Estaba apurando la enésima copa de aguardiente Macieira en aquel tugurio infecto del barrio más lúgubre de la más melancólica de las ciudades de la vieja Europa, y al borde de la ruptura con la realidad consciente, a su mente llegó una revelación: así no podía continuar. Tan simple como eso y tan imposible para la mayoría de los mortales que se hallaban en trance parecido.
Sin más dilación recorrió el trecho que le separaba del cuartucho que tenia como vivienda, cogió ropa para un cambio, peine, gomina y cepillo de dientes; su cuaderno negro, su pluma y un libro. Abrió la ventana para que el viento húmedo de la madrugada disipase aquella atmósfera de desesperanza y de muerte. Después salió dando un portazo a la cancela de su mazmorra y dirigiéndose al puerto tomó el primer barco en el que lo admitieron como grumete. Y allí en su camarote compartido con seis marineros, reconfortado con el olor a sudor de libertad, abrió el petate, extrajo su libro y con sus ojos tornados glaucos por la esperanza renacida en él, leyó diez páginas del único libro que había considerado digno de salvar de entre los de su biblioteca y este era "El libro del desasosiego" de Fernando Pessoa.
lunes, 21 de abril de 2014
Con ojos glaucos
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