lunes, 23 de junio de 2014

La Noche de San Juan


Con una barba de más de un año, el mismo tiempo que lucía la longitud de sus cabellos, aquel hombre de mediana edad, de ropas raídas y mirada ausente, caminaba perdido por bosques y valles; por páramos y montañas; cruzaba ríos, y evitaba  pueblos y ciudades temeroso de sus congéneres; aunque no sabía la razón, ni siquiera por qué vagaba. Comía hierbas y bayas, algún pez o rana; y solo escasas veces un conejo o una rata. No sabía su nombre ni su edad, ni siquiera cuál era su patria, y todo lo que recordaba era errar sin destino, sin rumbo y sin pausa.
Y entre las gentes 5con la que se cruzaba, unos lo tomaban por loco, otros por ermitaño,  algunos por monje budista; y hasta los hubo que lo creyeron santo; pero él nunca dio ni una pista que demostrase que fuera una, otra, o ninguna de aquellas cosas; pues nunca pronunció palabra alguna, y ni siquiera en la soledad de la noche; cuando dormía teniendo a las estrellas por manta, pudo escuchas su  propia voz, y ni supo cuál era su idioma, solo que entendía a todos los que le hablaban, y no sabía si es que ellos lo hacían todos en la misma lengua, o en mil y él las entendía todas; o pudiera ser incluso que quizás en ninguna; pues cuando estaba en presencia de otro semejante; incluso si solo se cruzaba con él, era capaz de leer su pensamiento; y también le sucedía, que antes de que cualquiera hablara, lo que iba a decir antes de que abriese su boca él ya lo sabía. Y este don que él desconocía desde cuándo lo acompañaba, en vez de tenerlo como una virtud, en realidad lo aterrorizaba.
Desistió de intentar averiguar quién era, pero no era capaz de recordar nada, ni poseía cosa ni señal que pudiera darle pista alguna; ni siquiera una cicatriz, que le recordase algún dolor pasado, nada, eso es lo que era. Pero allí estaba, vivo, y vagando por el mundo, con aquel don de conocer los pensamientos de las gentes, y por mucho que procurara evitar el contacto con humanos, pronto reparó en que eso no le seria posible, que en aquella tierra había mucha gente, y no le bastaría para no cruzarse con ellos y evitar las ciudades, los pueblos o la aldeas. Hiciese lo que hiciese tendría que oír las voces de sus pensamientos, y a él no le interesaban, pues le interferian con el lenguaje de la naturaleza: con el vuelo de las aves, el canto de los pájaros, el croar de las ranas, el soplo del viento o el correr de las aguas de ríos y arroyos; y sobre todo con los sonidos del silencio y la quietud de las noches del páramo, en las que él titilar de las estrellas y la suave brisa que rozando suavemente su piel y cuando todo lo demás estaba en calma; podía escuchar el sonido del Universo con el oído del alma; aquel que está allí arriba, el que mantiene a las estrellas acunadas y también, al Sol y a la Luna; y aunque nadie lo crea, a La Tierra. Y era en aquellos momentos cuando comprendía que ha sido elegido para cumplir un destino, una misión, que le sería revelada, si olvidando a los hombres lograra llegar a escuchar atentamente los sonidos de la naturaleza; y fue entonces cuando al fín comprendió por qué estaba solo, por qué nada recordaba; y también tuvo consciencia de su don para captar los pensamientos de las gentes; y ahora ya solo le restaba comprender qué significaban todas esas señales, y sería entonces cuando le fuera revelada cuál era su misión en este mundo; y por qué estaba condenado a vagar por toda la Tierra.
La barba por la cintura, justo a la misma altura que su pelo, las ropas ya casi desaparecidas, y los pies descalzos, con miles de kilómetros recorridos, visitados  todos los países del mundo, habiendo leido la mente de todas sus gentes y escuchado los sonidos de todos los ríos, de montañas valles y páramos, y una vez que hubo subido a la más alta de las montañas y bajado al más profundo de los valles, y todo ello hecho con una fuerza desconocida y con un ímpetu inagotable, tuvo por cierto que ya no había motivo para continuar su peregrinaje. Y llegado el veintitrés de junio y caída ya la tarde, se tumbó en una pradera y se dispuso a esperar pacientemente a que el cielo se llenara de estrellas, y la noche mágica del solsticio de verano, la que llamaban Noche de San Juan, se adueñara del mundo, y por qué hacía aquello en verdad no lo sabía. Y no hubo de esperar mucho hasta que sintió que su cuerpo era una pluma y del suelo se alzaba, y primero levitó y en el cielo vio una luz tan brillante como un lucero, y sintió que hacia ella volaba con la velocidad de un rayo, y después de aquello, se vio transportado  como una estrella, y recorrió todos los pueblos, ciudades y aldeas; y penetró en el interior de las mentes de cada uno de los hombres que poblaban la Tierra; y a todos les dejó un mensaje para que ellos bien lo entendieran, fuesen cristianos, budistas o mahometanos; blancos, negros o amarillos; niños, mujeres, hombres o ancianos; y esta nueva era que en aquella noche del solsticio, se les daba un ultimátum: o cada uno rectificaba su tuerto proceder con su madre Tierra, o a buen seguro tendrían, que aquella sería la última noche de solsticio que cada uno y todos juntos vieran.
Ante el misterio de la Noche de San Juan

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