El partido del siglo
Aquella mañana del 24 de mayo de 2014 iba a ser crucial en la vida de Anselmo. Se levantó temprano, apenas cuando el alba hacia sus primeras intenciones de anunciar su presencia, pero la ansiedad que invadía su ánima le impedía estar por más tiempo sujeto a la cama. Iba a ser este un día diferente a cualquier otro que hubiese vivido.
Él, seguidor acérrimo del FC Mandarina desde su infancia, permanecía ausente al gran evento que esa misma noche en Villapaella iba a enfrentar al equipo de sus amores juveniles con su eterno rival, el Real Melocotón Club de Fútbol , del que todo el país de Torolandia y el universo futbolístico entero estaba pendiente. De hecho más de trescientos periodistas de ciento setenta países se darían cita en el estadio de la ciudad costera de Villapaella, y más de doscientas cadenas de televisión lo retransmitirían en directo. Presidirían el encuentro el mismo rey de Torolandia, Frascuelo I, y el presidente del gobierno, don Sinesínforo Rajas, además de los presidentes de las comunidades autónomas a las que pertenecían ambos equipos contendientes, que eran don Barretina Butifarra y don Oso Madroño, que estarían acompañados por el presidente de la FIFA, don Pantagruel Soberano; y el de la UEFA, don Gargantua J.B Walker.
Pero Anselmo ya no era el mismo que en su infancia y adolescencia se arrancaba mechones de su cabello cuando algún delantero de su equipo fallaba un penalti, o cuando por una pifia del guardameta del Mandarina FC perdían un partido. Algo debió ocurrir en su mente cuando unos años antes camino de Tabasco de Petaca cayó de su bicicleta golpeándose el occipucio con una roca, que por cierto estaba plagada de trilobites, y uno de ellos de nombre Asafus se le quedó incrustado en el cráneo y a punto estuvo incluso de causarle graves secuelas neurológicas, pero en vez de ello se aficionó a la paleontología y aborreció el fútbol.
Y a tanto llegó su obsesión por la prospección de fósiles, que todos sus recursos los invertía en viajar allá dónde le hablaban que había un yacimiento, y cambiaba, compraba y vendía para adquirir aquellos ejemplares que le faltaban en su colección. Pero había un espécimen que se le resistía. Había buscado durante jornadas interminables en el lugar donde se habían hallado los únicos ejemplares que se conocían, intentó comprarlo, pero su precio era astronómico, y pasaba las tardes de los sábados y domingos, desde hacía ya dos meses, enteramente, frente a la vitrina del museo de Ciencias Naturales de la localidad de Viso del Puerto Muradal observando embobado el ejemplar que allí se exponía. Al punto que le llamaron la atención, e incluso un día avisaron
al médico de guardia, el cual le diagnóstico que padecía un gravísimo cuadro de síndrome de Sthendal, le recomendó que se hiciese socio del equipo de futbol de la localidad y abandonase su afición a la paleontología. Y fue ese día cuando se le ocurrió un plan. Y desde entonces solo vivió esperando el momento de ejecutarlo.
Como el médico le había recomendado se hizo socio del club de fútbol de la localidad, además también se afilió a la peña que en una ciudad vecina existía de su antiguo club, el FC Mandarina, e incluso optó por vestir siempre con los colores del equipo, y todos pensaron que ya estaba curado.
Y este día en el que se jugaba la final de la copa de su majestad el rey Frascuelo I de Torolandia, todo estaba preparado en la peña del club en la vecina ciudad de Vallerocoso, y desde el Viso del Puerto del Muradal un pequeño microbús transportaría a los peñistas para presenciar el partido en la sede de la peña del club.
Pero Anselmo tenía otros planes. Y dos horas antes del inicio del partido se vistió de forma apropiada: mono azul, pasamontañas, cuerda, garfio, ganzúa, linterna, martillo, tenazas, y varios rollos de cinta aislante. Hizo una llamada y se disculpó ante sus amigos alegando padecer un cuadro de diarrea aguda, seguramente provocada por los nervios del partido, y explicó que prefería verlo en casa, pues de esa guisa no sería compañía agradable en un espacio tan reducido como el de un microbús. Y hecho esto solo le quedaba esperar que llegase la hora de comienzo del partido: las 21 horas en punto.
Salió a la calle cuando faltaban solo tres minutos para las nueve, y la villa se hallaba desierta, tal como si hubiese caído una bomba de esas que mata a la gente y deja intactos los edificios. Enfiló calle adelante y recorrió unos trescientos metros, después se detuvo, miró a derecha e izquierda y arriba y abajo, sacó la ganzúa, la accionó, empujó la puerta, entró en el edificio, subió dos tramos de escalera, se situó frente a una sala, abrió la puerta, encendió la linterna, sacó el martillo, golpeó el cristal, metió la mano en la vitrina, cogió algo, lo guardó en la mochila, bajó los dos tramos de escalera, recorrió el pasillo, cerró la puerta, miró a derecha e izquierda, arriba y abajo, recorrió los trescientos metros, abrió la puerta de su casa, la cerró, subió el tramo de escalera, abrió la puerta de su lugar secreto, encendió la luz, sacó de su mochila el objeto; y con sumo cuidado lo colocó en el lugar en el que había un cartel que rezaba: «Visocrinus castelli».
Juan Castell. Atónito ante el partido del siglo.
miércoles, 16 de abril de 2014
El partido del siglo
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