viernes, 11 de abril de 2014

El pequeño pecador

El Pequeño Pecador
Sinesínforo estaba llegando al límite de su paciencia. Cada mañana pensaba que sería la última que podría aguantar a este lado del mundo: el de los vivos. Su existencia se le había hecho insufrible. Se detestaba a sí mismo no menos que al resto de los seres vivos de la especie humana, con los que le había tocado la desgracia de compartir lugar de existencia y época en la Tierra; no así le ocurría con otros habitantes del planeta cuya presencia le resultaba muy satisfactoria, y esto le ocurría especialmente con los perros, las cabras y los loros; aunque cierto era que nunca había poseído uno, y no pareciera que esto ya fuese a ocurrir.
Pensaba que su desgraciada vida estaba marcada desde el día –ya más de cincuenta años atrás- en el que su santa madre en connivencia con su tía y la abstención –como era habitual- de su augusto padre, lo inscribieron en el registro civil con el absurdo nombre de Sinesínforo, del cual no había precedentes en la familia, ni en el pueblo en el que vivían; ni siquiera existía persona alguna que diera fe de haber conocido nunca antes a un Sinesínforo. Hasta el cura párroco de la localidad les desaconsejó el nombre y les dio otras opciones, que estarían mejor vistas a ojos de los parroquianos, tales como Audifaz, Sinforoso, Cleto o Autarco, que eran de uso común en la villa. Pero madre y tía se empeñaron en el inicialmente elegido, pues pensaron que saltar a este santo del día –del que el cura no tenía referencia alguna, a pesar de haber consultado la, por otra parte ciertamente escasa, biblioteca de la casa parroquial- podría acarrearle grandes males al chico. Su padre, que portaba en la cartera con nombre de rancio abolengo en la villa, ¡nada menos que Adalberto!, se conformó porque al ver al pobre niño tan sumamente escuchimizado argumentó que dado que él no le concedía esperanza de supervivencia a la vista de su físico, no gastarían con él un nombre bueno.
A partir de ahí su suerte estaba echada, o al menos eso siempre pensó Sinesínforo. Su más tierna infancia fue un infierno, a su ridículo nombre no ayudaba que fuese el más enclenque y bajito de su clase, y tampoco lo hacía ser de los más aplicados, por lo que se convirtió en el pelele oficial del que todos podían mofarse y agredir, si este era el gusto de unos y de otros.
Suerte para muchos, y desgracia para él, fue que dado que no superaba el metro y medio de estatura quedó exento del servicio militar, lo cual fue la graduación definitiva a su desgracia entre los vecinos de su pueblo. A partir de aquel momento podía olvidarse de que ninguna mujer, por coja, fea o bizca que fuese, osara acercarse a él, y además ya estaba clasificado como el mequetrefe oficial de Granadón de la Mancha, que era como se llamaba la muy noble villa en la que su madre tuvo la ocurrencia con la intervención de su padre y la anuencia de Dios de traerlo al mundo.
Así que con dieciocho años recién cumplidos, tuvo por cierto que si quería seguir viviendo en este mundo con un ápice de dignidad, debería abandonar Granadón sin demora alguna. Y así lo hizo.
Dados sus desconocimiento en lenguas extranjeras, optó por dirigirse a Cádiz y tomar un vapor con destino a Buenos Aires. Y tuvo tanta suerte en la travesía, que el cómitre a primera vista intuyó que aquel individuo de tan escasa estatura, poco porte y buena mollera, le sería perfecto para emplearlo como grumetillo y encargarle aquellas tareas que requiriesen de un individuo así. Y en la experiencia de este lobo de mar, excepto una vez que tuvo un enano muy inteligente –tanto que harto del cómitre desembarcó en Río y después se supo que había hecho carrera como escritor de éxito-, nunca había dispuesto de un sujeto de las características únicas de Sinesínforo.
Y de Sebastopol a Antofagasta; de Adelaida a San Francisco; de babor a estribor y de popa a proa, transcurrieron diez largos años de su vida, hasta que un día cansado de galopar a lomos de ballenas desembarcó en el puerto francés de La Rochelle, y desapareció de la vista de los que habían sido sus compañeros durante dos lustros.
Pero no había desaprovechado tan largo tiempo. Y así trabó gran amistad con Ethien y Pierre, a los que todos los llamaban Grangantúa y Pantagruel por su voracidad en la mesa, y con ellos adquirió un dominio aceptable de la lengua de Moliere; pues aparte de tragones eran buenos conversadores; de Van Dergaerde, holandés por más señas, aprendió a plasmar con lápiz las líneas costeras, primero; las curvas femeninas después, y por fin cualquier objeto o idea que pasase por su mente. Y con este bagaje decidió probar suerte y decidió afincarse en Francia, y más concretamente en París.
Y allí llegó un 14 de julio del año 1913, y le pareció la ciudad más fastuosa y a la vez más festiva del mundo, pues nadie le había advertido que aquel día precisamente se celebraba la fiesta nacional, y esto fue premonitorio de los meses siguientes; pues con sus ahorros más que suficientes se afincó en el barrio de Montmartre y como miel que atrae a las moscas, él lo hizo con pintores y bohemios que pululaban por la Place de Tertre, y que acudían solícitos al Deux Molins, al Moulin de la Galette o el Lapin Agile, donde se dejaba sus buenos francos y a cambio recibía elogios por aquellos fracasados seguidores tardíos de los Nabis o de los incoherents, que aún pululaban a la estela de la fama de los Manet, Renoir o Pisarro, pero que al menos ninguno de los que conoció llegarían a olerla ni de lejos; cierto fue que en una ocasión compartió mesa con Picasso en el Lapin Agile, en una fugaz visita que el genial pintor español hizo a su antiguo barrio, en el que había residido unos años antes, desde donde ahora vivía que era la provenzal Sorgues. Y esto es lo más próximo que estuvo Sinesínforo de alcanzar el éxito.
Como todos podrán comprender a estas alturas de su vida ya no era conocido como Sinesínforo, nombre que nadie, incluidos sus paisanos españoles, era capaz de pronunciar; sino como Petitsin –que textualmente en francés significaba pequeño pecador-, y es que se aficionó de tal manera en aquellos meses a la vida disoluta, al consumo excesivo de vino, champagne y sobre todo absenta; y a las cabareteras, a las artistas del baile y a las del sexo, que fue conocido en todo Montmartre y en el vecino Pigalle; al punto que todo el capital que había atesorado en sus diez años de esforzado trabajo a bordo lo dilapidó en unos meses; pero por suerte el 28 de junio del año siguiente a su llegada, cuando estaba en la ruina absoluta, un suceso iba a cambiar el rumbo de su vida, y ocurrió en Sarajevo, la capital de la región de Bosnia perteneciente al imperio austrohúngaro, allí ese día un miembro de la facción terrorista Mano Negra, llamado Gavrilo Princip, causó la muerte del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona imperial . Y en poco más de un mes una cascada de acontecimientos, propiciado por la red de acuerdos, tratados y ententes existentes entre unos y otros; y los otros contra los unos, de prácticamente todas las naciones de Europa, estalló la que se hizo llamar la Gran Guerra y Sinesínforo, bautizado ahora como pequeño pecador, se vio movilizado; pues aunque no fuese francés tampoco era de ningún otro sitio, y como apátrida fue enrolado en la legión extranjera y enviado al frente donde conocería las más intensas emociones humanas de la vida y también las de la muerte –de otros se entiende.
Como ya le había ocurrido cuando el cómitre del navío en el que se enroló le echó el ojo, algo parecido debió suceder en la oficina de reclutamiento, pues muy al contrario que le había sucedido en la caja de reclutas de su provincia, en España, donde lo habían rechazado para el servicio militar, en este caso los gabachos no hicieron otro tanto, y alguna utilidad pensaron que podrían darle a aquel ser menudo que aparentemente no parecía estar especialmente dotado para el arte de la guerra.
Pero estaban en lo cierto, pues en el dantesco teatro de operaciones del frente del Somme, aquella tumba de barro, donde una intrincada red de trincheras se extendía por más de cuarenta kilómetros y donde dejaron su vida más de trescientos mil hombres, y las bajas superaron el millón, nuestro amigo el petit pecador tuvo un destacado papel. Inicialmente le encomendaron una tarea que le venía que ni pintada, a su estatura naturalmente, y es que sus poco más de metro y medio le permitían recorrer el interior de las trincheras a la carrera, sin tener que preocuparse de ir agachándose en aquellos tramos en los que por cualquier circunstancia la profundidad de las mismas fuese escasa, y así dio un excelente juego en el intercambio de información entre posiciones cuando la presencia física era imprescindible. Pero el coronel que estaba al mando del regimiento, tuvo un día  la ocasión de ver a Sinesínforo en acción,  y se le ocurrió una idea que sin demora transformó en orden. Y así fue como le encomendaron la más peligrosa de las tareas que en aquel frente hubiese, si es que alguna pudiera calificarse así, pues la mera presencia en él ya garantizaba el tránsito al mundo de los muertos.
La tarea que le asignó el coronel era simple: haría de topo con explosivos. Su trabajo consistiría en introducirse por los túneles que horadaban los zapadores entre trinchera propia y enemiga, y colocar una carga de explosivos al otro extremo, dado que su complexión física era la idónea para tan arriesgada misión. Aquellos soldados que realizaban este trabajo no solían sobrevivir tras dos, o a lo sumo tres misiones; pues el enemigo avezado en esta técnica utilizaba los más sofisticadas métodos para detectar la presencia de los topos, y cuando esto ocurría eran estos los que volaban a los que pretendían volarlos a ellos. Pero hete aquí que Sinesínforo hizo el viaje de ida y vuelta nueve veces, y llegó el día en el que le correspondió cumplir la decena, y en este fue cazado. Le introdujeron una carga de dinamita por un orificio horadado en el suelo que atravesaba el estrecho túnel por el que zapeaba nuestro pequeño amigo, y fue tal la explosión que quedó enterrado y dado por muerto, por los unos y por los otros.
Le impusieron la medalla del Marne, pero como no tuvieron cuerpo al que prenderla, se la dieron a un compañero en la esperanza de que pudiera encontrar a su familia; pero este que ni sabía ni le importaba quién era el pequeño pecador se la quedó para él, y pensó que algún rédito ya le sacaría.
Y acabaron los días como francés de Sinesínforo; pero no su estancia en la Tierra; pues de forma milagrosa logró acceder hasta un pozo negro cuya pared se había derruido con la explosión, que al parecer perteneció a una casa de labor que allí se ubicaba, y entre excrementos, raíces de árboles y otros congéneres roedores subterráneos, logró salir al exterior y tras una epopeya, digna de un extenso relato alcanzó la ciudad de Amberes; y desde allí como polizón se embarcó en un navío que iba rumbo a Macao, tras mil penalidades y un intento de ser ahorcado en el mismo buque a la antigua usanza, lo arregló con una ingeniosa treta con el capitán, al que le hizo creer que era un rico noble portugués que había escapado del frente y se dirigía a sus posesiones de ultramar, y que una vez allí le recompensaría con una fortuna por haberlo salvado. Y dado que el capitán no entendía una palabra de español ni de portugués, y que no sería capaz de distinguir a un catalán de un habitante del Algarve, y con la labia de Sinesínforo, no solo lo convenció, sino que el cómitre le dispensó una travesía digna de un príncipe.
Y cuando llegaron a la colonia portuguesa de Macao, Sinesínforo se excusó un momento, escapó del navío y subió a otro que a punto estaba de zarpar con destino a Lisboa, pues se lo oyó decir a un estibador, y de la misma guisa o parecida a como había llegado hasta la ciudad de la China, alcanzó la capital de Portugal, y en la bella Lisboa se instaló cuando ya corría el año de 1917.
Y allí pasaría el resto de sus días hasta hoy, y conocería a las personas que marcarían el resto de su vida, y entre ellas tendría que destacar a Alberto Caeiro, a Álvaro de Campos, a Bernardo Soares y a Ricardo Reis; todos ellos uno y uno eran todos, como acabaría comprendiendo tras varios años de estrecha amistad con el más grande de los escritores en lengua portuguesa: Fernando António Nogueira Pessoa… Pero para eso aun tendrían que transcurrir unos años.
Pasaba ya la treintena larga y se hallaba en una preciosa ciudad de un país que compartía cama con el suyo aunque le diese la espalda, y cuyas lenguas, sus formas de pensar de sentir y de llorar fuesen tan iguales que casi no se parecían en nada. Y él que ya casi podría decirse que las canas le llamaban a la puerta de los poros de su cuero cabelludo contaba con un buen bagaje de experiencias, de lenguas, de conocimiento de gentes, pero sin oficio ni beneficio alguno que pudiera allanarle el camino en la vida; excepto su cuerpo menudo y su sagaz ingenio, y eso tendría que ser suficiente para iniciar una nueva vida en Lisboa.
Pero al contrario de lo que cualquiera hubiera podido pensar de ser tan avispado como era Sinesínforo -dejado atrás ya su apodo del petitsin-, no le iba a resultar sencillo su andadura en la ciudad del Tajo, y así el primer año de su existencia la pasó como estibador en el puerto, lo cual lo recondujo a las experiencias de su infancia y juventud, teniendo que volver a aguantar las chanzas y jerigonzas de los fornidos descargadores de los muelles lisboetas; pues en modo alguno podía él competir con aquellas masas de músculo que pululaban por los muelles, y como ya venía siendo en él común volvía a ser requerido para aquellas tareas en las que se precisaban cuerpos menudos, y al contrario que en otras tareas, en esta eso conllevaba unos menores estipendios, y fue así como se especializó en el manejo de las más peligrosas faenas en las maniobras de carga, y era tal la destreza que mostraba en todo lo que se le encargaba, que el capataz pensó en él para empresas más elevadas y por ello le encomendó la misión de asegurar la estabilidad de las poleas en lo más alto de las grúas, y para ello tenía que trepar como si de un simio se tratase hasta alturas de más de treinta metros, y permanecer allí, ya próximo al cielo –pero al de Dios-, a veces hasta horas; en un trabajo extremadamente peligroso, mal pagado y carente por completo de lustre.
Conforme transcurrían los meses, se sintió atrapado en Lisboa, y se le pasó por la mente regresar a España, incluso retornar a su villa natal, buscar a sus padres, de los que nada sabía desde que partió haría ya más de quince años; pero pronto desechó la idea, entre otros motivos porque además de apátrida continuaba siendo un prófugo para la justicia militar española y no era eso cuestión que hubiese que tomar como baladí, por lo que decidió que allí en Lisboa triunfaría o moriría en el empeño, o cuando menos procuraría subsistir, pero de forma más digna a la que ahora lo estaba haciendo, que tampoco era cosa manca esa.
En una paupérrima pensión en el barrio de la Alfama iba a dar con sus doloridos huesos cada noche Sinesínforo, o como quisiese que ahora se llamase, pues cada cual lo nombraba como le venía en gana. Y así unos lo llamaban Zé, aunque él nunca se llamó Pepe ni dijo a nadie que así se llamara; y otros simplemente garoto. Y él supo que con ello no le decían otra cosa que se había vuelto a convertir en un mequetrefe.
Pasaba los días desde que el lucero del alba vaciaba su orinal hasta que la luna mostraba su cara de plata trabajando en las alturas al borde del abismo en el que se había convertido su vida; y las noches vagando por los tugurios garitos y cafés –las menos-, del Chiado, o de la Alfama, bebiendo aguardiente, las más de las veces, al que llegó a aficionarse de una manera desmedida, y era el de las bodegas Abel Pereira su preferido. Y allí en aquellos tugurios donde se cantaba el fado, se rasgaba una guitarra o se declamaba un poema, pero también se jugaba a las cartas y se trapicheaba con todo tipo de objetos y mercancías –incluida la carne humana-, Sinesínforo gastaba los escudos que jugándose la vida ganaba por el día,  dejando a salvo escasamente la parte alícuota que para el alquiler del miserable cuartucho donde apenas unas horas dejaba descansar sus huesos forrados de nervio y pellejo, y nada restaba para el ahorro en previsión de las malas pasadas que jugaba el albur del destino.
Si alguien le hubiese preguntado qué pensaba de su vida presente y de lo que esperaba de su existencia en el futuro, y aún más si le inquirieran si su deseo era dejar este mundo, él seguramente ni siquiera habría respondido, pues tal era su estado de anomia que regía su vida y el desinterés hasta por cuestionarse su propia existencia. Y solo en aquel aguardiente Pereira encontraba el sentido de su ser, y ni siquiera le gustaba; quizá un poco sí; pero era el pasaporte que aquel espiritoso le proporcionaba para desdoblar su personalidad y convertirse de nada en nadie; y esto significaba que la insoportabilidad de la no existencia humana se tornaba en un regreso a su infancia, a volver a convertirse en un mequetrefe.
Pero aquella vida no podía conducirle a nada, solo que a cualquier día la plúmbea rutina cambiase de rumbo. Y sucedió una mañana de agosto, cuando apenas había comenzado su tarea de mono sabio abrazando cargas en las grúas portuarias, y un amarre se soltó, una cadena balanceó siguiendo los movimientos armónicos a los que la física la obligaba, y un pesado gancho golpeó de refilón en la cabeza de Sinesínforo y de lleno en su pierna derecha, lanzándolo al vacío desde una altura de veinte metros. Y como la desgracia se expende en dosis medidas y un desgraciado por lo general no abandona este mundo de forma tan liviana, quiso el azar que su mortal caída –pues fue de cabeza-, se viese amortiguada por los fardos que en el suelo aguardaban a ser izados, y el resultado fue un politraumatismo con fracturas en ambos miembros, tanto inferiores como superiores; cráneo, varias costillas y un sinnúmero de huesos menores, algunos de los cuales hasta entonces Sinesínforo desconocía su existencia.
Fue trasladado al hospital Doña Estefanía, donde permaneció exactamente tres meses y un día, este último quizá fue el peor de todos; pues había recibido tan exquisito trato y se encontraba tan cómodo en él, que cuando le anunciaron su alta médica, su mezquina existencia le cayó encima como un fardo de los que él subía en el puerto. Y todo se le pasó en aquel día por su mente, incluido el suicidio.
Y la vuelta al mundo resultó como esperaba. Cuando llegó a su mísero alojamiento del barrio de la Alfama recibió la noticia de la patrona de que su cuarto estaba ocupado y que no tenía alojamiento disponible; y tras su insistencia tuvo que soportar que sin más miramientos le dijesen que por allí no querían verlo más. Y otro tanto ocurrió cuando acudió al muelle, y también escuchó que no iban a darle trabajo a un lisiado, y es que él, tan consternado como se hallaba de verse fuera del abrigo del hospital en el que había sido cuidado entre algodones, aún no había tomado conciencia de que ahora a su diminuta complexión física debía añadirle un acortamiento en su pierna derecha, y una limitación en el movimiento de la mano izquierda; por lo que a todos los efectos podría considerársele como un tullido, y como era natural de aquella guisa le sería imposible encontrar un trabajo que requiriese integridad física. Y se preguntó cómo podría ganarse la vida con tan serias limitaciones –se preguntó.
Estuvo días vagando por las calles de Lisboa como lo que era: un mendigo; un sintecho alcohólico, o en vías de serlo. Iba acompañado cuando las limosnas que conseguía a las puertas de las iglesias de Lisboa le daban para comprar algo de aguardiente, de vino o de cualquier otra bebida, espiritosa o no que le hiciese el transitar diario anestesiado de su propia realidad. Al principio frecuentó los conventos donde se dispensaba comida para indigentes como él - sopa boba las más de las veces, y mendrugo de pan, y algún arenque las menos, aunque en ocasiones algún bacalao con patatas le recordó a su estómago que aún existía la gastronomía en el mundo. Pero su estado transcurridos dos meses desde su alta hospitalaria era tan penoso, que no haría falta ser un avezado doctor para vaticinar su propia muerte inminente, si Dios o un buen samaritano enviado por Él no venía a salvarlo.
Y llegó. Y no fue uno cualquiera.
Aquella mañana se situó en la puerta de la iglesia de Santo Estebao en el barrio de la Alfama, y con un platillo de latón al que había adherido un cartel en el que rezaba: “desgraciado tullido de nombre impronunciable y veterano de guerra pide unas monedas para poder comprar aguardiente que me permita no ser consciente de la desgracia de estar vivo, sin necesidad de transgredir el quinto mandamiento de la Ley de Dios y tener que matarme”.
Por qué eligió un texto tan largo y absurdo, fue la conclusión de una reflexión que en un momento de lucidez se hizo esa misma mañana, antes de sentarse en un poyete que había adosado junto a la puerta de la iglesia de Santo Estebao, y era tan simple como: si te sientas a la puerta de una iglesia para pedir limosna, al menos di la verdad. Y eso justamente es lo que había hecho, aunque pudiera parecer largo el mensaje o que no quedase al gusto de la piadosa clientela, la cual probablemente ni leyese los motivos por los que pedía; pues la palabra aguardiente aparecía en el lugar decimosexto de las escritas en el cartel anunciador de su negocio, y ciertamente que no era probable que nadie siguiese leyendo hasta ese punto del discurso.
Pero fuese por esto o por lo contario aquella mañana su herramienta de latón acumuló tal cantidad de monedas, que ni él mismo podía creerlo, y es que fueron tantas que se permitió el lujo de buscar una taberna perdida del barrio de la Alfama, sentarse en una mesa y pedir una botella de aguardiente Abel Pereira, y tras ello se dispuso a pasar una velada con su amante, con la única que le mitigaba el desasosiego en el que se hallaba su mente…, y su alma. Permaneció un tiempo infinito, quizás desde que Dios hizo el mundo y este lo convirtió a él en un detritus orgánico; o pudiera ser que sólo un minuto, o diez, quién podía saberlo, él no; aunque cuando miró el nivel que la superficie del contenido de aguardiente marcaba dentro de la botella de cristal de las bodegas Abel Pereira, tuvo la intuición de que sí habría transcurrido un buen lapso de tiempo.
Atisbó que en una mesa próxima a la que él ocupaba, un hombre de aspecto distinguido, aunque no excesivo, con bigotito bien recortado, pelo engominado, gafas estilo Quevedo y sombrero apoyado en la mesa, al tiempo que leía, compartía consigo mismo una botella de aguardiente Abel Pereira, justo igual que él, y esto hizo que entre el sopor embriagador del tedio de la soledad alcohólica llamase su atención e hiciese que la dirigiera hacia aquel sujeto. Y dentro de las capacidades de observación que aún conservaba, le pareció que se hallaba en trance parecido al suyo, pues el libro que leía, o que traba de leer, cayó de sus manos, a la vez que a punto estuvo de dar con su rostro en el duro metal de la mesa que aguantaba la botella de aguardiente; aunque para fortuna de su cara el sombrero amortiguó el golpe, al tiempo que la botella osciló en su base y cual torre de Pisa liberada de sus cimientos volvió a la verticalidad salvando el preciado contenido, que para ambos seguramente era en aquel momento más preciado que su propia sangre.
Sinesínforo a punto estuvo de levantarse y ayudar a aquel desdichado, pero a tiempo reparó en que no estaba en condiciones de prestar auxilio a nadie; sino más bien que se lo diesen a él, por lo que volvió a sentarse y a escanciar otra generosa cantidad de Pereira en su copa, en espera de que el desdichado –el otro- dijese algo.
Aguardó un buen rato hasta que su vecino comenzó a hablar con la cara aun apoyada en la mesa y sobre su despanzurrado sombrero, y lanzaba las palabras a nadie, con los ojos aún cerrados, y el moflete que estaba apoyado en la mesa aplastado, provocaba que las vocales que intentaba pronunciar se escondieran tras la a y las consonantes se contaran en no más de tres, y por ello a pesar de que. Sinesínforo estuvo atento procurando entender qué es lo que decía, no comprendía nada; hasta  que transcurrido un buen rato reparó en que hablaba en inglés, lengua que él no dominaba como el francés, pero que en sus diez años de travesía logró manejar de forma aceptable, y cambiando su aparato auditivo al modo inglés pudo entender que hablaba de Durban, después de París, luego de un tal Mario, de una revista llamada Orpheu y de un suicidio, y cuando después de eso pronunció el nombre completo de Mario de Sa Carneiro, tuvo por cierto que todo aquello no podría ser casual.
Mario de Sa Carneiro, ¿sería el mismo que conoció en Paris en la colina de Montmartre, justo antes de que los avatares de su vida y la ocurrencia del tal Gavrilo Princip desencadenara la Gran Hecatombe? ¿Quién iba a ser si no? Tenía que despertar a aquel hombre y preguntarle por Durban, por Sa Carneiro, por qué bebía el mismo aguardiente que él, ¿quién era aquel individuo que tenía tantas coincidencias con él, y en cambio parecía tan diferente?
Permaneció balbuciendo palabras, unas más inteligibles que otras durante el cuarto de botella que a Sinesínforo le quedaba, y ya borracho como hacía tiempo que no lo estaba, se levantó y primero de manera suave y después ya en franco zarandeo intentó despertar al desconocido, pero lo único que consiguió fue que el tabernero saltando literalmente la barra tras la que se parapetaba, se dirigiese hacia él profiriendo a gritos una frase: ¡Deje usted tranquilo a don Fernando Pessoa!, a la vez que de un puntapié lo despachó del establecimiento.
Y esa fue la primera vez que Sinesínforo oyó aquel nombre.
 

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