En un país tan cercano que estaba aquí mismo, vivían unas gentes normales que pasaban sus días, igual que sus noches, respirando, comiendo, trabajando, festejando, sufriendo, amando, odiando y leyendo –estos, los menos. No era un país muy feliz, aunque por sus fiestas pareciese lo contrario, pero tampoco de gente apenada, a pesar de que celebraban grandes ritos funerarios y fastuosas demostraciones procesionales conmemorando la muerte del hijo de su dios. No faltaban los bienes necesarios para llevar una vida digna; aunque tampoco sobraban, y la riqueza estaba mal repartida; pero a pesar de todo, en este país la gente seguía naciendo, viviendo y muriendo, quejándose de pasar su vida en él; pero resistiéndose cuanto podían antes de dejarlo.
Si de algo presumían los ciudadanos de estas tierras era de su extraordinario Sistema Sanitario, que era público y atendía a todos sus ciudadanos, fuesen estos niños, jóvenes, adultos o ancianos; hombres o mujeres; pobres o ricos; incluso a gentes venidas de otras tierras se les atendía con esmero, y por ello aunque algunos de sus ciudadanos protestaban por el gasto que esto suponía, todos se sentían en el fondo muy orgullosos de su Sanidad.
Y así transcurría la vida, entre trabajo y holganza; entre playas y acampadas; bodas, bautizos y entierros; mucha televisión; un poco de cine y escasa lectura; aunque en este país no hubiese aldea, villa o ciudad que no tuviese una biblioteca, bien fuese esta humilde o albergada en el más fastuoso de los edificios que en el lugar hubiera.
Pero un día en el que la primavera fue anunciada por el medio que solían hacerlo en estas tierras, y tras presentar la moda de temporada en la televisión de todos, y anunciar que la posición de la Tierra se hallaba justo en el momento en el que en su rotación nuestro hemisferio entraba en primavera, un avance informativo daba cuenta de la aparición de una serie de casos de una extraña enfermedad, que ya contabilizaba varios centenares de personas afectadas, y que las autoridades sanitarias trasladaban a la población el mensaje de que no había por qué preocuparse, pues estaban trabajando en ello; y que además no se habían producido hasta el momento víctimas mortales.
En el servicio de urgencias de un hospital de la capital del país, aquella mañana habían recibido ya más de cincuenta ingresos de personas que presentaban los mismos síntomas, y aunque estos eran muy alarmantes, objetivamente no parecían revestir gravedad, pues ninguna de las constantes vitales de los enfermos se veía seriamente amenazada.
A los quince días del comienzo de la epidemia, un cincuenta por ciento de la población ya se había visto afectada, y todos los magníficos servicios sanitarios del país estaban completamente desbordados; pero para suerte de todos, el cuadro clínico no duraba más de tres días, y hasta el momento todos se habían recuperado sin complicaciones aparentes, y solo hubo que lamentar algunos accidentes graves, causados por las aglomeraciones de personas y vehículos como consecuencia del pánico que se produjo en la población en los primeros días.
Al mes del inicio de la extraña epidemia, las autoridades pensaban que ya se había afectado toda la población, y transcurrido un mes más, todos se habían recuperado, por lo que se dio por concluida la crisis.
Los laboratorios de todos los hospitales y los más reputados de todas las instituciones del país hicieron los más ímprobos esfuerzos por intentar encontrar el agente causal de la epidemia, pero los hallazgos no eran concluyentes. Se señalaron varios agentes infecciosos como posibles causantes, que se presentaron en un congreso internacional que se llevó a cabo en la capital del país, justo dos meses después de haber acabado la gran epidemia. Las conclusiones más notables del llamado First Meeting About Unknown Mass Illness Without Deaths And Fully Recovery, fueron que se desconocía el agente causal, aunque se sospechaba de un virus, que afectaba prácticamente al cien por cien de la población, y que la recuperación era total y espontánea, en tres días de media. Además pensaron que ya que se habían reunido allí y aunque sobradamente había estado justificada su presencia por los tres maravillosas jornadas que habían disfrutado en aquella espléndida ciudad, deberían aportar un nombre al síndrome, y así argumentar el dispendio que tal reunión había supuesto; y en ello estuvieron otros tres días, que festejaron aún más si cabe que los precedentes; pues ya habían expuesto todas las ponencias y comunicaciones que habían preparado, por lo que solo quedaba la dialéctica como herramienta de investigación. Pensaron nombrarlo el Síndrome del virus Sin Nombre; pero el Dr. Peto apuntó que ese nombre de Sin Nombre ya estaba adjudicado a un virus de la familia Hanta; el Dr.Feinstein propuso llamarlo Síndrome de Agatha Christie, por el misterio que conllevaba, alguno rió la gracia, pero no lo aprobaron; hubo hasta cien propuestas a cuál de ellas más descabellada, incluso la ocurrencia del Dr. Heinrich que propuso llamarlo SSS, y ocasionó el abandono de la sala de más de cincuenta congresistas de origen judío, sin darle tiempo a justificarse diciendo que reconocía lo poco acertada que había sido su broma; pero que él también tenía origen judío y que la traducción al inglés de su Syndrom Gesundheit Lächeln (Síndrome de la Sonrisa Sanitaria), daba ese acrónimo tan poco conveniente.
Pero en plena batalla dialéctica pugnando por adjudicarle un nombre a tan extraña enfermedad, un epidemiólogo del Centro Nacional de Epidemiología de España se puso en pié, pidió la palabra y cuando se hubo hecho el silencio, dijo: «Propongo llamarlo el Síndrome de Dislexia Completa». Después de ello se levantó y abandonó la sala, y todos los tomaron por un chiflado.
En los meses siguientes todos fueron olvidando el asunto de la epidemia, los medios de comunicación dejaron de dedicarle su tiempo, los científicos se pusieron a otras cosas que consideraron de más enjundia, y los ciudadanos no volvieron a hacer mención de ello, excepto cuando se contaban algún chiste o chascarrillo creado por los cómicos de turno en sus apariciones televisivas al hilo del asunto de la epidemia.
Todos lo habían olvidado; excepto Vicente Rullán, el epidemiólogo del CNE, y dio tanto la lata con el asunto del Síndrome de Dislexia Completa —como él continuaba llamando a la extraña enfermedad—, que acabaron por rescindirle el contrato y ponerlo de patitas en la calle; cualquier cosa antes de oír la sarta de majaderías, incongruencias e ideas absurdas que repetía una y otra vez. Comenzó con aquella inoportuna intervención en el Congreso de la epidemia, continuó pretendiendo organizar seminarios sobre el asunto, intentó publicar varios artículos en distintas revistas científicas que naturalmente todos fueron rechazados, e incluso en un postrer intento pretendió ver al mismo ministro de Sanidad, y esta fue la gota que colmó el vaso de la paciencia, y una oportuna llamada al director del Instituto de Salud Carlos III, provocó su expulsión del cuerpo de epidemiólogos del Estado.
Y por fin en el país reinó nuevamente la calma y todos volvieron a sus asuntos cotidianos, a la búsqueda de empleo; al pago de la hipoteca; a la educación de sus hijos; a ver la televisión, en suma cada uno a lo suyo…
Pero un día, un avezado periodista que había alcanzado gran fama desde hacía varios lustros por despertar a la ciudadanía cada mañana con un sobresalto, abrió su informativo con la siguiente noticia:
»Nos informan que han sido identificados en todos y cada uno de los lugares del país, tanto en aldeas, como villas o ciudades, unos extraños edificios en cuyas fachadas reza la palabra «biblioteca», y que tras un examen minucioso por los cuerpos especiales de la policía, han hallado en su interior incontables ejemplares de un extraño objeto compuesto por conjuntos de muchas hojas de papel u otros materiales semejantes que, encuadernados, forman volúmenes.
Y concluyó: «Seguiremos informando»
Juan Castell. 4 de abril de 2014.
No hay comentarios:
Publicar un comentario