martes, 1 de abril de 2014

La medalla al valor


Ramón se hallaba allí justo frente al edificio que había sido proyectado para convertirse en la futura Facultad de Medicina, en aquel complejo que sería la envidia de Europa bautizado como Ciudad Universitaria. Su misión era la de asaltar aquellas aulas que  estaban destinadas a adiestrar a los alumnos en el noble arte de la Medicina, pero él debía mancillarlo para crear una cabeza de puente que avanzase en la consecución del fin último que era conquistar Madrid y ganar aquella maldita guerra para el bando de los que él servía.

Procedente de un pueblo de la Mancha, no era él persona gustosa de usar armas y aún menos contra sus semejantes, su única experiencia había consistido en el uso esporádico de una vieja escopeta Sarrasqueta de su abuelo contra algún desdichado conejo que surcaba veloz los campos de la Mancha, y hasta de eso se arrepentía, pero llegó un día en el que se hallaba preparando su equipaje para marchar a Granada, ciudad en la que pensaba iniciar sus estudios de Literatura, y  fue advertido por su abuelo -persona avezada donde las hubiera y veterano de las guerras de África-, de que algo gordo se estaba cociendo en el país y le pedía que tuviese mucho cuidado en la ciudad de la Alhambra. A partir de entonces todo sucedió muy rápido, en Granada conoció la sublevación militar, el alistamiento forzoso, su apresurada instrucción, el cambio de un cuerpo de ejército a otro y ahora se hallaba allí frente a aquellos terrenos que habían nacido para ser sagrados templos del saber y reconvertidos en las puertas del averno, y él en alimaña depredadora procurando aniquilar a aquellos que creía los cancerberos del mismo infierno.

En el curso de estos meses había sufrido dolorosas pérdidas de amigos, familiares y sobre todo había experimentado el embriagador sabor amargo de dar muerte a un semejante. Ocurrió en Badajoz cuando su columna avanzaba conquistando uno tras otro todos los objetivos que les iban marcando, y allí en aquel recóndito lugar perdido en su memoria, una figura humana surgida de la nada, un arma que refulgía con el primer sol de la mañana y en acto instintivo una bala salida de su fusil atravesaba el corazón de aquel desdichado, el cual antes de expirar su último aliento aún pronunció una última palabra «Jimena».

En aquel momento no supo o no quiso interpretar los sentimientos que le produjo el hecho de haber quitado la vida de un semejante. Las justificaciones eran fuertes, pero el pesar por la certeza de haber cercenado una existencia también. Ebrio por el torbellino de emociones anestesiadas por el fragor de la batalla rebuscó las pertenencias de aquel desdichado y en su mochila encontró envueltas en un pañuelo de seda, que olía lejanamente a jazmín y cercanamente a pólvora y muerte, un taquito de cartas y en ellas por delante con letra redonda, preciosa y tímida un nombre: Manuel García Español, y por atrás un simple “Jimena”.

Y en las noches de espera para entrar en acción en aquel maldito frente de Madrid, fue desgranando la historia de aquel ser humano que él mismo le había aliviado el alma separándola de su cuerpo mortal. En aquellas cartas, un amor apasionado se abría como una flor desde el capullo, mostrando los sentimientos más tiernos que en el mundo pudiesen existir, cada palabra allí escrita parecía haberlo sido en la creencia de que sería la última, y que por ello nada podía dejarse para más tarde. Solo veinte cartas que narraban toda una vida de felicidad, de creación de nuevos seres, de una vida plena y gozosa en compañía de los dos amados, una vida ficticia, que solo existía en aquellas cartas y cuya vida había sido plasmada en unos borrones atinados de tinta derramada con finura en un papel, ligeramente perfumado a jazmín y pólvora. Una vida que él había frustrado con un certero disparo directo al corazón de Manuel, que había roto también el de ella, el de Jimena, y a la vez todos los hijos, todos los días y los años de felicidad que a ambos les esperaban. Y supo que él no había matado a un soldado enemigo; sino a toda una estirpe, a una generación de gente buena y enamorada que habrían limpiado la podredumbre que rezumaba por sus cuatro costados esta España maldita en la que ahora vivía.

Y en aquel momento, allí frente a lo que iba a ser la Facultad de Medicina en el complejo universitario más moderno de Europa, se sintió un genocida y se convenció de que no debería seguir viviendo. Se puso en pié y con su fusil enhiesto, caminó, luego marchó y corrió en un desenfrenado viaje hacia la búsqueda del fin que creyó merecer. Las balas surcaron el viento y rozaron todas las partes de su anatomía, parecían dispararle desde todas las aulas, desde la biblioteca, la sala de disección, los laboratorios; creyó ver a don Ramón y Cajal vestido con su bata blanca que le apuntaba con una  Sarrasqueta, y…

Cuando despertó diez días más tarde en un hospital de sangre, frente a él  había un coronel, tuerto, manco y cojo que le prendía en la chaqueta de su pijama una medalla vistosa con la bandera roja y gualda y un águila de San Juan, al tiempo que le decía: “Muchacho tú eres la sangre de la Nueva España!. 

1 de abril de 2014, 75º año de la victoria.
Juan Castell

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