jueves, 10 de julio de 2014

Sinclair

Acababa de concluir la lectura de aquella obra maestra de la literatura en la que descubrió la dualidad del mundo, la imposibilidad de la existencia del bien en la ausencia del mal; aprendió que el ser humano individual es todo el universo desde el inicio de los tiempos y mucho más, y a la vez no es nada sin los otros, sin la humanidad entera. Aprendió que el amor es en realidad el sentimiento hacia todo, todos y uno mismo; y a la vez nada. Aprendió a encontrar a aquellos que pertenecían a su raza de seres escogidos, y que su imagen era la de cualquiera o la de todos ellos. Comprendió que el poder de su mente era ilimitado y que solo estaba limitado por la decisión de su voluntad en la consecución de algo.

Bonita e interesante obra -pensó-, sugerente sin duda, bonitas palabras que habían promovido la reflexión de miles, quizás millones de personas, ¿pero a él  en qué le podía influir aquello en su vida diaria? Se hallaba varado, con un trabajo anodino, solo y casi aislado de familia y amigos, con un desprecio creciente a todo lo que le rodeaba; y aunque ciertamente compartía algunas, pudiera ser que casi todas,  las reflexiones que el autor del libro que acababa de leer exponía en él, tampoco encontró soluciones. Pero no podía decir que en aquel texto se pretendiera resolver la vida a nadie, más bien se exponía que cada uno debería encontrar su propio camino. ¿Pero cuál debía ser su camino? Quizás era demasiado pretencioso buscar caminos, destinos o revoluciones, podría ser más práctico e interesante probar con algo más sencillo como podría ser intentar acertar un número de lotería, un resultado de una apuesta deportiva o...,y entonces se le ocurrió algo descabellado: buscaría en su agenda telefónica, en sus contactos de wasap, en sus amigos de Facebook y Twitter, y en las direcciones de email, y escogería a una persona. Y haría que se  pusiera en contacto con él , pero no llamándola él, ni mandándole un mensaje, lo cual sería una completa estulticia, intentaría concentrar toda su voluntad, toda su energía,  todo aquel universo que se suponía estaba grabado en sus células y en su subconsciente y con todo ello,  invocarla.

No se sirvió ninguna bebida fuerte, simplemente agua, pues no bebía; tampoco encendió ningún cigarro, lo hacía dejado hacia años, se sentó en un sillón y se concentró.
A tanta introspección meditativa llegó, que perdió la consciencia, quizás simplemente se durmió. Se vio caminando por un desierto, a pesar de que estaba solo, a pie y sin agua, ni sentía sed ni cansancio; y de pronto cayó la noche, así sin ir precedida de ninguna mágica o excepcional puesta de sol, como suelen serlas en el desierto. 

Sobre él, la cúpula celeste mostraba un imposible manto de estrellas, en el cual, con la perfección de una fotografía, se mostraba la imagen de la persona que trataba invocar a su presencia. Quedó extasiado, se detuvo y sus ojos quedaron atrapados por los pixeles que creaban los miles de estrellas; y entonces, en aquella imagen se dibujó una leve sonrisa, y él sintió una paz infinita; justo en el momento en el que un silbido desagradable lo trajo de regreso. Miró la fuente de ese inoportuno sonido, y comprobó que un mensaje acababa de entrar en su smartphone. Lo abrió, y quedó paralizado cuando ley ó un escueto "Hola: ¿Qué tal estás? "
¡ Era justo de la persona a la que había invocado!

Y supo, que aquellas cuatro palabras escritas en aquel papel cibernético,  haría que desde ese momento, tuviera que replantearse sus convicciones y creencias más profundas.
.

No hay comentarios:

Publicar un comentario