viernes, 15 de agosto de 2014

Pateras

Keita, Abiba, Salif y Aiddi, componían una familia como otra cualquiera de los dos mil millones que ya existían en el mundo, era una de tantas, como podía serlo una de Kentucky, o de Renania; de Andalucía o de la Patagonia. Sólo que ellos eran africanos, de Guinea concretamente, de aquella tierra del África Occidental bendecida por sus riquezas naturales, sus ríos, su abundancia de vegetación y por la alegría de sus gentes; hasta el color de ébano de su piel era de una belleza singular, no menos que sus  perfectos dientes de marfil africano, y sus esbeltos y musculosos cuerpos, esculpidos para afrontar grandes desafíos y misiones épicas. Como esta, que desde hacía seis meses había iniciado la familia de Keita, que harta de vivir en la más completa miseria, en aquellas tierras bendecidas de África, habían decidido liar el petate, y él un orgulloso guerrero mandinga,  junto a su joven esposa Abiba, intentaría, con sus dos hijos a cuestas, alcanzar el paraíso de Europa.
Vendieron todo lo  que poseían, que no sumaba más que una miseria; pero con ello y con sus cuerpos de músculo, marfil y ébano, tomaron el camino de Conakry primero, y Bamako después, y siguieron Dakar, Nuacchott y Novadhibuv; y fue aquí donde la suerte pareció abandonarlos, pues fueron detenidos por la policía y llevados a un centro de estancia temporal de inmigrantes, que al parecer financiaba España en aquella tierra de Mauritania. Les dijeron que les darían alojamiento durante unos días y que después los devolverían a Guinea. Y cuando Keita informó a su querida Abiba de que había finalizado su odisea, esta, en un mar de lágrimas, le dijo que si realmente era un auténtico guerrero mandinga, como él se jactaba de serlo, debería hacer algo y no rendirse a la primera. Aquello le removió a Keita las entrañas; se levantó del camastro y salió al patio, miró al cielo y en aquel firmamento de estrellas buscó a sus ancestros, como le había enseñado a hacerlo su padre y a este el suyo; y así desde que el primer mandinga apareciera en la faz de la Tierra. Y aquellos astros, de sugerentes nombres mitológicos para los astrónomos o navegantes, en él componían un firmamento donde brillaban con luz propia las almas de los mandingas que en otros tiempos poblaron la Tierra. Y a ellos se dirigía implorando su ayuda, su consejo y su guía.
No tenían apenas dinero, desde luego no el suficiente como para sobornar a algún guardia del centro y que aún les restara algo para continuar viaje. Pero a Keita aún le quedaba algo; y solo pensar en perderlo era como si le arrancasen el alma; el único bien que su padre le dejó en el mundo: una raíz de baobab tallada, con la forma de la cara de un ancestro, que en un tiempo ya lejano fue el rey de su tribu; aquella reliquia engastada en marfil y oro era su única posesión material en este mundo.
Le costó el alma; pero pudieron continuar viaje y a través de la costa mauritana alcanzaron Agadir, Casablanca, y por fin Tánger, y allí ya completamente exhaustos buscaron cobijo en una inmunda habitación de una chabola del barrio más miserable de la ciudad. Y después solo quedaba la espera. Sabían que aquel viaje hacia la tierra prometida, en busca de otro mundo, el del bienestar; aquel en el que los hombres eran respetados en su dignidad, sería la epopeya de su vida y que sin duda podría conducirlos directamente a la muerte.
Aguardaron pacientemente varias semanas, viviendo de la solidaridad de gentes tan miserables como ellos, que compartían la nada como si de manjares se tratase. Y una mañana poco más tarde de que el estallido de luz del alba limpiase la negrura de la pobreza, les avisaron que estuvieran prestos para partir; todo estaba listo,  la vigilancia había dejado via libre y la patera ya esperaba.
Salieron aún de día, lo que era un hecho poco habitual; aunque a veces la vigilancia marroquí recibía la orden de retirada, como ocurrió en esta ocasión. Y Keita y Abiba se las prometieron muy felices; el día estaba claro, solo unas nubes oscuras salpicaban la línea del horizonte; pero nada hacia presagiar que no fueran a llegar sin novedad a la costa española, y una vez allí, ya se vería.
Pero a la mañana siguiente, los informativos de España entera, abrían con la noticia de que una patera procedente de Marruecos había zozobrado, mueriendo veintiséis personas, y solo hubo un superviviente: una niña de no más de tres años, que al cuello llevaba atado un pequeño trozo de madera y en él había grabado un nombre: "Aiddi".

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