lunes, 21 de julio de 2014

Joep

Joep estaba realmente exhausto, había pasado los tres últimos días preparando aquella ponencia del congreso internacional de sida, que este año se celebraba en la ciudad australiana de Melbourne, y él, como uno de los más reputados expertos en la lucha contra la enfermedad, en esta ocasión, insistiría con la vehemencia de la que fuese capaz, en la necesidad de instaurar una pauta combinada de antirretrovirales, que fuese efectiva y económicamente asumible para los países más pobres del mundo; pues aunque el camino había sido largo y exitoso, aún quedaba un enorme trecho por recorrer en la lucha contra el sida en el mundo; y especialmente en África, donde el día en el que se pudiese cantar victoria, aún no se atisbaba en el futuro próximo.
Se acomodó lo mejor que pudo en el asiento que le correspondió en suerte, en aquel vuelo que hacía el trayecto entre Ámsterdam y Kuala Lumpur, y que sería la primera etapa del largo viaje que tendría que hacer hasta alcanzar su destino en Australia; y como no tenía mucho margen de maniobra, había decidido que cuando el avión despegase del aeropuerto de Schiphol, procuraría  dormir algo, y pensó que después ya tendría sobrado tiempo para ultimar los retoques definitivos a su presentación. Más de catorce horas de vuelo tenía por delante, en este primer salto; y a pesar de que había  realizado decenas de vuelos de similar duración, a aquello no se podía acostumbrar nadie; y aunque cierto era que su antiguo miedo al avión lo tenía domesticado, tomaría una buena dosis de lorazepam, y si no conciliaba el sueño, al menos durante una horas viajaría relajado.
El avión no iba al completo, pero podría decirse que su grado de ocupación era elevado; no sabría determinar desde su asiento cuánto, pero le pareció que viajaban muchas personas; y mientras se acomodaban los pasajeros, se entretuvo en intentar averiguar las nacionalidades de sus compañeros de vuelo, atendiendo a su aspecto y sobre todo a la lengua, o en su caso al acento de aquellos que hablaban en inglés. Comprobó que la mayoría del pasaje estaba compuesto por compatriotas suyos,  pues a fin de cuentas el avión había partido de Amsterdam, y lo normal era que así fuese; le pareció que había también numerosos malayos, o al menos asiáticos; algún francés; y americanos, su acento era inconfundible. Él dominaba muy bien el inglés, pero su forma de pronunciar el idioma de Shakespeare podría decirse que era neutro, de hecho, no solían acertar su nacionalidad cuando hablaba en aquel idioma; en cambio, el acento de algunos de los que viajaban en este avión era realmente endiablado, especialmente algunos americanos. A muchos de sus compañeros de viaje los conocía, y bien; eran colegas de muchos años de estudio del sida;  y a él también ellos, incluso más; pues él era ya uno de los popes del mundo cientifico en la lucha contra aquella maldita enfermedad, y había estado en ello desde el inicio de la terrible pandemia, allá al comienzo de los años ochenta;  había vivido, cuando comenzaba su trabajo, las luchas entre Luc Montagnier y Robert Gallo por la autoría en el descubrimiento del vih; el terror inicial, el rechazo a los homosexuales, a los haitianos y el terror de la hemofílicos; el comienzo del uso del azt y después de otros muchos fármacos, y el inicio de la terapia combinada a mediados de los noventa, de la que él fue uno de los pioneros. ¡Cuánta lucha! ¡Cuántas muertes! ¡Cuánto sufrimiento! ¡Y también cuántos triunfos y días de gloria! Y a pesar de que justo ahora se cumplan los treinta años, treinta y uno exactamente, desde que comenzara a trabajar –desde que se comenzara a trabajar- en la lucha contra el sida, no podría decirse que estuviese cansado; al contrario, nunca había estado más motivado que ahora; a pesar de que tras unos años triunfales de avances científicos, en los últimos años, y debido a la crisis económica que había azotado a una buena parte de Occidente, los recursos habían menguado al punto de paralizar o al menos de ralentizar la lucha contra la enfermedad en África, y él, reiteraba que  en este congreso que se celebraría en Australia, conseguirían relanzar los programas y continuar con los avances para conseguir en los próximos años, acorralar a esta enfermedad, convirtiéndola en un problema de Salud Pública de segunda categoría.
Recordaba ahora la última decepción, al saberse que el llamado  Mississippi baby, en el que tantas esperanzas de curación de la enfermedad se habían puesto, con aquel tratamiento antirretroviral precoz a su madre infectada en los momentos posteriores al  parto; y cuando ya se creía curado, se había descubierto tras varios meses que volvían a detectarse partículas virales, ¡esos malditos reservorios ocultos del virus, en el intestino o en el cerebro, hacían que por el momento la enfermedad fuese incurable!
Unos niños lo molestaron con sus malditas maquinitas de juegos cibernéticos, cuando uno de ellos a punto estuvo de meterle el dichoso aparato en un ojo; después una enorme señora de glúteos indefinibles, le pidió excusas pues venía a ocupar el asiento de al lado suyo, tras haber permanecido en uno de menores dimensiones, en el que el personal auxiliar de cabina estimó que no era posible que pudiera aguantar atrapada catorce horas, y a pesar de que este tenía unas dimensiones algo más holgadas, las maniobras que aquella mujer hubo de hacer para embutirse en el asiento, Joep, tuvo por cierto que desafiaba las leyes de la física.
El tiempo que dedicó a hacer esas reflexiones sobre la enfermedad y estas últimas interrupciones, habían hecho que se olvidase que el avión hacía rato que había completado la maniobra de despegue, y ya se encontraba en su recuperada posición horizontal, y habían alcanzado la altura y velocidad de crucero; y era por ello por lo que algunas personas, ya liberadas de los cinturones, circulaban por la aeronave buscando el lavabo o yendo a visitar el asiento de algún otro pasajero. 
Como siempre ocurría en estos largos viajes, al principio de los mismos era grande el revuelo entre el pasaje, sobre todo a cargo de los niños, a los cuales  resulta harto complicado mantenerlos quietos y callados en sus asientos; hasta que transcurrían unas horas y ya rendidos por el cansancio, van cayendo una tras otra cada una de las criaturas, y llega un momento, que con suerte, se alcanza una cierta quietud en cabina. Y era por esto por lo que Joep gustaba de  tomar un ansiolítico para ayudar a la resignación, aquellos momentos de caos que sumado a la perspectiva de más de catorce horas de vuelo por delante, pueden hacer perder la compostura a más de uno.
Extrajo la cartera y miró al foto de su esposa, la de sus hijos, y la de su pequeña nieta de apenas un año de edad, y tuvo que reconocer que dejando a un lado sus grandes decepciones en la lucha contra el sida en África, que a pesar de todos los avances a él se le hacían pocos, en lo demás era un hombre afortunado, y se lamentaba que debido a su trabajo debía pasar largos periodos de tiempo alejado de su familia; pero recapacitó, y concluyó que él sin su trabajo como activista en la lucha contra el sida no podría vivir. Y su mente volvió a África, a sus esfuerzos en Botsuana y en Sudáfrica, dos de los países con mayor incidencia de sida en el mundo, la continua pelea, muchas veces baldía contra las creencias locales, contra la oposición de los mismos gobiernos y de las multinacionales farmacéuticas, negándose a abaratar el precio de los fármacos antirretrovirales para hacerlos asequibles para aquellas paupérrimas poblaciones. Recordaba ahora cuando tras una intensa campaña de educación sanitaria para promover el uso del preservativo, vieron todas sus esperanzas tiradas por tierra, cuando a la entrada de las cabañas de aquellos a los que había ido dirigido el programa educativo, se vieron los condones colgados en las puertas como si de amuletos se tratase, y entonces él y su equipo tuvieron por cierto, que aquella lucha no iba a ser fácil, cuando no imposible.
Una voz de la azafata les indicaba que iban a pasar para servir bebidas, regalos y algo para comer, dando una pormenorizada explicación de todos los artículos que podrían ser adquiridos; incluido el alcohol o los cigarrillos electrónicos, y en eso también se detuvo a reflexionar un rato, a fin de cuentas él no era solo virólogo, sino que era un salubrista en toda la extensión de la palabra. Miró por la ventanilla y vio entre nubes algo que le parecieron pequeñas explosiones, y pensó, que seguramente allá abajo, a diez kilómetros, en alguna ciudad o quizás en un pequeño pueblo, se estaría celebrando alguna fiesta, y es que parecía, que como en todas partes la pólvora era aditamento imprescindible en estos casos.
Lo interrumpió una azafata: ¿El señor desea algo? –Sí, gracias, una botella de agua… 

Dos horas más tarde, todas las agencias del mundo daban la noticia de que el vuelo MH17, que hacía el trayecto entre la ciudad holandesa de Amsterdam y la malaya de Kuala Lumpur, un Boeing 777 de Malaysia Airlines, con 298 personas a bordo entre pasajeros y tripulación, se había estrellado en el este de Ucrania, en una zona cercana a la localidad de Grábono.
Poco después, las cadenas de noticias informaban de que todo apuntaba a que la causa de tan terrible tragedia, había podido ser un misil lanzado por los contendientes, en las hostilidades existentes en la zona este de Ucrania, entre independentista prorrusos y tropas del ejército de Ucrania.
En el centro coordinador de la lucha contra el sida en el hospital Princess Marina de Gaborone, la capital de Botsuana, en aquella noche del mes de julio, solo hubo lágrimas amargas.

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