miércoles, 9 de julio de 2014

En un lugar perdido de Renania

Caminaba junto a la ribera flanqueada por los tilos en aquel pequeño pueblo de Renania, y mientras Hans miraba con atención el vuelo de los pájaros iluminados por las últimas luces del día, las lágrimas brotaron de sus ojos y una congoja insufrible le oprimió el alma. Era aquella la última tarde que pasaría en la tierra que le vio nacer, donde gastó su infancia, justo donde conoció el amor de la adolescencia, y en el que reposaban los restos de sus ancestros; y los de su madre, muerta de tuberculosis solo unos meses antes. Y mientras caminaba por la orilla del Rin, aquel sagrado río que daba nombre a su tierra,  aún compungido por la pena por tan sensible pérdida, había sacado fuerzas de flaqueza para evitar que su padre se dejase llevar por la muerte lenta, la de los hombres a los que aún con vida se les muere el alma, la de las tardes interminables y las noches eternas de pena y tabernas.
Pero ahora a él se lo llevaban y nada menos que a la Guerra. ¡Por el honor de Alemania! ¡La victoria era segura! ¡Había que desarmar a los rusos, y dar una lección a Francia! ¡Y a él que le imporataba si en Sarajevo habían matado a un príncipe austriaco!, ¡que más le daba si tenía más o menos honor Alemania! Era su familia, lo que quedaba de ella, lo que le afligía el alma. Alemania le quedaba muy grande, incluso su natal Renania. Europa le daba una higa,  Rusia, Austria o Francia. No quería abandonar su casa, no ansiaba honores; detestaba las victorias bélicas no menos que las humillantes derrotas. Odiaba al Kaiser, al emperador de Austria y al zar de todas las Rusias. Solo amaba aquel río, los tilos de su ribera y aquellos pájaros que en sus alas todas las tardes se llevaban las últimas luces del día, y luego las tenían prestas para pintar el alba. Sólo quería salvar a su padre, rezar junto a él en la tumba de la esposa perdida, y algún día si Dios así lo quisiera, poder criar a unos hijos que hicieran grande a su tierra, a aquella que hasta ahora había estado felizmente perdida en este recóndito lugar de Renania.
Por tantos, a los que la maldita guerra les segó la vida, hará justo ahora cien años.

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