Cuando por fin cada mañana, al volante de su Pontiac, accedía a aquella abarrotada autopista, una sensación de felicidad invadía todo su ser. Probablemente no habría nadie en aquella ciudad que compartiese con él aquel sentimiento. Las caras desencajadas de aquellos que lo acompañaban en la ruta, sus rictus, las maniobras que realizaban con sus vehículos, y la desesperación cuando el tráfico llegaba al colapso, producían en todos una desesperación imposible de disimular; pero para él en cambio, todo aquello era motivo de satisfacción y de realización personal, al punto, que cuando tras más de una hora -a veces hasta dos- abandonaba la autopista y por fin llegaba hasta su lugar de trabajo, aquella satisfacción desaparecía y su ánimo quedaba compungido y vegetaba durante la jornada laboral, hasta que llegaba la hora del regreso a casa y volvía a experimentar la sensación de plenitud. Pero en aquellos fin de semana interminables, privado del hálito vital que le proporcionaba el colapso de la autopista, tenía la sensación de que nada tenía sentido en su existencia, y la lucha que invariablemente mantenía durante aquellas horas infinitas contra su despreciable existencia, cada vez amenazaba con tener más posibilidades de éxito con acabar derrotándolo. Y la idea del suicidio llegaba a apoderarse de él, pero afortunadamente siempre llegaba el lunes y lo salvaba de la autolisis.
Y con estas luchas transcurrió el año, y para su completa desesperación le llegó el periodo de vacaciones, y el tuvo por cierto, que veinte días continuados sin recibir el alimento que le daba la vida no podría resistirlo. Pensó salir todas las mañanas a tomar la autopista, como si de un día normal de trabajo se tratara, y lo probó durante dos días; pero ni la autopista iba tan congestionada en esta época estival, ni sentía la presión de tener que llegar a tiempo al trabajo. Y no funcionó.
Entonces preso del pánico, buscó una solución en Internet, una escapada, huir de allí; y entonces tuvo una idea.
Eran los primeros días de julio y recordó a su escritor favorito, Ernest Hemingway; y pensó con júbilo que esa era la solución. Pidió un taxi, se dirigió al aeropuerto y tomó un avión, y tras dos escalas y un viaje en tren, por fin llegó a su destino.
Estaba en España, en Pamplona concretamente, era siete de julio, justo la festividad de San Fermín.Y sin encomendarse al santo ni al diablo, se lanzó a correr el primer encierro; y cuando en mitad de la calle Estafeta miró había arriba, a su derecha, a la izquierda, y se vio en medio de una masa de gente que corría como si estuvieran locos, pero que en sus caras se reflejaba la misma satisfacción que la que él mostraba allá en su ciudad en la autopista, sintió la felicidad plena.
Y fue entonces cuando supo por qué staba allí, y que aquel eta el final de su camino y se preparó, de pronto cuando creyó que c era el momento se freno en c seco y se giró, al tiempo que un tremendo morlaco lo empitonó por el cuello, y cuando sintió que su alma se le le escapaba entre aquella inmensa multitud, en una infinitésima fracción de segundo alcanzó el gozo pleno y ya nada le importó.
martes, 8 de julio de 2014
Multitudes
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