Conocía de memoria todas las suras contenidas en el Corán y los principales hadices del Profeta; había estudiado durante años en la madrasa adquiriendo los conocimientos que requería un buen musulmán, e incluso alguno más; y esto lo había conseguido por la voluntad de su padre Ahmed, nada menos que viviendo en Ceuta, esta ciudad enclavada en el norte de África, pero española desde antes de que existiera el mismo Reino de Marruecos.
La familia de Mohamed al Ahmed vivía en Ceuta desde que su padre, Jamil Ahmed y su madre, Adila, tuviesen recuerdos de sus ancestros, y la familia de Ahmed había pertenecido a una generación de comerciantes de telas, regentando uno de los establecimientos más acreditados de la ciudad, sobreviviendo incluso a la llegada de las nuevas franquicias de ropa prêt-à-porter, con los diseños más vanguardistas a precios asequibles, que habían copado prácticamente todo el mercado; aunque siempre quedó un espacio para Tejidos El Ceutí, que así era como se llamaba el negocio familiar; y tanto musulmanes como cristianos, judíos o indios, cuando se trataba de adquirir telas de calidad para confeccionar vestidos que los unos o los otros, de unas u otras culturas, usaban para festejar de manera adecuada los más importantes eventos de sus vidas , y en estas ocasiones todos siempre acudían a Ahmed, pues no había otro de calidad similar; ni siquiera en el mismo zoco de Marrakech .
Mohamed al Ahmed a punto estaba ya de cumplir los dieciocho años, y su padre le tenía reservado su lugar en el establecimiento familiar, y primero lo haría como aprendiz aventajado, pues desde pequeño ya había pasado largos y buenos ratos en el negocio; aunque cierto era, que había dedicado la mayor parte de su tiempo a los estudios, tanto los meramente curriculares del Estado Español, como los coránicos en la madrasa Al-Yadida, denominada así por el imán en recuerdo a la antigua escuela coránica medieval que hubo en la ciudad. Pero Mohammed tenía como destino trabajar en el almacén y tienda de tejidos, hasta que un día cuando él ya faltase -y le rogaba a Alá y a Mahoma su profeta que lo demorasen cuanto pudieran-, su hijo regentaría el negocio, e incluso esperaba, que al menos lo mantuviese como el establecimiento de más prestigio para las gentes de calidad de la ciudad, o para el común cuando este estuviera dispuesto a tirar la casa por la ventana, para celebrar aquellos eventos que eran primordiales en la vida, como los bautizos, las ceremonias principales de los credos de cada cual, y sobre todo los casorios. Y además, confiaba que siguiera siendo como hasta ahora, que a él fuesen gentes sin distinción de etnias y religiones; pues muchas veces se lo dijo: "Hijo, nosotros somos creyentes de la fe de Alá y de Mahoma su profeta, pero hemos de respetar a cristianos, a judíos o a budistas; pues todos somos hijos de Dios, y además ellos son nuestros clientes". Y procuró durante toda su vida inculcarle la tolerancia, respetar las leyes de un país, que como aquel en el que vivían pertenecía a Europa, y aunque era de cultura y tradición cristiana, disponía de un régimen democrático y de libertad; por lo que todos sus habitantes podían manifestar sus opiniones, y además se les respetaba el poder estudiar y practicar su credo, y ello había permitido que ahora su hijo pudiera ser un español más, y además, un buen musulmán.
Pero muy equivocado estaba Ahmed con el germen que en la madrasa le habían inoculado a su hijo; pues en aquella escuela coránica, al abrigo de las santas suras contenidas en el Corán, y de las sabias recomendaciones de los hadices del Profeta, la semilla del integrismo islámico más recalcitrante había sido introducida en su mente y en su alma; y las enseñanzas inculcadas de que Alá quería que todos los hombres y mujeres del mundo conocieran su palabra y lo siguieran, o en caso contrario debieran ser exterminados; y en suma, la necesidad de la yihad para conseguirlo, habían trastornado a razón a Ahmed, al punto, de que ahora era un cordero con alma de lobo, y en su cabeza rondaba una idea fija: sería un muyahidín y lucharía en la yihad, con el deseo supremo de alcanzar el paraíso de Alá.
En el barrio ceutí de El Príncipe comenzó a frecuentar a un grupo de gentes, que como él abrazaban las mismas creencias respecto a la yihad, y que bajo el adoctrinamiento del líder del grupo y el apoyo espiritual de un mulá –o ulema como solían llamarlo ellos que eran de creencia suní- y con la inestimable ayuda del imán, que se había encargado del lavado de cerebro y del adoctrinamiento en aquella madrasa, y había demostrado poseer un don para moldear el espíritu, transformando a jóvenes musulmanes pacíficos en auténticas alimañas yihadistas, y esto precisamente era lo que habían conseguido unos y otros con aquella célula, que ya estaba cocinada y prácticamente lista para poder usarse, allá dónde desde sus creencias, Alá y el más grande de sus profetas, Mahoma, lo requiriesen.
Justo el día que cumplió los dieciocho años, su padre Ahmed le preparó una fiesta que resonaría en toda la ciudad, pues quería que todo el mundo supiese que una nueva generación de los Ahmed, estaba ya presta para continuar con la tradición de Tejidos El Ceutí, y permitir que aquella ciudad pudiese seguir enorgulleciéndose de disponer de un comercio textil de tanto tronío.
Invitaron a la gente de más calidad que en la ciudad hubiera, la mayoría cristianos, pero también los más destacados de las comunidades musulmana, hindú, e incluso algunos de los pocos judíos que habitaban en la villa; y para el evento contrataron un catering al establecimiento más caro de la ciudad, y prepararon orquesta para el baile, y algunas bellas chicas que deleitarían a la concurrencia con sensuales danzas árabes y otras perlas de la antigua cultura andalusí; incluso habría fuegos artificiales, y Ahmed diría a todos que no solo aquello lo hacía por su hijo; sino también por todos ellos, que como sus mejores clientes que eran, les habían proporcionado a aquellos humildes comerciantes felicidad y la satisfacción de saberse apreciados y queridos. Y ahora esta nueva generación seguiría sirviéndolos a ellos y a la ciudad por los años venideros.
Y la fiesta se programó para el primer sábado del mes de junio, pues Ahmed pensó que siendo el viernes día festivo para los musulmanes, y el domingo para los cristianos, y que los judíos que celebraban el sábado eran muy escasos; y puesto que los hindúes en esto no hacían remilgos, le pareció la fecha más apropiada, y para ello en la papelería de más enjundia de la ciudad, encargó tarjetones que en esmerada reprografía cursarían la invitación para todos aquellos a los que el negocio se debía.
Y llegó la fecha y la tragedia a la familia. En el día señalado para la puesta de largo de Mohamed Ahmed nadie sabía de su paradero. Su padre, Jamil Ahmed, movió cielo y tierra, preguntó a tirios y a troyanos, recurrió a todos sus contactos: musulmanes, judíos, hindúes o cristianos, y nadie supo darle razón de Ahmed, hasta que su esposa Adila pidió permiso para ir hasta el barrio de El Príncipe, y su marido, aunque extrañado por la petición, se lo concedió.
Cuando al mediodía Adila estuvo de vuelta y Ahmed vio el rictus que se había reflejado en su cara, supo que algo muy grave, quizás definitivo, le había ocurrido a su hijo Mohamed Ahmed.
«Se ha ido a la Yihad»–dijo Adila en un grito desgarrado por el dolor y la furia. «¿A qué yihad?» –atinó a preguntar Ahmed. «A la guerra santa. A Irak, o a Siria, no sé, no han sabido precisarlo». «¿Pero… cuándo?» «¿Por… qué?» «¿Con… quién?» –era lo único que atinaba a balbucir Ahmed.
Y esto fue lo que sus padres pudieron saber del destino de su hijo Mohammed Ahmed.
Cuando Ahmed llegó por fin a su destino en Siria, tras un largo y complicado viaje, en lo primero que reparó fue en que su árabe era muy deficiente. Prácticamente no entendía lo que hablaban aquellos hombres, ni tampoco ellos lo comprendían a él. Al principio se le ocurrió cometer un error que casi le cuesta la vida, y es que en el fondo él era español y occidental, y trató hablarle en inglés a uno de aquellos barbudos perteneciente a una rama escindida de al-Qaeda, o incluso pudiera ser que repudiada por la misma organización que ahora dirigía Al Zawahiri, desde la muerte de Bin Laden. Y aquel auténtico muyahidín le colocó el cañón de su Kalashnikov en la cara a Ahmed y profiriendo gritos ininteligibles para él, tuvo por cierto que le iba a volar la cabeza, pero la oportuna intervención de otro individuo de aspecto algo menos feroz que el primero, puso fin a aquel asunto. Este le explicó en un árabe clásico pronunciado de forma exquisita, y con ritmo muy pausado, que no debería utilizar el inglés nunca más, ni ninguna de las otras lenguas occidentales, y que a partir de ahora, procurase mantener la boca cerrada y atenerse a cumplir solo lo que se le ordenase, y que para mayor seguridad suya se mantuviese junto a él, que ya se ocuparía de explicarle lo que hubiera, mientras se iba haciendo con la lengua de los verdaderos creyentes, si es que le daba tiempo –le dijo textualmente con una sonrisa de hiena dibujada en su rostro.
Le explicaron que estaban allí para ayudar a derrocar al tirano Bashar al Asad, que estaba asesinando al pueblo sirio desde hacía ya demasiado tiempo, y que además masacraba a los sunitas; pues Asad y los suyos además de ateos se hacían pasar por alauitas; que no eran más que unos herejes, amigos de los enemigos chiitas de Irán, y de la casta que desde el derrocamiento de Sadam Husseim en Irak, estaba tiranizando al pueblo iraquí con la ayuda de los americanos y el beneplácito de Occidente. Y estos chiitas responsables de la corrupción de las enseñanzas auténticas del profeta Mahoma, representaban un peligro para el Islam, y por ello habría que destruirlos, y de momento ellos apoyarían a los movimientos rebeldes; incluso a los laicos del Ejército Sirio Libre; o a los peshmegas kurdos; o a los de la Orden de Naqshbandi, que era una milicia fundada por Izzat al Duri, número dos de Saddam Husein, y que agrupaba a ex militares y leales al fallecido dictador; sin olvidar tampoco al Frente para la Liberación de Irak y el Levante. Y después ya se vería.
Y cuando a Ahmed le explicaron todo este galimatías de siglas, ejércitos, movimientos islámicos, laicos, seguidores de dictadores muertos o vivos, él no reconoció a Alá por parte alguna ni a Mahoma su profeta; comprendió que allí todos estaban locos y que se estaba fraguando una matanza que iba adquiriendo dimensiones de catástrofe. Aquello no era lo que él había idealizado de las enseñanzas recibidas en la madrasa de Ceuta. No comprendía como aquellos que allí se mataban podían estar difundiendo la sagrada palabra de Dios, y supo de forma precoz, cuando apenas había tenido contacto con aquella realidad, que se había equivocado, y aterrorizado tuvo por cierto que no le iba a resultar fácil escapar de allí, y en las actuales circunstancias no tenía más opción que callar y esperar una oportunidad, si es que alguna se le presentaba.
Y aquella noche, mientras permanecía tumbado al raso bajo un manto de estrellas brillantes y titilantes como nunca las había visto antes; allí en aquel terreno semidesértico, por vez primera desde que sus recuerdos alcanzaran, lloró amargamente, recordando a su madre Adila, a su padre Ahmed; y a Ceuta, su ciudad, y supo que él era musulmán, pero español, y ahora daría hasta su vida porque su cadáver pudiera reposar en aquella bonita ciudad del norte de Africa; aunque su anhelo aún mantenía viva la esperanza de poder hacerlo en vida.
Y al día siguiente, la columna de yihadistas en la que se hallaba integrado, alcanzó el puesto fronterizo sirio-iraquí de al Qaim, y que solo unos días antes había sido tomado por los rebeldes sirios del Ejército Sirio Libre y del Frente al Nusra -que era una rama de Al Qaeda en Siria-, pero, sin más explicaciones se retiraron de la parte iraquí durante la noche.
Y allí, justo en la ribera del río que servía de frontera a Siria y a Iraq, y que en tiempos lo fue del Paraíso que Dios reservó para que los hombres vivieran en paz y felicidad, allí entre los ríos Tigris y Eúfrates, ahora justo donde terminaba la verde ribera de este último se hallaba él varado en auténtico trance de muerte.
Pero al día siguiente la batalla que allí se produjo la entenderían los que allí vivían, o quizás los que hablasen y comprendiesen el árabe; o más probablemente ninguno; pero la sopa de letras que formaban los grupos que en aquel lugar ahora maldito se enfrentaban, a Ahmed le pareció que había llegado al mismo Yahannad, el infierno para los malos musulmanes que le enseñaron en la madrasa.
Buscó con desesperación una salida, pero no la había, y entonces su «protector» le entregó un cinturón con explosivos y le dio un arna, explicándole lo que se esperaba que hiciera: debería avanzar hasta el puesto fronterizo y una vez allí simular que se rendía, tras ello y cuando estuviese en la proximidad de un número razonable de soldados, detonaría su mortífera carga llevándose por delante a cuantos pudiera.
Aquello le pareció completamente disparatado, ni estaba dispuesto inmolarse, ni matar a nadie; al menos no a aquellos que se hallaban al otro lado de la frontera, que ni siquiera sabía quiénes eran, ni a favor o en contra de quién luchaban.
Y supo que no tenía salida alguna, ni sabia cómo, ni quién; pero que de allí no saldría vivo parecía cosa cierta; y asumiendo esta certeza se dispuso a lo que hubiera, pero él no haría nada, solo esperar a que lo inevitable sucediera.
El individuo que se había erigido en su protector, emitía sonidos guturales en forma de espantosos gritos, que del árabe clásico correcto se tornaron en aullidos de hiena del desierto, y después sacó su alfanje y se lo puso justo en el gollete, allí donde un certero tajo dejaría escapar el alma inmortal de Ahmed, en el tiempo que emplearía un cometa en surcar aquel cielo límpido de aquel lugar que un día marcó la frontera de lo que en otros tiempos fue el Paraíso.
Y se dispuso a morir. Pero no rezó y sus últimos pensamientos fueron dirigidos a Ceuta, al comercio de Tejidos El Ceutí, y a España. Nunca antes se había sentido español, solo musulmán y había anhelado ser un verdadero creyente en la fe de Alá y de Mahoma su profeta; pero ahora estaba desengañado de dioses y hombres, y solo anhelaba su patria, la pequeña: Ceuta, y la grande: España. Y con esa imagen en la mente oyó y sintió un enorme estallido, y supo que le había llegado el instante supremo, ya estaba muerto, y después…el silencio…la muerte…la nada, ni el infierno ni el paraíso. Despertó en un puesto avanzado de Médicos sin Fronteras, donde solo le preguntaron su nombre y nacionalidad, y el dijo: Ahmed, español.
Un mes más tarde, en un vuelo procedente de Bagdad aterrizaba en Morón de la Frontera, había sido transportado por la fuerza aérea norteamericana, y allí junto a dos militares se encontraban su padre Ahmed y su madre Adila, y él juró que cuando cumpliera, si hubiera de hacerlo con la justicia, solo quería ser dependiente de Tejidos el ceutí, y un ciudadano de España, y de Ceuta.
No es yihadista todo el lo que lo parece.
miércoles, 25 de junio de 2014
El Yihadista
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