Cuarenta años habían transcurrido desde que le diagnosticaron una diabetes cuando solo era una joven estudiante de enfermería, y recordaba como si hubiese sido ayer, cómo en aquel momento el mundo se le vino abajo. Pero la fortaleza del ser humano se conoce con la adversidad, y en ella se manifestó una decisión férrea de que aquel traspiés no arruinaría su vida; incluso podría decirse que a partir de entonces todo le fue aún mejor. Terminó la carrera y se graduó como enfermera, y pronto conoció a Román, un compañero de estudios que la ayudó en los peores momentos, y que por ello, o quizás porque realmente lo fuese, ella lo vio como el hombre más guapo del mundo. Se graduaron el mismo día, y un mes más tarde también al unísono comenzaron a trabajar en el mismo hospital; y todo fue tan rápido, que contrajeron matrimonio solo un año después; y dos más tarde ya contaban con un precioso niño y otro que venía en camino. Y durante veinte años aquellos hijos llenaron la vida de Nerela, y Román fue fiel compañero y un padre perfecto; y en aquel tiempo ella fue completamente feliz; de hecho, no creía conocer a nadie que lo fuese tanto como lo era ella; y todos los hechos que ocurrían a su alrededor los veía como una bendición de Dios, incluidos los tres pinchazos de media diarios que requería para administrarse la insulina, además de los necesarios para conocer sus glucemias, y poder ajustarse las dosis; pero todo aquello era para ella una nadería.
Ciertamente que no podía quejarse de su enfermedad, pues aparte de algún cuadro de hipoglucemia resuelto con las chocolatinas, que siempre llevaba a mano, y de alguna pérdida de visión, aun asumible, hacía una vida normal; excepto que aunque le hubiese gustado tener más hijos, siguió los consejos médicos y se plantó en dos.
Pero para el ser humano la vida es finita, las alegrías efímeras y el sufrimiento cierto. Y a Nerela, recién cumplidos los cuarenta, todas le comenzaron a venirle dadas. Primero fue su querido esposo y fiel compañero, al que pilló en mala compostura en el ante quirófano de urologia, en compañía de una rubia anestesista venida de los Balcanes, que andaba por entonces aliviando sus saudades. Y aunque ella tuvo el arrebato de matarlo, optó por el perdón, y obtuvo por recompensa que él prefiriera hacer la maleta e irse a probar suerte con aquella maga de los efluvios anestésicos, a la que Nerela llamó simplemente pendón, y a él le deseó lo peor.
Aquello fue el detonante del derrumbe de su vida. Sus hijos dividieron posturas y puntos de vista; mientras la niña la culpó a ella por fea y aburrida, su hijo Carlos juró que nunca más le hablaría al hijo de puta de su padre, y cuando ella le reprendió por usar tan gruesas palabras, él le dejó claro que si quería que siguiese en la casa con ella, jamás debería pronunciar el nombre de aquel bastado.
Y de aquella manera tan expedita acabaron veinte años de matrimonio y de familia feliz, y ella quedó al frente de su vida, de lograr enderezar la de su hijo, que tras aquello se torció; procurar recuperar a su hija; y por si fuera poco debería mantener un mínimo control en su salud, que ya comenzaba a deteriorarse día a día.
Solo la compañía de sus poetas hacia su vida llevadera. Leía una y otra vez a Federico Garcia Lorca y a los hermanos Machado; y últimamente a un recién descubierto Fernando Pessoa, que si los primeros le conferían paz en el alma, este último se la afligía; pero en las noches de negrura infinita se sentía tan próxima a los versos de aquel poeta lusitano, que sentía que le traspasaba su sufrimiento a dónde quisiera que aquella alma del genio se hallara, y pareciera que el espíritu del poeta estuviese dispuesto a aceptar todas las desesperanzas de ella.
Pero los poetas son solo eso, espíritus etéreos de los sentimientos musicales del alma, y aquellos versos no iban a sacarla del abismo en el que se hallaba varada. Y se dejó ir, como su hijo, que también acabó abandonándola; y respecto a su hija nunca logró recuperarla, y fue tal su desinterés por la vida, que descuidó su salud, al extremo, que cuando reparó en ello su diabetes había avanzado de tal manera, que el primer signo grave de ello fue que su vista fue mermando, hasta que un día no fue capaz de desempeñar más su trabajo, y después ni su vida diaria; y a pesar de que con ella se emplearon todos los tratamientos médicos y quirúrgicos al uso, quedó prácticamente ciega. Y después vino la oscuridad absoluta.
A pesar de haber tocado fondo y de perder cualquier interés por la vida, un instinto le hizo no pedir ayuda; y de hecho no la recibió, no tuvo noticias de sus hijos, ni de aquel que en otros tiempos felices compartiera con ella su vida. Estaba sola, con la única ayuda de los servicios sociales, y de algún compañero que de vez en cuando se acordaba de ella.
Pero para su desesperación, su pésima salud aún era lo suficientemente buena como para no prever una muerte próxima; así pues parecía que debería afrontar el resto de su vida sola y ciega.
Y fue entonces, cuando recordando los más desesperados versos de Fernando Pessoa, tomó una firme e irrevocable decisión: viviría.
Visitó a los mejores especialistas, a los que pudo acceder, en diabetes y en oftalmología; recibió entrenamiento en lectura en braille y a manejarse en las tareas de la vida diaria como lo hacen los ciegos; y además se hizo con un perro, no para que le hiciese de lazarillo; sino para que fuese su familia, aquella que la había abandonado en su adversidad. Y todas las noches practicaba la lectura, y aún con suma dificultad leía en braille a Antonio Machado, y también a Federico García Lorca; pero no halló nada de Manuel, y aún menos de Fernando Pessoa, por lo que a estos siguió recitándolos de memoria.
Casi se había acostumbrado a ser ciega, pero su gran esperanza era poder volver a ver, aunque solo fuese un poco; atisbar un amanecer, una luna llena, y el mar; o un prado repleto de amapolas, o poder leer en letras gigantes o con la más potente de las lupas, las obras de Fernando Pessoa, y las de Manuel Machado; pero de momento, lo que no veía o no podía tener, debía conformarse con tomarlo de su memoria.
Alguna vez se acordaba de sus hijos y de aquel tiempo feliz, pero su conciencia estaba tranquila, no tenía nada que reprocharse en lo que a su comportamiento en aquella desgraciada familia se refería; y que a ella no la pudieran querer era cosa que ya tenía asumida.
Pasó un año entero y vivía una existencia resignada a la espera de lo que viniera.
Y una mañana oyó en un informativo, que en un hospital de una ciudad cercana a la que ella vivía, una innovadora intervención quirúrgica en la retina de una persona que sufría el mismo nmal que ella, había conseguido restablecerle la vista, lo suficiente como para que fuese capaz de ser independiente en su vida, e incluso leer. Y cuando eso oyó, una esperanza renació en ella, y desde entonces removió cielo y tierra hasta que consiguió entrar en la lista de espera de aquel grupo de magos, que le devolverían la capacidad de ver la luz del día, y poder leer los versos de aquellos poetas que le inspiraban los sentimientos más bellos, y también los más tristes; pero que le mantenían el ánima viva. Y con esa ilusión vivió, luchó y desesperó mientras aguardaba el día en el que por fin entrara en quirófano, y sus héroes de batas verdes intentaran crear en ella un milagro, que era el primigenio del inicio de los tiempos, cuando se hizo por primera vez la luz; y ahora ella aguardaba a que de nuevo el Big Bang se produjera en su retina, para proporcionarle de nuevo aquellas imágenes perdidas quizás para siempre.
Y el día llegó, era una mañana luminosa de primavera, para los que podían ver, y fue llevada hasta el quirófano por un celador que la condujo hasta allí en una silla de ruedas. Y mientras recorría el trayecto que la separaba a su esperanza, no se acordó de su esposo que la abandonó por una anestesista, ni de su hija que renegó de ella tras decirle fea y amargada, ni tampoco de su hijo por el que peleó hasta el final; solo veía una luminosa y esplendorosa pradera cubierta de amapolas rojas y veteadas por violetas y margaritas; y sobre su cabeza protegiéndola del sol, una pamela, y una suave brisa de poniente le acariciaba el rostro, y entonces oyó la voz melodiosa de un hombre que hablaba en portugués que le recitaba unos versos:
Lo que vemos de las cosas son las cosas
Porque ¿veríamos una cosa si hubiera otra?
Porque ¿ es que ver y oír seria engañarnos
si ver y oír son ver y oír?
Lo esencial es saber ver
Saber ver sin estar buscando,
saber ver cuando se ve
y ni pensar cuando se ve
ni ver cuando se piensa
Y lo que veo a cada instante
Es aquello que nunca había visto
Y aunque aún el cirujano ni se había acercado a sus ojos; ella ya había vuelto a recuperar la vista.
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