miércoles, 13 de agosto de 2014

En un lugar de La Mancha...

En un lugar de La Mancha cuyo nombre ya anunciaba que más tarde recibirías una llamada, aquella en la que un Dios –en este caso el tuyo-, te reclamaba para servirle, en carne de tus semejantes, por eso estudiaste teología, filosofía y todas aquellas materias que requerirías para llenar tu espíritu de vida y de conocimientos; pero no te valió con eso, pensaste que deberías dar algo más a tus semejantes, a aquellos desheredados que pueblan esta tierra maldita, bendecida por mil dioses que hablan en idiomas claros para los que los estudian, pero que no entienden los seres que la pueblan, que aun no han hallado la piedra roseta que desentrañe los arcanos del mensaje de ellos que promuevan la convivencia fraternal en la Tierra.
Por ello estudiaste Medicina y elegiste la Orden de San Juan de Dios, tú tuviste tus razones, yo no quiero analizarlas, solo sé que te marchaste a dar lo que tuvieras en aras de aportar un granito de arena, quizás una roca enorme en un desierto infinito de miseria, desigualdad e injusticia. Elegiste África, el continente negro, el de la esperanza de millones de seres, que unas veces los virus, otras la guerra, las más el hambre, y siempre la desesperanza, forja hombres pletóricos de alegría, sin razón que valga, no les queda otra que cantar mientras tengan garganta, bailar si tienen piernas y correr cuando vienen mal dadas; y por ello escapan, por tierra, por mar y hasta por aire, agarrados a una rueda de un avión si hiciera falta, para escapar de la muerte y de lo que aún es peor: de la miseria.
Y allí llegaste tú, y gastaste tu vida, en mil batallas, baldías dirían algunos, pero eso…eso que se lo digan a tu alma, muchos años estuviste, y aún muchos te esperaban, pero un maldito virus, otro más de los que medran en estas tierras y entre estas gentes desheredadas de toda esperanza. Pudiste huir y no lo hiciste, sin medios era más que un suicidio permanecer en aquella frontera de incomprensión, impotencia y derrota cierta; no os querían los nativos, siempre tuvieron recelos, aún menos las autoridades, siempre fuisteis una amenaza; y en tu tierra, aquí en La Mancha, en el corazón de las Españas, solo en un pequeño pueblo, predestinado a que tú nacieras –La Iglesuela que la llaman-, todos sabían, que tú allí estabas, en África; dándolo todo, tu vida y tu alma.
Y no fue Dios quién lo quiso, ni siquiera lo permitió, fue el maldito virus del Ébola, que como ya venías anunciando y por mor de la carencia de medios -un falso negativo lo llamaron-, te alcanzó de lleno, y contigo a la hermana Chantal y a tu hermano, el religioso George Combey, como a otros cientos, a otros miles, en aquellas tierras de olvido y miseria.
Y cuando enfermaste, los tuyos reaccionaron, tu Orden es poderosa y no quiso dejar a uno de los suyos abandonado a la suerte de África, y tu Gobierno, quizás obligado por no ser menos que los americanos, también decidió traerte. Y tú enfermo, débil, asustado como hombre, como lo estuvo el mismo Jesucristo, sabiendo que te morías, con lo que te restaban de fuerzas, intestaste que contigo llevaran a tus hermanos; pero ellos no eran españoles, no podían ser evacuados, y tú ya no tenías fuerzas ni razón para seguir luchando, tu enemigo era ahora una minúscula criatura de Dios, o quizás más bien del diablo.
Te trajeron los de Hollywood, grandes héroes de las más grandes superproducciones, y todos se colgaron medallas, allí en un destartalado vehículo subido en una miserable camilla, te transfirieron a los productores de la Guerra de las Galaxias. Y aquí, en Occidente, todos los medios siguieron conteniendo la respiración retransmitiendo tu traslado, como si se tratase de la final de la Champions. Te bajaron en Barajas, y el locutor de la tele, el de la radio, y hasta el tuitero, decían que ya llegabas, en una urna de plástico. Eligieron un hospital y todos se asustaron, pronto se alzaron voces que no querían que tú y tus virus allí en aquella ciudad sanitaria entraras, los políticos argumentaron que te habían buscado un lugar mejor, lejos del ruido, preparado al efecto; pero no era más que un hospital de gran lustre de otros tiempos, que ya se hallaba semiabandonado y por cuyos pasillos solo moraban los fantasmas de aquellos que allí  murieron de sida o de tuberculosis resistente a los fármacos. Limpiaron deprisa una planta, y toda ella la vaciaron, prepararon las escobas, los cogedores, la lejía, los guantes y las batas.
Y ya en Hollywood todo estaba preparado, para retransmitir al mundo como se hacen las cosas en España. Todos los países pedían la fórmula de cómo podía organizarse todo tan presto. Y tú antes de perder lo poco que te restaba de oremus, dijiste que no querías que de lo tuyo hicieran un circo, que tu familia dispensaría lo que los de Hollywood debieran saber. Y estos solo decían que seguías estable, que todo iba por buen camino, y hasta un suero milagroso trajeron de los Estados Unidos, que allí ya estaban utilizando con sus dos enfermos, y también le dieron un poco a los de la OMS, y dijeron que algo sobraría para África. Pero ayer por la mañana a todos nos dieron con un mazo: "El salesiano ha muerto", dijeron todos los medios.
Y ahora nadie se explica cómo ha ido todo tan rápido. Tuviste viaje de primera, pero nada más que eso; sobreviviste en unas horas a aquel que quedó en un jergón de un miserable hospital de África, "el primer no africano que muere de Ébola fuera de África". Todos callan el fracaso; ahora solo interesa deshacerse de tus despojos, ya no eres el protagonista de la superproducción de Hollywood, solo un residuo biológico peligroso. Te sacan casi a escondidas, y sin más trámite te llevan a un crematorio, y allí te dan fuego, y ya virus y cuerpo se han transmutado a un simple y vulgar brasero de ceniza de carbón y calcio. Pero tus cenizas no son solo eso, son parte del Universo, y a él volverán un día para formar parte de lo que siempre perseguiste, por lo que luchaste y por lo que diste tu vida. Descansa en paz, padre Miguel Pajares.

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