Había acumulado toneladas de odio a lo largo de su existencia; de la suya y de la de su pueblo. Eran ya miles de años de persecuciones, de diasporas, de expulsiones y exterminios. Entre ellos se compartía el sentimiento de pertenencia a un pueblo elegido por Dios y maldito para los hombres, y él, Moshé, hijo de Abraham y de Adila, nacido en un barrio obrero de Tel Aviv, que tras una vida de esfuerzo y estudio había conseguido obtener una acomodada posición como economista de una floreciente empresa de fabricación de material médico, ahora, por mor de aquel grupo terrorista que tenía como objetivo destruir a su pueblo, aunque fuese a costa del suyo propio, se hallaba allí apostado encargado de aquel lanzamisiles, y frente a él aquel enemigo, uno de tantos, quizás no el más fuerte, tampoco el que menos, uno más de los que deseaban la extinción del pueblo de Israel, y como todos los que integraban aquel ejército, pensaba, que si destruían a este enemigo, sin duda quedaría uno menos de los que amenazaban con la existencia de su pueblo; y si para ello tenían que acabar con toda aquella maldita tierra y con los habitantes que en ella moraban, lo harían, y en sus conciencias quedaría la justificación de que aquello había ocurrido simplemente porque ellos así lo habían querido.
Tanto odio había en su cuerpo y en su mente, que por un desconocido mecanismo que quizás pudiera explicar algún día la genética o la mecánica cuántica, sucedió que ese sentimiento se introdujo en sus genes, y ahora ya no era solo un ser humano, sino una quimera que poseía la capacidad de transmutar su cuerpo y convertirlo en la misma arma. Y justo en el momento en el que recibió la orden de lanzar un misil, sintió que al oprimir el mecanismo que activaba el disparo, su organismo humano compuesto de células, tejidos y órganos, se convertía en proyectil, y a velocidad de vértigo salió disparado con un destino incierto. Y cuando con claridad divisó su objetivo y comprobó lo que era, con su mente transmutada en cerebro de aquel ingenio de destrucción, trató de desactivar aquello, que era justo a sí mismo, pero todo su esfuerzo resultó inane, y tras el impacto en aquella escuela, la metralla de la maldita arma revirtió su transmutación, convirtiéndose en un millón de pedazos de su cuerpo; y sus células, sus huesos, su sangre y su muerte, se mezclaron con las de decenas de niños.
miércoles, 30 de julio de 2014
Gaza
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