Acababa el fin de semana y se había devorado dos lecturas inquietantes. El sábado comenzó con La Metamorfosis de Frank Kafka, y tras concluirlo aquella noche durmió mal; soñó como era previsible en ella que lo hiciera, con que era una cucaracha; nada original dado el argumento de la obra que acababa de leer. Pero para el domingo no tuvo mejor ocurrencia que comenzar el desayuno con "El lobo Estepario" de Hermann Hess, y al llegar el mediodía, sin haber probado aún bocado alguno, la digestión de tan enrevesada obra la obligó a tener que tomar doble ración de bicarbonato para conseguir hacer la digestión. Y al caer la tarde, hubo de abandonar la lectura; presa de un súbito y angustioso desasosiego.
Primero, cucaracha, después lobo, y más tarde..., ya no sabría decir cuántos animales y otras muchas cosas más. Y así cuando llegó la noche y las sombras ocuparon el lugar que el sol les arrebata durante el día, comenzó a sentir algo extraño, experimentó una especie de despersonalización que ni siquiera sabría definir ni explicar. Intentó calmarse, pues estaba claro que todo era fruto de tan desacertadas lecturas, pero dentro de ella algo incontrolable ya había tomado vida propia. Y se asustó.
Sin duda, en esta ocasión, Luca, el librero de Piazza Navona había errado en sus consejos de lectura. Aquel mequetrefe que intentaba impresionarla con sus conocimientos de literatura, que iban parejos a su desconocimiento de la psicología humana, en aquella ocasión había errado completamente en su estrategia. Y ahora ella debería pagar; quizás muy caro, aquel error de lectura.
Intentó recuperar la entereza; a fin de cuentas no era ya una adolescente fácilmente impresionable, e intentó convencerse de que no era razonable que cayese en aquel estado de desasosiego, simplemente por leer una historia en la que un personaje se volvía completamente loco y acababa creyéndose una cucaracha; mientras otro, aún más extremo si cabía, intentaba justificar su absurda personalidad y su aberrante comportamiento, con enrevesadas teorías filosóficas de lobos, hombres, y los mil enigmáticos compartimentos del alma humana.
Pero todos sus razonamientos no lograron sacarla de su estado de despersonalización. Aquellos dos libros le habían revelado que toda su vida era una farsa, que toda ella era una mera falacia, una contradicción; un oximoron y una falla en la creación; no recordaba haber tenido pasado; ya no sabía quién era, ni qué era; ¿qué hacía en aquella casa?;¿era aquello realmente una casa? No, sin duda era una jaula. Y de repente alguien abrió la puerta y sus ansias de libertad y de escapar de aquella prisión, la impulsaron a volar fuera de la jaula...Y lo hizo.
Un grupo de personas se concentró formando un círculo en la acera del cincuenta y cuatro de Vía Condotti; en el centro, había un cadáver con la cabeza reventada; era el de una mujer de mediana edad y todo parecía indicar, que había saltado desde el balcón del cuarto piso del edificio situado justo a la altura de ese número.
viernes, 4 de julio de 2014
Lecturas indigestas
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