lunes, 9 de junio de 2014

¡¡¡Quiero vivir!!!

Quizás fuese el último trago de ron, o que a ese le hubieran precedido un número que ni siquiera podía recordar, o incluso pudiera ser que la culpable fuese la última raya de coca, o quizás la primera pastilla de éxtasis que tomó cuando comenzó aquella tremenda fiesta, haría ya al menos un siglo; pero lo cierto fue que en aquella maldita curva perdió el control del vehículo, y la luz se le tornó oscuridad y el algo en nada.
Al día siguiente los periódicos dieron cuenta de un terrible accidente por salida de la vía de un vehículo, con el resultado de cuatro jóvenes muertos y un quinto en estado de coma, presumiblemente irreversible.
Al volante de aquel BMW propiedad de su padre iba Roberto, un joven de veinticuatro años, recién graduado en ingeniería industrial, y los muertos eran sus amigos y compañeros de carrera, Pedro y Luis de veintitrés y veinticinco años respectivamente; y María y Clara, ambas de veintitrés años, estudiantes de farmacia. Todos habían decidido celebrar la graduación de tres de ellos, rompiendo la noche, pero esta acabó rompiéndolos a ellos; y aquella fatídica fiesta segó cuatro vidas y rompió cinco familias; acabó con el futuro de cinco jóvenes y con sus posibles generaciones de vástagos.
Cinco meses llevaba Roberto postrado en una cama especial para personas, que como él, tenían el cuerpo clínicamente vivo y la mente ya ausente; en lo que a sus padres le definieron como coma con tres puntos en la escala de Glasgow, y con una actividad cerebral prácticamente nula; por lo que según les dijeron lo consideraban virtualmente irreversible. Y aunque ellos no estaban dispuestos a perder la esperanza, cuando la situación se prolongó sin variación alguna durante otros cuatro meses, una mañana fría como la misma muerte, fueron llamados al despacho del jefe del servicio de la unidad, en la que a Roberto lo mantenían tan vivo como se halla una planta sembrada en una maceta; y cuando entraron en aquel cubículo donde se dispensaban las sentencias, ellos tuvieron por cierto que aquella que recibirían lo sería de muerte. Pero se equivocaron, aunque solo fuese por un matiz; pues lo que les propusieron fue, que dado que su estado era irreversible, según la opinión del equipo médico, les pedían que accedieran a autorizar la donación de sus órganos. Era joven y aún estaban a tiempo de que fuesen utilizables; y les dieron una explicación que más que médica parecía de casquería; aunque previamente les habían advertido que no querían ser escabrosos, según marcaba el protocolo no tenían más remedio que detallarles todo aquello. Y esto era, que podrían salvar las siguientes vidas: dos personas con ambos riñones, una o dos con los pulmones, otra con su corazón, el páncreas podría salvar a otra, el hígado a una más; y aparte de esto las córneas podrían permitir que dos personas recuperasen la vista; y además extraerían tejido osteotendinoso que evitaría el sufrimiento de varias más…, y al llegar aquí la madre abandonó el despacho en un mar de lágrimas, al tiempo que su padre no supo si vomitar o gritarle a aquel necio salvador de vidas.
Pero en cumplimiento de la sagrada misión que tenían encomendada de intentar aprovechar aquello que a Roberto ya no le serviría, y que efectivamente podría hacer tanto bien, como de forma tan desacertada o al menos con tan poco tacto, había intentado explicar aquel médico, una enfermera mucho mejor entrenada para tratar asuntos tan delicados, no tardó en convencer a ambos padres del consuelo que podrían hallar sabiendo que aquellas partes de su hijo, que de otra manera en poco tiempo serían pura carroña, eran vitales para otras personas.
Y así lo entendieron y tras llorar ambos lo que debían, firmaron y rubricaron el documento que permitía llevar a cabo la extracción, y al paso poner punto final a la aquella existencia infame del cuerpo de Roberto, carente ya de mente; y su madre se reconfortó creyendo que ahora por fin podría liberarse el alma de su hijo, que seguramente se hallaría atrapada en aquel cuerpo ya vegetal.
Y se fijó la fecha para llevar a cabo la extracción justo al día siguiente, para no demorar por más tiempo aquella agonía; la de los restos de Roberto, y la de sus padres.
En un alarde de valor, ambos pidieron estar presentes en el momento definitivo en el que desconectaran el respirador de Roberto de la toma de oxígeno de la pared, para proceder a conectar el portátil que lo mantendría bien oxigenado, hasta que los distintos cirujanos extrajeran los órganos por el orden establecido: riñones, hígado, pulmones y corazón; después el anestesista acabaría su trabajo y otros cirujanos continuarían con córneas, huesos…
Y ahí estaban todos cuando el médico responsable pronunció las fatídicas palabras dirigidas a un ayudante: “Desconecta al cuatro que está listo para trasplante”. Y a su madre le corrieron la lágrimas por las mejillas, y su padre sin poderlo soportar huyó de la sala. Y aquella mujer dolorida en lo más profundo de su alma, aproximó sus labios a la cara de su hijo, y justo cuando sus labios tomaron contacto con su piel se abrieron los ojos de Roberto y aprovechando que le habían quitado el respirador, con un grito salido del abismo, dijo. “¡¡¡Quiero vivir!!!”

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