a los filósofos de la Escuela Cínica, y tan excitado se sintió al llegar a esta conclusión que soltó el pasador, y una oportuna patada que le propinó el cabo primero que estaba situado justo a su lado, hizo que la granada saltase cinco metros por encima de sus cabezas, en un chut digno de un crack futbolero, y eso les salvó la vida. A pesar de que tuvo un arresto de tres meses por intento de homicidio en grado de frustración contra un sargento, un cabo primero, y tres soldados; permaneció ese tiempo reflexionando sobre los cínicos, y nadie supo cómo pudo hacerse de un libro de Antístenes y otro de Diógenes de Sinope, y de ellos aprendió que la civilización y su forma de vida eran un mal y que la felicidad venía dada siguiendo una vida simple y acorde con la naturaleza, y que el hombre con menos necesidades es el más libre y el más feliz. Comprendió que su ideal era convertirse en la figura de un perro, que esa era su esencia, por la sencillez y la desfachatez de la vida canina, y cuando leyó que Los cínicos solían llevar barba, cayado y alforja y que su modelo era la naturaleza y los animales, recordó las palabras de aquella mujer: “Tú quedarás exclusivamente para lo que sirves, que es para cuidar ovejas y para leer”. Y supo que a partir de ahora sería un cínico.
Y desde entonces es lo que era.
Juan Castell. 25 de abril de 2014.

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