jueves, 21 de agosto de 2014

JORGE

Comencé a sentir hormigueos, cierto dolor y una leve pérdida de fuerza en la pierna derecha, a los cinco días experimenté las mismas sensaciones en la izquierda, y tres semanas después, en una sofocante noche de agosto, entre los cantos de las cigarras, mientras compartía las últimas chuletillas de cordero de aquella magnífica barbacoa, allí en la casa de campo que tenía mi familia en el pueblo, ocurrió que cuando fui a apurar el último trago de vino de la tierra, sentí que algo caldoso se derramaba por mis piernas, y horrorizado comprobé que me había orinado sin darme siquiera cuenta. Asustado, traté de ponerme en pié, pero mis piernas no respondieron y caí de bruces al suelo. Mi padre alarmado corrió a socorreme gritándome una y otra vez:¡"Qué te pasa!" "Qué  te pasa!"
Después de aquello todo sucedió como si estuviese en una nube, pensé que se trataba de una película en la que yo era el protagonista; pero que todo era irreal; pura fantasía.
El hospital; una, dos, tres, cien pruebas, los tac y las resonancias; y al fin el diagnóstico: "Tenernos que enviarte al Hospital Nacional de Parapléjicos para operarte urgentemente. Tienes un tumor".
No me atreví a preguntar nada más que si volvería a caminar, y cuando el neurocirujano me contestó que no, no tuve el valor o quizás no intuí, que hubiese algo peor que aquello.
Tras la intervención siguieron días y semanas de dura rehabilitación, y la quimioterapia, aquellos malditos tratamientos que literalmente me mataban y me dejaban sin fuerzas para el duro trabajo de la fisioterapia. En aquel campo de entrenamiento de los marines, realmente me torturaron, y a la  vez me convirtieron en un auténtico hombre; allí entre todos: compañeros, muchos de ellos aún más inválidos que yo, y aquel personal que con mano de hierro y corazón de almíbar me insuflaron las ganas de vivir y de luchar. Me dije que aquello lo superaría, que continuaría con mi vida aunque fuese en una silla de ruedas. Tenía que hacerlo por mi, pero sobre todo por Ana, mi esposa y por Juanito, mi pequeño de dos años. Y en todo aquel tiempo, cuando en la consulta del neurocirujano y después del oncólogo, yo manifestaba aquellas renacidas ganas de vivir, debí notar que en sus caras no se reflejaba asomo alguno de alegría, ni nada que hiciese atisbar una brizna de esperanza. Pensé, que tan acostumbrados estaban a ser hieráticos, que nada les hacía cambiar el gesto; pero no supe o quizás no quise saber nada más. Tampoco cuando me comunicaron que tendrían que darme nuevas sesiones de quimioterapia, ni cuando comencé a recibir elevadas dosis de corticoides que me hincharon el cuerpo y me deformaron el rostro. Ni una sola vez descubrí a mis padres llorando ni lamentándose, se mantuvieron firmes y fuertes apoyándome;  sí, en cambio, descubrí a Ana una mañana llorando amargamente y blasfenando. No le dije nada ni le pregunté por qué lloraba, de sobra lo sabía, o al menos eso creéia; pensé que una mujer joven con apenas treinta años, se veía condenada a vivir con un inválido, que ni  siquiera ya podría ser el hombre que ella esperaba; pero no, me equivoqué, no lloraba y blasfemaba por eso, o al menos no sólo por eso; ni tampoco los médicos eran hieráticos por costumbre,  y por ello no compartían mi ignorante alegría; no, no era por eso. Y ahora lo sé, en este momento, en el que desde aquí arriba los veo a todos reunidos alrededor de mi cuerpo sedado, aún con un débil hálito de vida a punto de extinguirse, y no sé por qué, pero ya no siento ningún dolor, ni tampoco pena, ni por ellos ni por mí; allá veo una luz, allí alguien me espera; siento ahora un inmenso bienestar, un placer infinito, los veo llorar, pero no me atribulo por ello, solo me invade una gran felicidad, un gozo infinito,  y veo una luz que brilla como mil estrellas, y con la fuerza del Universo me atrae hacia ella; y me voy, me fundo con ella, y ahora sé que no hay en el mundo ninguna palabra, ninguna idea, nada que pueda definir el gozo que siento, que no es otro que el del reencuentro con el Universo eterno.
Dedicado al hijo de un amigo que solo hace unos días nos dejó, sin duda, para ir a un lugar mejor.

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