martes, 10 de junio de 2014

Por la memoria de Juan

Hallé una maleta varada entre las rocas del malecón de poniente, en ella no había nada, ni un nombre, ni un objeto; era una maleta sin alma.
La arrastré hacia la arena y me propuse hurgar en su memoria, e intentar descubrir algún indicio que probara si en ella algún día alguien trasportó las herramientas de sus esperanzas vanas.
Descosí los forros, desmonté sus tablas, forcé sus cierres y le abrí sus entrañas, y en el fondo hallé solo dos palabras: “por la memoria de Juan”. Estaban escritas con color de la sangre, con trazos de mano temblorosa quizás por el miedo o la desesperanza, eran letras de sentencia, desvaídas por la sal, el agua y el olvido del tiempo.
Era su nombre, el más común de todos ciertamente, Juan, y una intención: “por su memoria”, no por la suya sino por la de aquel Juan desconocido, el de la maleta perdida y después hallada entre bloques de piedra, allí justo en la frontera donde el mar le disputa su poder a la tierra.
Mil conjeturas se abrían ahora ante su mente: ¿sería fruto de un naufragio?, y en su caso, ¿sería reciente’, ¿habría sobrevivido su dueño?, ¿aún viviría?, ¿iría o vendría?, ¿buscaría salvar su vida en otras tierras o sería en estas donde la buscaría?.
¿Por qué no creer que fuese simplemente una basura depositada donde no deberían haberlo hecho? No, tenía un mensaje: “por la memoria de Juan”. Aquel objeto sin duda había sido muy importante para alguien. Sí, de eso no cabía duda, aunque quizá en otro tempo, ¿o pudiera ser que aún lo fuese?, ¿y si aquel mensaje estaba aún por entregar?
Hizo memoria, pero recordó que la había perdido, le dijeron que era amnesia traumática; aunque no era capaz de recordar qué clase de trauma había sido aquel que le había ocasionado no poder recordar nada. Pero al menos sabía que se llamaba Juan; pues reconoció que el nombre escrito en la maleta era el mismo que el suyo.
Colocó los restos de la maleta en la arena y sentándose al lado de ellos cerró los ojos e intentó dejar su mente en blanco, no pensar en nada, solo dejar fluir a su mente lo que pudiera llegar hasta ella. Y entonces experimentó una sensación de calor que partía de las zonas de su cuerpo que estaban en contacto con la maleta, y que le subían como si fuesen llamas que amenazasen con consumirlo; y cuando el calor penetró en el interior de su cabeza, una inmensa emoción lo invadió.
Se vio viajando en un barco en las peores condiciones que imaginarse se pudiera, vio como una tormenta zarandeaba al navío amenazando echarlo a pique, vio como el pánico se apoderaba de pasajeros y tripulación. Se vio saltando al agua sujetando fuertemente la maleta contra su cuerpo como si de un salvavidas se tratase. Después un bote lo rescató y tras ello el frío, aquel terrible frío, y sintió que se moría. Sacó su pluma e intentó escribir algo en el interior de su maleta, pero la tinta se había disuelto en el agua. Se pinchó y su sangre se hizo tinta. Y entonces…escribió aquello…para que su memoria no se perdiera…”por la memoria de Juan”.

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