Como venía haciendo todas las noches desde hacía un año, a la misma hora, Johannes se sentaba frente a su mesa de escritorio, sacaba su pequeño mazo de cuartillas, cargaba de tinta azul su pluma Waterman, se servía un generoso vaso de agua San Pellegrino, y tras ajustarse las gafas de leer, procedía a colocar el disco que correspondiera según su ánimo, y tras todo ello se disponía para que aquello que ya le venía sucediendo desde hacía un año, por una noche más, volviera a repetirse.
Y se le ocurrió que aquella noche estaría bien volver a oír La Pasión según San Mateo, del genial cura pelirrojillo, Johann Sebastian Bach; por ello, tomó el cd con la versión que más le gustaba -que era la que dirigió Karl Richter con el coro y la orquesta Bach de Munich, en una excelente grabación de1980-, la colocó en el reproductor, y tras ello se sentó disponiéndose a que el fenómeno se repitiese.
Cuando volvió en sí, miró el reloj y comprobó que habían transcurrido exactamente treinta y cinco minutos; había escrito cinco cuartillas y consumido media botella de San Pellegrino.
Estaba sudoroso, a pesar de que era noviembre y la calefacción hacía ya más de dos horas que se había apagado, notó que su sudor era frío, y le invadía una extraña sensación difusa, sumamente desagradable que le generaba una gran inquietud.
Con gran desasosiego, se dispuso a leer lo que había escrito en aquellas cuartillas, y aunque nadie lo hubiese creído, era cierto que desconocía lo que allí se contenía, y sin duda lo había escrito él. ¿Realmente? ¿No habría sido su mano, sin más intervención de su mente que la de un mero receptor? Llevaba dándole vueltas a aquella absurda idea desde hacía semanas. Sabía que lo tomarían por loco si explicara que él pensaba que los espíritus atormentados de las gentes que vivieron en otro tiempo lo utilizaban a él para que contara sus historias. Y probablemente fuese cierto que hubiera perdido el juicio. Pero si era así, ¿por qué era capaz de escribir aquellos relatos que lograban conmover el corazón de los lectores? Además eran tan creíbles y reales... ¿Cómo podría aclarar aquel dilema? ¿Realmente eran las almas de aquellos que ya habían muerto las que le dictaban sus historias?, ¿o era él en estado de mediación profunda, o quizás de trance, quién las escribía?
Tenía que saberlo. ¿Consultar a un parapsicólogo?, ¿a un médium?, ¿quizás a un sacerdote? Todo ello le pareció ridículo y absurdo. Pero sabía que no podía continuar con aquella incertidumbre. Y entonces se le ocurrió algo.
Buscó entre los relatos que había escrito en los últimos meses, y cuando los tuvo sobre la mesa los tiró al albur de la suerte. Todos cayeron al suelo excepto uno, y con evidente ansiedad, lo cogió y se dispuso a leerlo. Se trataba de una historia que había escrito un mes antes y que se titulaba «El duelo». En él se relataba lo que le acaeció a un redactor de un periódico español, que lanzó unas fuertes acusaciones contra un importante noble muy allegado a la corte de la monarquía hispánica, y este, que para mayor escarnio era Grande de España, retó a duelo al intrépido periodista, que sin experiencia alguna en aquellas cuitas de honor y sangre, tuvo por cierto que sus días en este mundo habían concluido; pero fuese la justicia de Dios, la mala puntería del marqués, o simplemente la fortuna del juntaletras, este, le acertó un disparo al Grande que lo mandó directo, y muy probablemente, al mismo infierno.
Y Johannes dispuso que dedicaría todo su esfuerzo para intentar averiguar si aquella historia era una mera invención suya, o si por mor de los espíritus, tenía algo de cierta.
Un mes justo empleó en investigar todas las bases de datos que pudo alcanzar, incluyendo las hemerotecas, y como no pudo hallar nada más que algunos débiles indicios, viajó a Madrid y removió cielo y tierra. Tirando de un delgado hilo y siguiendo una absurda pista, le condujo hasta una olvidada casa, en la que una ancianísima mujer de edad incierta, quizás imposible, vivía recluida desde hacía más de setenta años, acompañada de su ama de llaves, que ya era la biznieta de aquella que tuviera para tareas similares la madre de la anciana, en la infancia de esta. Y cuando Johannes le contó su absurda historia, aquella mujer de edad ignota, y aunque parecía más muerta que viva, de un salto se puso en pié, abrió los ojos más de lo que sus párpados permitían, y lanzando un agudo grito, dijo: «Te dejé enterrado en la Sacramental de San Isidro, pero veo que tu alma maldita sigue vagando sin descanso»…,dicho lo cual, cayó fulminada en su sillón, aunque según Johannes pudo comprobar aún conservaba el pulso; pero no hubo lugar a más, la extraña ama de llaves dijo que por favor abandonase la casa y no se preocupara por la anciana, pues esto le ocurría con frecuencia; Johannes tuvo por cierto que aquella vieja cuando él entró en la casa había resucitado para decirle aquello, y tras ello había vuelto a su estado anterior, que era el de muerta.
Por más que lo intentó, no logró sacarle ni una palabra más a la doncella, y completamente contrariado, perplejo, decepcionado y sobre todo asustado, abandonó aquella mansión, que parecía salida de la mente del mismo Edgar Allan Poe.
La Sacramental de San Isidro, recordó Johannes que aquella anciana había dicho, y preguntó en su hotel; pues no tenía ni la más remota idea de a qué se estaba refiriendo con el nombre de aquel lugar. El recepcionista del hotel Plaza le explicó que se trataba de un cementerio situado detrás de la ermita de San Isidro, sobre el llamado Cerro de las Ánimas. Y hacia allí se dirigió.
Cuatro días estuvo preguntando a los empleados que allí había, para que le diesen alguna pista de dónde podría hallar una sepultura de un hombre con tan vagos datos como con los que él contaba, hasta que lo mandaron con viento fresco. Y a punto estaba ya de tirar la toalla, cuando a la quinta tarde desde su llegada al camposanto, estando ya cercana la hora de cerrar el cementerio, se hallaba, una vez más, inspeccionando el más antiguo de los ocho patios con el que contaba el sacramental, aquel que se construyera a principios del siglo XIX y que llamaban de San Pedro; y allí entre las tumbas del médico del rey Fernando VII, la de Campomanes, y el panteón de la familia Madrazo, súbitamente, percibió que una sombra que no era la de un ciprés se situó a su espalda, y girándose, y al principio más sorprendido que asustado, creyó un instante después, que el corazón se le detenía, cuando frente a él vio que había un hombre vestido de forma impecable pero a la usanza de hacía más de un siglo; su rostro estaba pálido como el mármol de Carrara; sus ojos exangües; en su pecho un agujero por el que se le veía el corazón negro y putrefacto; y en su mano sostenía una pistola, de las de duelo que solían usarse antaño. Y cuando él quedó petrificado e intentó poner sus piernas en marcha, sintió que estas no le respondían, y ante la inminencia de lo que él pensó que eran las puertas del otro mundo, se armó de valor para recibir a la muerte; y fue entonces cuando aquel espectro; aquel cadáver erguido sobre sus miembros putrefactos, dijo con voz clara y perfecta, pero con el tono que se les supone a las que vienen de ultratumba: «Tú eres la pluma, la voz y el recuerdo de todas las almas de aquellos a los que ya todos nos han olvidado. Continúa tu trabajo, no desesperes, no te rindas».
Cuando Johannes despertó, había luna nueva, la oscuridad era absoluta, y comprendió que había quedado encerrado en la Sacramental de San Isidro.
miércoles, 16 de julio de 2014
Johannes
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario