sábado, 12 de julio de 2014

Denise

Conducía su automóvil con una ansiedad incontenible haciendo que chirriasen los neumáticos en cada una de las interminables curvas de aquella endiablada carretera de la Bretaña francesa. Huía de su familia, de su gente y de sí mismo; escapaba del miedo atroz que le producía la idea de que aquella noche pudiera estar en compañía de los suyos; incluso de cualquier humano, por ello había decidido huir y esconderse en lo más recóndito de aquel inmenso bosque del parque nacional d'Armorique, que él tan bien conocía, y que en esta tarde aciaga no se le ocurría un lugar mejor, que estuviera a su alcance, para pasar aquella noche; maravillosa para todos, pero que para él era ya una pesadilla, tanto, que incluso si sus esfuerzos fracasaban, podría convertirse en una terrible tragedia.
Por qué le ocurría aquello había sido un completo misterio durante años, hasta que leyó aquel artículo de la revista Science, en el que revelaban los misterios de los cambios genéticos que ocasionaron un caso similar al suyo; aunque afortunadamente él aún no había llegado a un estado tan avanzado del trastorno; y por ello las consecuencias no habían alcanzado aquella gravedad. Pero él creía, aún más, estaba seguro, de que la intensidad del fenómeno natural relacionado con su trastorno, que se produciría aquella noche, podría conducirle a alcanzar los graves efectos del caso que estudió la revista. Por ello, debía alcanzar el lugar más inaccesible y alejado del bosque, y una vez allí pondría en marcha su estrategia que le garantizase estar aislado y lejos de cualquier ser humano durante toda aquella maldita noche.
Miró el reloj y comprobó que solo restaban dos horas para la puesta de sol,  y pensó que aún disponía de tiempo suficiente, aunque no iba sobrado. Repasó mentalmente una vez más si disponía de todo lo necesario, y cuál era el procedimiento que debería seguir antes de que dejase todo listo para ejecutar su plan.
Encendió la radio y sintonizó la emisora Chérie FM; sonaba una canción en español, lengua de la que él solo era capaz de entender palabras sueltas, y sí oyó que decían París, poco más logró comprender, y cuando concluyó la canción, le pareció oír que quien cantaba, se llamaba La Unión, o algo parecido.
Aún continuó un rato más oyendo música, y por allí desfilaron Fredy Mercury, Eagles, Amy Winehouse..., y entonces vio el indicador que señalaba que entraba en el parque nacional d'Armorique. Apagó la radio y se concentró en aquello que había hecho que estuviera allí.
Tras unos tres kilómetros de campo abierto solo moteado por alguna pequeña arboleda, se adentró en un espeso bosque de tupida vegetación formada por grandes árboles, de los que sólo supo identificar los pinos, y que producían una sombra perpetua a aquella carretera, y la oscuridad absoluta cuando caía la noche; aunque luciera en el cielo la luna llena.
Estacionó el vehículo junto a la ermita de Saint Michel,  se bajó y abrió el capó, cogió el cuchillo y cortó con saña todos los manguitos del motor que tuvo a su alcance, después tiró las llaves por la ladera de la montaña, cogió la cadena y se amarró a la reja de la pequeña iglesia, tras ello echó el candado y después arrojó la llave lejos de él; comprobó que el teléfono móvil lo tenía con él y que había cobertura; pues no podía confiar en que al día siguiente alguien pasara por allí a rescatarlo y por ello debería pedir ayuda. Y se dispuso a esperar.
Una luna llena magnífica,  esplendorosa, gigantesca; una superluna se adueñó del cielo del parque d'Armorique y de toda la noche en la Tierra.
Y Denise sintió que todo comenzaba. Transcurrió un tiempo que no sabría estimar, y a lo lejos se oyeron aullar los lobos, y comenzó a sentir un terrible dolor en toda la  superficie de su  piel, notó cómo le brotaba una tupida capa de pelo, se le deformó la cara, se le afiló la boca, le crecieron los colmillos, se le curvó la espalda, se le retorcieron las piernas, y de las manos y pies le crecieron garras; y de un zarpazo cazó a un ratón que andaba despistado, lo tragó tras un solo mordisco, y después aulló una, otra y mil veces, y por todo el parque d'Armorique aquella noche reinaron los lobos; mientras que por vez primera en la últimos diez años, en Bretaña no hubo que lamentar ninguna muerte tras una noche de  superluna.

Y es que en las noches de superluna, no  dudes que puedes encontrarte con un hombre lobo.

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