En un país muy cercano para los que en él vivían, donde la luna aparecía por occidente cada mañana y el sol era el dueño de la noche, y en el que la lluvia era de rocío y la nieve de algodón, vivían en sana armonía unos diminutos seres que no eran más grandes que ratones durante la luz lunar del día, y se transformaban en gigantes con la nocturna luz solar; y esto había sido así desde que el rey Medem fue coronado como soberano del país, hecho que ocurrió mil años antes y desde entonces había permanecido en el trono impertérrito al paso del tiempo. Y aunque nadie sabía por qué Medem no envejecía, algunos decían que era porque no recibía la luz del sol y otros creían que era por lo contrario, pues nadie lo había visto durante el día a la luz de la luna; pero tampoco nadie refería haberlo hecho a la luz del sol.
Todos en Palindromia, que así era como se llamaba este país, desde que un sabio llegado de unas remotas tierras de Oriente descubrió que aquellas diminutas criaturas de día y gigantes con la noche solar, hablaban solo utilizando palíndromos; aunque ellos no supieron nunca a qué se refería, pero fue tanta la gracia que aquella reflexión del sabio les hizo, que decidieron cambiar el nombre del país, y a partir de entonces se llamaría Palindromia, aunque hasta entonces se había llamado A Boa Caoba, y nadie recordaba ya por qué.
Pero en aquella tierra feliz comenzó a correr el rumor de que el rey estaba enfermo, y que pronto moriría, y esto alarmó tanto a todos los palindrómicos que no habían pensado que un hecho así pudiera nunca ocurrir, porque si el rey tenía mil años, ¿cómo podría morir ahora?
Por todos los lugares del reino se convocaron asambleas y los enanos hablaban de día a la luz de la luna, y transcurrido el tiempo también lo hicieron gigantes de noche a pleno sol, y esto no había sido visto antes, porque como eran tan grandes no cabían en ningún recinto, y por ello supieron por qué sus antepasados solo acudían a los actos públicos de día.
Transcurrió un año entero, con sus días lunares y sus noches solares y ya nadie en el país trabajaba ni dormía, ni tampoco hablaba, hasta se empezaron a acabar los palíndromos porque los fabricantes de palabras estaban tan preocupados por la salud del rey que se olvidaron de crear palabras, y aunque algunos intentaron suplir esta falta, comprendieron que idear nuevas palabras en el idioma del país de palíndromia resultaba tarea harto complicada. Ana, la más avezada de ellos, solo supo engendrar algunas palabras y frases sin utilidad: «a la patata tápala», «al amanecer asaré cena mala», «aire solo sería». Y los palindrómicos comenzaron a no entenderse entre sí, y la confusión empezó a adueñarse del país.
Natán era un joven palindrómico que hasta aquel momento había ejercido la profesión de apotecario, y como era conocedor de los remedios que proporcionaban las plantas, siempre había sido llamado cuando alguien enfermaba, y desde que comenzaron a circular los rumores respecto a la enfermedad del monarca, se interesó por el estado de salud del rey Medem, y decidió que iría a verlo.
Durante casi dos meses procuró ser recibido por el rey, pero a pesar de que intentó hacerlo por todos los medios que se le ocurrieron, siempre le impidieron entrar a palacio. Preguntó a palafreneros, sirvientes, cocineros, alabarderos, guardianes del sello, mayordomos, alféreces, clérigos, donados, y hasta a nigromantes; y para su completa consternación concluyó ¡qué nadie había visto jamás al rey Medem!
Con sus más negras premoniciones intentó penetrar en el castillo sin ser visto. Pensó hacerlo de noche, a plena luz solar que era cuando las gentes de Palindromia permanecían en sus casas para no aglomerarse en los sitios por su tamaño, pero como ahora nadie dormía, decidió que sería preferible hacerlo en un día de luna nueva, aprovechando la oscuridad del día y su reducido tamaño. Y estuvo en lo cierto, pues no le fue difícil colarse por un resquicio de la gran puerta que guardaba la fortaleza salvando el profundo foso poblado de osos.
Penetró en una amplia sala rodeada de columnas que sujetaban una bóveda que debería llegar hasta el cielo, pues su vista no podía definir dónde se juntaban los arcos que partían de sus basamentos. Después recorrió un sinfín de pasillos y de salas, y resguardado por la nula luz del día de luna nueva, pudo llegar hasta una alcoba en la que había una enorme cama doselada, y en los faldones que colgaban estaba cincelado en letras de oro el nombre del rey Medem. Con suma cautela y atenazado por el miedo a ser descubierto y por la emoción al hallarse ante la presencia del rey a quien nadie parecía haber visto, se aproximó hasta los pies de la cama, trepó por una de sus patas y se encaramó.
Y lo que allí vio lo dejó estupefacto:
Había una momia con una corona de oro y en ella estaba inscrita una frase en latín:
In girum imus nocte et consumimur igni
Y supo que durante mil años en aquel país del palíndromo los habían estado engañando.
Juan Castell, 2 de abril de 2014
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