lunes, 4 de agosto de 2014

Higlands

El cóctel de psicofármacos perdería su bouquet si no fuera ingerido con pausa y acompañado de sorbos de aquel fantástico whisky de malta escocés, que había sido guardado con celo de bibliotecario de viejo, en espera de la ocasión propicia, ¿y la habría quizás más adecuada que aquella? Sin duda que si todo salía como estaba planeado, no; y era paradójico que estuviera apurando sus últimos momentos en este mundo, acompañados de aquella agua de la vida, que a fin de cuentas era la traducción literal de la palabra gaélica "uisge beatha" de la que deriva el término whisky.
Siempre le habían dicho que la mezcla de alcohol con psicofármacos podía ser letal, pero ahora era una ocasión única que no podía dejar escapar; aunque solo le permitirían la cantidad contenida en un dedal, solo lo justo para que sus papilas gustativas se impregnaran de aquella esencia de vida de las Higlands de su Escocia natal, aquellas tierras altas de onduladas montañas cubiertas de brezo, rasgadas por míticos y profundos lagos de oscuras aguas, entre aquellos páramos multicolores donde pastan incansablemente las ovejas orondas, mientras los albatros dibujan lis cielos con sus vuelos de acróbatas.
Y solo un pequeño sorbo le trajo los más dulces recuerdos de una infancia feliz; con noches de monstruos imposibles surgidos de fosas abisales de los lagos sagrados de Escocia, de criaturas mitológicas que construyen sus calzadas para encontrar a su  amada en la vecina Irlanda. Y de gentes indomables de rostros pintados de amor y de guerra.
Ya solo restaba un instante para que en sus venas penetrase aquel cóctel de fármacos que le sumirán en un sueño de estrellas, mientras en su boca aún permanecería el recuerdo dulzón de la sangre de Escocia, y en su mente el orgullo de saberse un pionero y un héroe.
Y cuando a las doce en punto de aquel cinco de agosto del año tres mil catorce, aquella nave cuántica partió desde El Centro Espacial Internacional Max Planck de Sudán del Sur, su único tripulante, John Walker, sabía que en aquel viaje, cuyo destino era alcanzar los confines del Universo, él era ahora la nueva perrita Laika.

Dedicado a los pioneros del futuro que por razones obvias no podré conocer.  

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