Aquellos bravos soldados habían peleado en mil batallas, las más, por no decir todas, coronadas con la victoria, aclamados por el pueblo que siempre los recibió como héroes, y honrados por el mismo rey que los colmó de oro y prebendas; a cambio solo se les pedía defender la honra de la patria, y si para ello era preciso hasta la vida debían de dar.
Y aquella tarde de junio, cuando el verano ya asomaba sus llamas de fuego y las noches se retrasaban para dejar paso a las tardes eternas, en aquellos campos de Flandes, esperaban pacientes y confiados el momento de vencer por vez enésima, a aquellos rebeldes que empecinados persistian en no postrarse ante su rey, al que por mor de la voluntad divina o simplemente por ser bien nacidos, se la debían.
Pero allí estaban ellos, aquellos Tercios Viejos, vencedores en mil batallas y con esta que se avecinaba en mil y una. No prepararon la estrategia, ni siquiera afilaron los filos de sus espadas toledanas; pues si a aquellos los habían derrotado ya un ciento ¿para qué dudar que sería ciento y una?
En la lejanía de la llanura, entre verdes campos y abundantes regueros de agua, impulsada por los molinos, que por doquier había por aquellas rebeldes tierras, allí en lontananza, una gran tropa ya se divisaba, venían con distintivos naranjas, ya que de esa guisa no podían ser confundidos ni con tercios ni con cristianos viejos. Y aquí en el lado de los héroes, de los que siempre habían vencido, se veían los hombres con las caras risueñas, los ojos inyectados del ansia de ver correr de nuevo la sangre, y contemplar despanzurrados los cuerpos, esparcidas las entrañas, cortadas las cabezas y desparramados sus sesos. Todo eso era ya rutina para ellos, que eran héroes griegos vencedores en mil batallas, coronados de honor y muchas veces laureados sus cuerpos; cantados por los trovadores y esculpidos sus nombres en mármoles recios.
Se acercaron los holandeses a lo que sin duda seria de nuevo su matadero, y ya los héroes se relamían a la vista de aquellos corderos; ya los tenían a tiro de arcabuz y casi las picas tocaban sus cuerpos; ya solo esperaban a que el capitán diese la oportuna orden de asalto.
Pero los corderos se tornaron lobos, las víctimas en verdugos; de debajo de sus ropas sacaron nuevas armas, y aquellos héroes de los Tercios Viejos cayeron humillados, vieron vejada su honra, y muchos, casi todos, cayeron muertos. Nadie supo cómo había sucedido, ni uno quedó vivo o cuerdo para dar fe de ello, y cuando las malas nuevas llegaron hasta el rey y las gentes del pueblo, todos lamentaron que a pesar de todo, alguno hubiese quedado vivo.
sábado, 14 de junio de 2014
La humillación de los Tercios Viejos
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