lunes, 14 de julio de 2014

Thomas


Cuando cayó la primera paletada de tierra sobre el ataúd que contenía el cadáver de su amigo  Hans, Thomas sintió que el primer pedazo de él iba junto a aquella tierra, y que conforme fuese llenándose la fosa hasta que cubriese por completo el cuerpo inane de su amigo, no sería la tierra la que hiciese el trabajo, sino los pedazos de su alma trasmutada en materia que caerían en aquella tumba, y cuando el ritual ancestral surgido de la noche de los tiempos concluyera, tuvo por cierto que de aquel cementerio saldría caminando su cuerpo, pero ya no le acompañaría ni su mente ni su alma.
Con treinta y tres años recién cumplidos, y una existencia plena, que irradiaba felicidad y positivismo no solo en su vida, sino contagiando esta alegría de vivir a todos los que le rodeaban, especialmente a Thomas, se había visto truncada de repente, sin previo aviso, por una mano suicida, por un arma de fuego cargada por la decepción súbita de su vida, por la desesperación repentina de la soledad de la traición humana. Y él, Thomas, se sentía la bala que le destrozó el cráneo, la pistola que disparó el proyectil y la mano que sujetó el arma. Daría su vida, vendería su alma, vagaría como un fantasma durante toda la eternidad, si pudiera devolver la vida a Hans; pero estaba muerto, ahora yacía en aquella sepultura del Zentralfriedhof, y él estaba vivo; aunque en realidad, ya carecía de alma.
Hans le había salvado cuando él, fracasado en todo en su adolescencia, había decidido poner fin a su vida inane, y le dio una razón para seguir en este mundo, simplemente le dijo: "Tienes que vivir por mí, porque te quiero". Y aunque no comprendió al principio aquellas palabras, salió de dudas cuando le aclaró que estaba perdidamente enamorado de él.
Fue tan grande el impacto que recibió, que hizo que se olvidara de sus ideas autolíticas y se ocupará de digerir aquellos sentimientos que le había manifestado su amigo Hans. Y aunque en principio le pareció una locura, quizás por su agradecimiento, o quizás fuese por algo más; pero comenzó a sentir por Hans algo nuevo, pudiera que la misma emoción que había experimentado hacia Frida, y que había sido el detonante de su depresión, que a punto estuvo de costarle la vida. Pero Hans se convirtió en su inspiración, le proporcionó la fuerza de la que siempre había carecido, le hizo descubrir sus dotes de escritor, le fabricó un entorno de quietud y paz que hizo que creara los más bellos poemas; tras ello vino el éxito, ganó los más importantes premios y se convirtió, primero, en poeta de moda, y después en novelista y dramaturgo; escribió libretos para ópera, y no hubo ningún género literario en el que no destacara. Y se vio rodeado por todas las gentes de calidad de Viena, incluso fue recibido por el emperador en su palacio de Schömbrunn; todos se disputaban su compañía y solicitaban sus obras. Hans ocupó un lugar destacado en su vida; pero solo al inicio de su  carrera de éxito, después, su alejamiento de él fue progresivo cuanto más aumentaban sus  triunfos. Y cuando llegó a ser una figura pública, su editor le advirtió que se comentaba en los mentideros de Viena su relación con Hans, y que en una sociedad como la vienesa cualquier cosa estaba permitida, siempre  que no trascendiese del ámbito privado;  y ahora que él era una figura tan popular, un hecho como aquel no pasaba desapercibido.
Hans intentó justificar el distanciamiento de Thomas, entendiendo que ahora se debía a su público, a los medios de comunicación, a los notables, incluso a la misma familia imperial; pero aún no dudaba de los sentimientos de Thomas hacia él; incluso cuando le dijo que deberían cesar en su convivencia, debido a exigencias de su editorial, él lo entendió y no creyó que aquello fuese el fin; ni siquiera que su relación corriese serio peligro; pero cuando aquella maldita mañana de mayo recibió la  nefasta carta, en la que Thomas, con la mayor delicadeza de la que nunca un escritor hubiera sido capaz de emplear para dejar plantada a su pareja, le explicó que todo había acabado entre ellos, Hans tras leerla la arrojó al suelo, y corrió como un poseso, subió los tres tramos de escalera  que le separaban de la torre de aquel palacete que había sido el hogar de ambos, y sin más reflexiones se arrojó al vacío.
Cuando La policía examinó el cadáver, en un bolsillo del pantalón de Hans, hallaron un precioso reloj Patek Philippe, envuelto en una delicada caja de terciopelo, y dentro, una nota perfumada con aroma de jazmín del Prater, y en ella podía leerse «Sé que nunca me abandonarás, Thomas, tú y yo somos dos almas gemelas».

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