Tres mil seiscientos cincuenta y dos días se cumplían en aquella mañana del 3 de abril del año de Nuestro Señor de 2014, el 2052 desde que César Augusto comenzara a contar los años, cuando Peter, un biólogo nacido en la ciudad de Ithaca, en el Estado de Nueva York, estaba a punto de marcar un hito en la creación.
Desde su nacimiento parecía que hubiese estado predestinado a ello. Ya el hecho de haber venido al mundo en una localidad en la que se ubicaba una de las más prestigiosas universidades de Estados Unidos le confería un carácter premonitorio, pero además el nombre de su villa natal era epónimo de la isla griega de Ítaca, que a su vez lo era del héroe Ítacos, y que según la leyenda fue la patria de Ulises, el hijo de Laertes y Anticlea —y seguramente también de Homero—, y que justamente invirtió diez años —tres mil seiscientos cincuenta y dos días— en su regreso a Ítaca tras su partida de Troya.
César optó por la biología desde su más tierna infancia, cuando gustaba en dar mamporros a todos aquellos que osaban clavar con alfileres a las bellas mariposas en sus muestrarios, o a los que pretendían diseccionar ranas, para que los estudiantes pudiesen apreciar los efímeros latidos de los corazones de los desdichados batracios, que eran cizallados con un certero corte de tijera; y más de una vez esto le trajo severos disgustos, incluida alguna expulsión del colegio con la consiguiente reprimenda paterna. Quizá la continuada visión del justificado maltrato de nuestros biológicamente inferiores congéneres, condenados a nacer, crecer y vivir en animalarios de oscuros o luminosos laboratorios, y las mil y una perrerías pergeñadas por las mentes más preclaras del maltrato animal en aras del progreso científico, habían cincelado en su mente la idea de la creación de vida, y por ello se marcó como el destino final de su fugaz paso por el mundo el conseguir remedar a Dios.
Hacía tiempo que había dejado de discutir con colegas, amigos, o filósofos sus verdaderas intenciones, incluso una vez lo refirió en confesión al último sacerdote con el que habló de sus ideas, justo antes de que abandonara la fe en Dios, o que comenzase a creerse Él, que esto ya no lo sabía ni tampoco le importaba.
Estudió durante muchos años, visitó los mejores centros de excelencia que en el mundo de la genética hubiese, y para ello recurrió a cuantas argucias, tratos y negocios fue preciso; incluidos los ilegales, amorales y si hubiese sido necesario hasta hubiera hecho un pacto con el mismo demonio, pero al contrario de lo que una y otra vez referían los escritores románticos centroeuropeos del diecinueve, a los que él tan aficionado había llegado a ser, nunca se le presentó ningún Mefistófeles que le propusiese hacer un pacto concediéndole la sabiduría a cambio de su alma. Por ello hubo de esforzarse más que ningún otro que él conociera en su tiempo. Renunció a la vida por completo, a la familia, a los hijos, no hubo ningún amor en su vida, y si alguna mujer se le cruzó fugazmente en su existencia, él la rechazó como si del mismo demonio se tratase. También renegó de cualquier afición; excepción hecha de la ya mencionada literatura romántica centroeuropea, quizás en la búsqueda de algún atajo sobrenatural hacia la consecución del saber supremo.
Solo el estudio de la genética le proporcionó la herramienta para la consecución del fin que ahora estaba a punto de lograr, tras los dos lustros de esforzado trabajo. Había diseñado con la ayuda de los mejores ingenieros del MIT y el dinero de un mecenas esquizofrénico, un ordenador cuántico que sería capaz de reproducir un cigoto completo, sin necesidad de utilizar gameto alguno; ni masculino ni femenino; además en su código genético iría impreso todo el conocimiento que hasta el momento el ser humano hubiera generado en su ya larga y a la vez efímera existencia. Y si no era suficiente con ello, un algoritmo que regiría el desarrollo de sus células, haría que sin necesidad de estudio, todo su complejo software biológico se fuese actualizando con el mero contacto con las redes wifi, de una estrictamente seleccionada serie de centros de élite del saber. Además la misma configuración del ADN de esta quimera, haría posible que en este ser el conocimiento se generase con la capacidad de todos los ordenadores que en el mundo existiesen elevados a la enésima potencia, con lo que de facto aquel ser sería…Dios.
Solo tendría que presionar la tecla enter del teclado de su ordenador cuántico y los más de trece mil millones de años transcurridos desde el Big Bang, concluirían su trabajo y crearían—¿nuevamente?— a Dios.
Por fin tres de las preguntas que más habían entretenido el pensamiento filosófico quedarían respondidas en el tiempo que tardase esta cibernética máquina cuántica en generar su divina quimera.
Había comprobado cada uno de los puntos críticos del proceso hasta la nausea mental, y nada había dejado al azar; su equipo de personas ya había concluido su trabajo la noche anterior y habían certificado que el experimento —como así lo llamaron los ignorantes—, funcionaría.
Había exigido estar solo, nadie más que él podría asistir a la creación suprema, después ya se vería, pues ciertamente el futuro no lo había diseñado, ya que pensó que a partir de entonces estaría en las manos de Él, y él criatura ínfima sería solamente el Padre Putativo de Dios.
Extendió su dedo índice de la mano derecha, después lo flexionó; lo volvió a extender y a flexionar, y así hasta diez veces en un ejercicio gimnástico absurdo, quizá motivado por la indecisión y la ansiedad de la creación; a fin de cuentas la Biblia refería que Él se tomó seis días —pensó.
De algún recóndito lugar de su cerebro un grupo de neuronas generó una señal eléctrica que inició el camino de conexiones nerviosas y neuromusculares, que debía activar finalmente el gesto del dedo oprimiendo la tecla que iniciaría el proceso de síntesis de ADN, de células…, gameto…, embrión…, y…Dios
Pero nada de ello ocurrió. Y en el instante en el que su dedo quedó agarrotado en contacto con la tecla iniciática, sintió la inminencia de su muerte, y en una infinitésima fracción de un yoctosegundo comprendió la magnificencia del Universo… y de Dios.
3 de abril de 2014. Juan Castell
No hay comentarios:
Publicar un comentario