Erase un país muy cercano en el que vivía un rey ya casi anciano, aunque él todavía se creía mozuelo y gustaba de usar de aquello que mucho agradaba al común, y que tampoco era del rechazo del señor.
Pero ocurrió que sus súbditos comenzaron a estar hartos de algunas de las cosas que solía hacer su soberano, y aquel día en el que el Rey, en compañía de una bella cortesana, cayó herido cuando trataba de cazar a una bestia, todos lo criticaron sin la menor piedad, en vez de reparar en sus heridas preocupándose por la salud de su soberano como siempre había venido siendo costumbres y esto fue motivo para que en todos los mentideros del Reino se diera por cierto que entre El Rey y sus súbditos comenzaba a suceder algo serio.
Pero no fue aquello todo, pues su hija, la princesa Esmerilinda con su sangre marina tornada bermellón por mor de un mocetón rubio que por oficio tenía lanzar piedras, fue raptada por el felón y llevada presa hasta el horrible castillo en el que moraba que estaba situado en unas montañas del norte del Reino. Y aquel bribón no solo se llevó a la joya más preciada de la Corona; sino que también puso sus manos manchadas de inquina en los tesoros del Rey, dejando las arcas más que mermadas, y cuando todo aquello lo supo la Reina cayó en tan profunda melancolía que todos pensaron que moriría de pena. Y estando en el reino las cosas tan graves, los consejeros del rey al conocer tamaña felonía, sin que hubiese precedente en aquellas tierras llamaron al Soberano a capítulo, y por vez primera en todo el reinado, le pusieron al mismo Rey todos los puntos sobre las íes.
Pero como era inevitable, surgieron por todas las partes del Reino voces que pedían la abdicación del Rey; y mientras que unos decían que lo hiciese en favor del príncipe heredero, otros hablaban de prender al rey y a todos los suyos y encerrarlos en una mazmorra, al tiempo que otros, quizás una mayoría, abogaban para que, y antes de hacer cualquier otra cosa, habría que liberar a la princesa de aquel castillo de las montañas, recuperar el tesoro y cercenar el cuello de aquel infame felón, el ínclito Adalaqui Mangandarín.
El primer caballero del Reino, el muy noble y leal Meridiano Rejas de Hoy, fue a hablar con el Rey, y le dijo que lo dejase todo en sus manos, que él cuidaría bien de todas las cosas del Reino, mientras Su Majestad se restablecía de sus múltiples heridas; las más que evidentes del cuerpo y las ocultas del alma.
Y mientras el caballero Meridiano partía con sus huestes hacia el norte, en varios rincones del Reino se organizaron grupos de felones, y prepararon una celada que pretendía revertir las cosas para escapar del vasallaje del Rey y del poder de su caballero, el muy noble Meridiano Rejas.
Pero por si no fuesen pocos los problemas que acuciaban al Reino, sucedió que apareció una nueva amenaza; pues un juglar, quizás poeta, que se hacía llamar Paolo Capilla, formó un grupo de adeptos que al grito de "Ya se va pudiendo" iniciaron marchas por todo el Reino, y fueron consiguiendo cada vez más adeptos; y a tal punto llegó el asunto, que hasta el mismo caballero Meridiano hubo de suspender su misión de rescate de la princesa, y presto acudió a sofocar la revuelta de los que se vinieron en llamar "los de las Capillas".
Pero todo fue a peor, pues al tal Paolo de las Capillas se unieron felones de los rincones más apartados del Reino, y también uno que llamaban el caudillo de las Argamasillas, y todos ellos ya unidos en la traición y la inquina, marcharon a unirse con el malvado que tenía presa a la princesa.
Y estando así la cosas del Reino, el primer caballero, el muy noble y leal Meridiano Rejas de Hoy pidió hablar nuevamente con su señor, y una vez que ambos estuvieron a solas en el salón del Trono, el caballero Meridiano le dijo que siendo su más humilde y más fiel vasallo, le pedía que dejara la corona sobre la cabeza de su heredero, el muy valiente príncipe e invicto Philipe; más el monarca se resistió, e incluso amenazó a su leal y fiel caballero con acusarlo de traidor y condenarlo a lo que por entonces se usaba, que no era otra que darle muerte a la guisa que se da a los traidores a su Rey, que es desmembrándolos, destripándolos y tras ello despedazarlos, colgando en carteles en las puertas de entrada a la capital del reino, sus despojos con un aviso que informe de los motivos y sirva de aviso a navegantes. Más Meridiano, a pesar de tan gruesas amenazas no se arredró y le pidió al Rey que jurase que era inocente en todo lo que ocurría en el Reino, y sobre todo que nada tenía que ver con el rapto de la princesa; pues sospechaba Meridiano que el mismo Rey podría haber urdido el plan para alejarla de la Corte; pues todo parecía señalar que ella había estado detrás del vaciamiento del tesoro. Y ante este reto y siendo aún temeroso de Dios, el Rey indignado y a la vez compungido, se retiró a sus estancias a meditar sobre todo aquello.
Y cuando al día siguiente el Rey hizo pública su abdicación de la Corona a favor de su hijo el Príncipe Phillipe, muchos de los súbditos del Reino saltaron de júbilo. Y el caballero Meridiano respiró aliviado por sus cuatro miembros y sus muchas vísceras. Y tras la coronación, el caballero Meridiano Rejas de Hoy, bajo el mando del nuevo rey Phillipe, y acompañados por una poderosa hueste partieron para pacificar el Reino; y primero liberaron a la princesa, y al felón de cortaron la cabeza; después derrotaron a los nobles de los cuatro rincones del Reino, y tras ello dieron buena cuenta del Paolo de la Capillas; y junto a él también la dieron del caudillo de las Argamasillas.
Y después de todo aquello, en aquel Reino, todos ya contentos, para siempre, vivieron felices y comieron perdices.
martes, 3 de junio de 2014
Y el Rey se fue
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